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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Alfonso Endara: el júbilo de la creación

Los cuerpos y los rostros de Endara poco tienen que ver con el retrato porque sus personajes son ternura y poesía

Marco Antonio Rodríguez

El maestro Alfonso Endara es un hombre lúcido y sensible en extremo en quien bulle una vocación artística desde su más temprana edad. El artista, el verdadero artista, es aquel que pinta porque no tiene otra opción en la vida: condena y liberación, paradoja mistérica, maravillosa y doliente al mismo tiempo. A pulso de oficio ­proverbial, arduo y constante-, el nombre de Alfonso Endara está inscrito en lo mejor de la historia de nuestras artes visuales contemporáneas.
Los espacios poblados de volúmenes y de colores sitúan en el magma mismo de la vida a los personajes de este artista. Ni hay nada inmóvil en sus cuadros. Cielos, nubes y hojas se asoman sosegada y ágilmente, según lo requiera la actitud de su personaje. Rostros reflexivos, profundos, los de esta serie, todos resueltos con espléndido dibujo y adecuado uso del color. Pero lo axial de esta muestra (que presentó Endara en Quito, en el Centro Cultural Mexicano) son los rostros y los cuerpos de mujeres negras, todas ahítas de hermosura y esbeltez, como para ultimar esos sedimentos raciales que ­patética, lamentablemente- aún merodean por nuestro país. No nos interesa si tuvo o no modelos.
El retrato fue por un largo período de la historia lo que Littré definía como la "imagen de una persona realizada con la ayuda de las artes del dibujo". Ahora, después de las experiencias de los impresionistas, cubistas, fovistas y abstractos, este concepto quedó para el pasado.
El retrato, en nuestro tiempo, es una evocación de ciertos aspectos de un ser humano particular visto por otro. Pero los cuerpos y los rostros del maestro Endara poco tienen que ver con el retrato. Es, desde la atadura, desde la intersección del sueño y de la reflexión, desde los meandros inasibles e inaudibles de la creación más pura, desde donde emergen sus personajes. Todos signados por dos características esenciales: ternura y poesía. Sí, esa aura evanescente y si se quiere inexpresable que es la poesía, y ese sentimiento, la ternura, que nos hiere de vida sensible.
Misticidad. Reconciliación con los más oscuros rincones de nuestro espíritu. Presencia innegable de algo que va más allá de toda materidad. Sangre regocijada por haberse fundido en las de un ser hondo y desconocido, acaso incognocible. "En Dios descansa el hombre./ Pero mi corazón no descansa,/ no descansa mi muerte, / el día y la noche no descansan" Suerte de ablución en las aguas piadosas del perdón a nosotros mismos. Ritual vivificante. Clasicismo entendido como aquello que un artista hace para transgredir el tiempo con su obra.
Fatigados de tantos "ismos" que en los últimos 30 años han llegado incluso a pregonar la muerte de la pintura o a degradarla ­literalmente- la obra de Alfonso Endara es una afirmación de la vida y del arte pictórico. Y en cuanto a la figura humana, a sus esencias sagradas, a su belleza integral (interior y exterior) a ella retornarán una y otra vez los artistas que amen el verdadero éxtasis de vivir y crear a lo largo de los tiempos.
Y cómo cantan y vibran los colores que logra Endara. Cuánta serenidad extrae de ellos. En todos sus cuadros, incluido aquel resuelto con sabia ironía, el de un maestro en las artes culinarias, sentado en un retrete, meditando, se resuma magnificencia. Además aunque instintivo simbólico de sentimiento, todo en pintura debe ser sensual. Si una obra de arte no es sensual, resulta mera ilustración: no es símbolo, sino signo semántico (palabra, diagrama frío, aislado. Esquematización de lo que pudo ser) En el arte pictórico lo sensual es sinónimo de vitalismo, es decir, de aquello que de una u otra forma exalta la vida, ennobleciéndola. Todo esto hallaremos en los bellos, memorables cuadros que pinta el maestro Alfonso Endara.
Y qué decir de sus retratos. No es cuestión de comparar en arte. Cada artista es único. Pero Alfonso Endara es un cazador nato de retratos. Y la tarea del cazador de retratos es de las más complejas en materia de pintura. Endara extrae las raíces más profundas de los personajes que él retrata. No es la mera traslación -magistral, perfecta acaso- del hombre o la mujer retratados al lienzo, es eso y más. Es la aprehensión del ánima de quien retrata, de ese algo indecible, de ese "aire" que todos llevamos dentro y que solo el talento de un pintor como Alfonso Endara es capaz de seducirlo para el lienzo. Allí está su secreto.
Que siga Alfonso Endara obsequiándonos a nuestros sentidos y a la fibra más íntima de nuestro ser, la excelencia de su arte, que va ocupando, sin duda, un lugar destacado en la pintura latinoamericana de nuestro tiempo.

 
 
 
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La Hora 2002
- Quito - Ecuador