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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

El Destino de Grandma Moses

María Helena Barrera-Agarwal

A mediados del siglo veinte, una artista capturó la imaginación del público estadounidense. Dotada de inusual poder evocativo, Anna Mary Moses irrumpiría en la palestra del aclamo pictórico sin más credencial que su talento. Allí desarrollaría una carrera profesional sin precedentes. En el transcurso de apenas dos prolíficas décadas crearía más de mil quinientos cuadros. Su faz se tornaría presencia familiar en diarios y revistas. A su fallecimiento, acaecido en 1961, el presidente Kennedy declararía que "lo vívido y directo de sus obras restauró una frescura primigenia a nuestra percepción de la escena americana". Esas palabras celebraban la innata energía de una pintora que había llegado a cumplir los cien años, pincel en mano.
Eran precisamente sus manos las que le habían abierto las puertas de la fama, directa e indirectamente. Aquejada de artritis en estado avanzado, Moses encontró un día que le era imposible continuar manejando la aguja de bordar. Su hermana Celestia le sugirió que intentase pintar. Fue así como a los setenta y seis años, Anna Mary retomó una actividad que había practicado brevemente cuando niña. Para su primer cuadro rescataría el lienzo que había sobrado de la cubierta de una máquina agrícola y los restos de pintura industrial utilizada en paredes y tejados. Pronto le dedicaría la mayor parte de su tiempo a pintar, revisitando episodios de su pasado para cosechar imágenes ha tiempo desaparecidas de la realidad.
Las memorias que esos cuadros proyectan no son las de una vida inmersa en lujos o marcada por el dinero. Por el contrario, documentan un mundo centrado en un trabajo humilde y diario. La educación formal de Anna Mary terminó a los doce años de edad. Desde entonces laboraría sin pausa en tareas del campo y domésticas, primero como empleada de granjas y luego en la finca adquirida junto con su esposo, Thomas, también trabajador agrícola. Con él viviría en regiones rurales de Virginia y de Nueva York. Con él procrearía diez hijos, cinco de los cuales no sobrevivirían la infancia. Al cabo de cuatro décadas de matrimonio y una vez que las responsabilidades de la granja fueran asumidas por sus descendientes, Moses podría finalmente darle rienda suelta a su afán creativo. Hasta entonces, en sus propias palabras, jamás tuvo tiempo para actuar respecto al mismo.
En la primavera de 1938 Louis Caldor, coleccionista de arte de paso por Hoosick Falls, avistaría cuatro cuadros colgados en la ventana de la farmacia del pueblo. Un año antes, Moses había confiado las pinturas al dueño del establecimiento con el fin de intentar encontrarles un mercado. Caldor las adquirió y, al día siguiente, visitó a la autora en el cercano pueblito de Eagle Bridge, en busca de más cuadros. Convertido en adalid de Moses, a su regreso a Nueva York convencería a Otto Kallir, dueño de la galería Saint Etienne, de la necesidad de promover a la artista. Kallir negociaría la admisión de tres de sus pinturas en una exhibición privada del Museo de Arte Moderno en 1939. Al año siguiente organizaría la primera exposición completamente dedicada a su obra. Intitulada "Aquello que una ama de casa rural pintó", la muestra introduciría oficialmente a Moses en la corriente del arte naif estadounidense. La colección sería también parte del festival del Día de Gracias de la tienda Gimbels en Manhattan, a raíz de la que Anna Mary Moses pasaría a convertirse en una figura mediática. En su reseña del evento el New York Herald Tribune acuñaría el apelativo con el que pasaría a la historia: Grandma Moses, la Abuela Moses.
