| |
Alfonso
Endara: el júbilo de la creación
Los cuerpos y los rostros
de Endara poco tienen que ver con el retrato porque sus personajes
son ternura y poesía
Marco Antonio Rodríguez
El maestro Alfonso Endara es
un hombre lúcido y sensible en extremo en quien bulle
una vocación artística desde su más temprana
edad. El artista, el verdadero artista, es aquel que pinta porque
no tiene otra opción en la vida: condena y liberación,
paradoja mistérica, maravillosa y doliente al mismo tiempo.
A pulso de oficio proverbial, arduo y constante-, el nombre
de Alfonso Endara está inscrito en lo mejor de la historia
de nuestras artes visuales contemporáneas.
Los espacios poblados de volúmenes y de colores sitúan
en el magma mismo de la vida a los personajes de este artista.
Ni hay nada inmóvil en sus cuadros. Cielos, nubes y hojas
se asoman sosegada y ágilmente, según lo requiera
la actitud de su personaje. Rostros reflexivos, profundos, los
de esta serie, todos resueltos con espléndido dibujo y
adecuado uso del color. Pero lo axial de esta muestra (que presentó
Endara en Quito, en el Centro Cultural Mexicano) son los rostros
y los cuerpos de mujeres negras, todas ahítas de hermosura
y esbeltez, como para ultimar esos sedimentos raciales que patética,
lamentablemente- aún merodean por nuestro país.
No nos interesa si tuvo o no modelos.
El retrato fue por un largo período de la historia lo
que Littré definía como la "imagen de una
persona realizada con la ayuda de las artes del dibujo".
Ahora, después de las experiencias de los impresionistas,
cubistas, fovistas y abstractos, este concepto quedó para
el pasado.
El retrato, en nuestro tiempo, es una evocación de ciertos
aspectos de un ser humano particular visto por otro. Pero los
cuerpos y los rostros del maestro Endara poco tienen que ver
con el retrato. Es, desde la atadura, desde la intersección
del sueño y de la reflexión, desde los meandros
inasibles e inaudibles de la creación más pura,
desde donde emergen sus personajes. Todos signados por dos características
esenciales: ternura y poesía. Sí, esa aura evanescente
y si se quiere inexpresable que es la poesía, y ese sentimiento,
la ternura, que nos hiere de vida sensible.
Misticidad. Reconciliación con los más oscuros
rincones de nuestro espíritu. Presencia innegable de algo
que va más allá de toda materidad. Sangre regocijada
por haberse fundido en las de un ser hondo y desconocido, acaso
incognocible. "En Dios descansa el hombre./ Pero mi corazón
no descansa,/ no descansa mi muerte, / el día y la noche
no descansan" Suerte de ablución en las aguas piadosas
del perdón a nosotros mismos. Ritual vivificante. Clasicismo
entendido como aquello que un artista hace para transgredir el
tiempo con su obra.
Fatigados de tantos "ismos" que en los últimos
30 años han llegado incluso a pregonar la muerte de la
pintura o a degradarla literalmente- la obra de Alfonso
Endara es una afirmación de la vida y del arte pictórico.
Y en cuanto a la figura humana, a sus esencias sagradas, a su
belleza integral (interior y exterior) a ella retornarán
una y otra vez los artistas que amen el verdadero éxtasis
de vivir y crear a lo largo de los tiempos.
Y cómo cantan y vibran los colores que logra Endara. Cuánta
serenidad extrae de ellos. En todos sus cuadros, incluido aquel
resuelto con sabia ironía, el de un maestro en las artes
culinarias, sentado en un retrete, meditando, se resuma magnificencia.
Además aunque instintivo simbólico de sentimiento,
todo en pintura debe ser sensual. Si una obra de arte no es sensual,
resulta mera ilustración: no es símbolo, sino signo
semántico (palabra, diagrama frío, aislado. Esquematización
de lo que pudo ser) En el arte pictórico lo sensual es
sinónimo de vitalismo, es decir, de aquello que de una
u otra forma exalta la vida, ennobleciéndola. Todo esto
hallaremos en los bellos, memorables cuadros que pinta el maestro
Alfonso Endara.
Y qué decir de sus retratos. No es cuestión de
comparar en arte. Cada artista es único. Pero Alfonso
Endara es un cazador nato de retratos. Y la tarea del cazador
de retratos es de las más complejas en materia de pintura.
Endara extrae las raíces más profundas de los personajes
que él retrata. No es la mera traslación -magistral,
perfecta acaso- del hombre o la mujer retratados al lienzo, es
eso y más. Es la aprehensión del ánima de
quien retrata, de ese algo indecible, de ese "aire"
que todos llevamos dentro y que solo el talento de un pintor
como Alfonso Endara es capaz de seducirlo para el lienzo. Allí
está su secreto.
Que siga Alfonso Endara obsequiándonos a nuestros sentidos
y a la fibra más íntima de nuestro ser, la excelencia
de su arte, que va ocupando, sin duda, un lugar destacado en
la pintura latinoamericana de nuestro tiempo.
|
|