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Mercedes
Salvador, una nueva iconografía indígena
Me es particularmente grato
hacer la presentación de la obra de Mercedes Salvador
en la Posada de las Artes Kingman. Tuve la suerte de conocer
a Eduardo Kingman cuando era maestro en la escuela de Bellas
Artes que en ese tiempo estaba radicada en el parque de la Alameda.
Desde este tiempo le he admirado y respetado no solo por su arte
sino como ser humano, su gentileza, su caballerosidad, su humanismo,
este humanismo que le hizo indagar en la vida y el imagen de
indígena ecuatoriano, donde no solo captó la tristeza
del indígena conquistado sino la belleza de sus colores
y la profundidad de sus sentimientos. Así que para mí
es un honor poder presentar aquí a la obra de Mercedes
Salvador y me parece particularmente apropiado que Mercedes
muestre su obra en este recinto, siguiendo la tradición
de la obra de los grandes pintores ecuatorianos como Mideros,
Egas y Kingman que apreciaron la belleza del tema indígena.
No hablaré de la técnica
pictórica de Mercedes, pues lo importante en una obra
de arte mas allá de la técnica es su contenido
y lo importante de la obra que Mercedes presenta hoy es justamente
su contenido. Lo que ha caracterizado a la obra de Mercedes
Salvador desde sus primeras exposiciones es su fascinación
por el rostro humano, su expresión, y sus diferentes
actitudes que fueron captados en otras dos exposiciones individuales.
Su primera exposición individual en el año 2000
fue dedicada a toda la gama de la iconografía de vírgenes
tan característica de la plástica de la escuela
quiteña, luego en el año 2001 nos brindo su visión
de la negritud ecuatoriana y ahora culmina con la exposición
presente que retrata muchas de las diferentes etnias Andinas:
Otavaleños, Chivuleos, Saraguros, Salasacas, Zuleteñas,
Colta
Los minuciosos detalles de
los atuendos indígenas son más que proezas pictóricas,
revelan toda una serie de simbolismo escondidos que nos falta
descubrir, como por ejemplo, su énfasis en mostrar las
bellas y frondosas trenzas de los hombres indígenas
que representa su indomable resistencia a abandonar su tradiciones
milenarias.
Mercedes destaca al indígena,
ya no como etnias humilladas o explotadas sino en plena posesión
de su orgullo, de la belleza y nobleza de su identidad
propia. Conozco a Mercedes a profundidad desde algunos años
y me consta que este amor y dedicación a los temas de
su pintura no provienen de un afán de capitalizar el
folclore ecuatoriano, como muchos pintores lo han hecho, sino
por un profundo amor y admiración a las raíces
de la nación ecuatoriana, su nación que ama con
fervor. Ojalá que la pintura de Mercedes inspire a los
demás compatriotas ecuatorianos a valorar la gran riqueza
multi-étnica que este maravilloso país Ecuador,
nos ofrece y vaya ayudarnos a fomentar el amor propio tan necesario
al desarrollo de nuestra sociedad.
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