Los veinte años subsiguientes estuvieron marcados por popularidad siempre creciente y una serie de honores oficiales. Los mismos incluirían dos grados doctorales honorarios, conferidos por el Instituto Moore de Arte, Ciencia e Industria y el Russell Sage College. Lejanos quedaban los días en que Moses había faltado a sus clases primarias por falta de ropa de invierno. En 1941 su obra "El Viejo Cubo de Roble" alcanzaría el Premio del Estado de Nueva York. El presidente Eisenhower se declararía admirador de su trabajo igual que Harry S. Truman quien, en 1949 le entregaría en la Casa Blanca el galardón del Women's National Press Club. En 1960 el gobernador Nelson Rockefeller declararía en Nueva York el día de Grandma Moses, a celebrarse el siete de septiembre, fecha de su cumpleaños número cien. Millones de reproducciones de sus cuadros se venderían en tarjetas y medios de todo tipo. Al mismo tiempo, sus pinturas se exhibirían en los Estados Unidos y en Europa. Edward Murrow, icono del periodismo norteamericano, la entrevistaría en un memorable episodio de su serie "Mire Ahora". El dramaturgo Stephen Pouliot le dedicaría una obra de teatro que aún continúa a producirse.
Concomitantemente a su renombre, sin embargo, Grandma Moses era rechazada por círculos oficiales de pintura. Sus obras no podían estar más alejadas de aquellas consagradas por los principios de la abstracción. El arte de las élites excluía todo intento de expresión naturalista o figurativa. Trabajos accesibles al público común y corriente eran ridiculizados como tradicionalistas e inherentemente fútiles. Aún hoy, Anna Mary Moses no es un nombre que aparezca a menudo en tratados dedicados a pintores del siglo veinte. Ciertos críticos continúan a complacerse en restarle importancia, aludiendo de manera despectiva a los temas de sus cuadros y resistiéndose a encontrarle mérito a su técnica autodidacta. Lo asequible de su arte igual que su éxito comercial le ganaron enemigos acérrimos.
A pesar de esas voces, Grandma Moses continúa a estar vigente. Quien observe sus obras sin prejuicios encontrará en su presencia una lírica excepcional. Sin sentimentalismos, nostalgias o patetismos, Anna Mary recoge pacientemente las tareas y panoramas más humildes, evocándolos con dignidad y permanencia. De la elaboración de jarabe de maple al arado de surcos, de la siembra de trigo a la fabricación de velas caseras, no hay actividad a la que su atención no restituya el milagro del momento y la vitalidad de la acción. Su estilo, en palabras de Otto Kallir, combina dos componentes distintos, escenas de la naturaleza pintadas casi de manera impresionista y figuras humanas esbozadas de modo primitivo y lleno de color. La complejidad de su técnica, perfeccionada con el tiempo, tampoco puede ignorarse. En Alemania, el diario Weiner Zeitung saludaría la misma afirmando que "algo mágico ocurre cuando se confronta los originales por primera vez, [] qué delicadeza en la gradación de color, [] cuánta profundidad en el paisaje capturado en la superficie plana de pintura y en los valores de tonalidad de los montes extendiéndose en la distancia".
En 1952, Moses publicó su autobiografía. Es costumbre citar una de sus frases como colofón a su historia: "Miro mi vida como un día de trabajo bien cumplido, que ha sido efectuado y con el que estoy satisfecha. [] Hice lo mejor que pude con lo que el destino me brindó. Y la vida es lo que de ella hacemos, siempre lo ha sido, y siempre lo será". Tales palabras se encuentran también expresadas en otro idioma, tan suyo como aquel de sus escritos, aquel de la pintura. Su último cuadro, culminado a la edad de ciento un años, es un paisaje de cosecha, en el que figuras humanas se afanan en primer plano, perpetuándose en grácil movimiento. La naturaleza se hace eco del mismo, no sólo en las líneas de montañas, arbustos y árboles, sino por sobre todo en los colores de un modesto arco iris que se despliega sin rimbombancias y sin alarmas. Su presencia, como aquella de la artista que lo concibió, constituye un homenaje a la perseverancia y al optimismo tantas veces excluidos del arte contemporáneo.

 
 
 
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