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El Destino de Grandma Moses
María Helena Barrera-Agarwal
A mediados del siglo veinte,
una artista capturó la imaginación del público
estadounidense. Dotada de inusual poder evocativo, Anna Mary
Moses irrumpiría en la palestra del aclamo pictórico
sin más credencial que su talento. Allí desarrollaría
una carrera profesional sin precedentes. En el transcurso de
apenas dos prolíficas décadas crearía más
de mil quinientos cuadros. Su faz se tornaría presencia
familiar en diarios y revistas. A su fallecimiento, acaecido
en 1961, el presidente Kennedy declararía que "lo
vívido y directo de sus obras restauró una frescura
primigenia a nuestra percepción de la escena americana".
Esas palabras celebraban la innata energía de una pintora
que había llegado a cumplir los cien años, pincel
en mano.
Eran precisamente sus manos las que le habían abierto
las puertas de la fama, directa e indirectamente. Aquejada de
artritis en estado avanzado, Moses encontró un día
que le era imposible continuar manejando la aguja de bordar.
Su hermana Celestia le sugirió que intentase pintar. Fue
así como a los setenta y seis años, Anna Mary retomó
una actividad que había practicado brevemente cuando niña.
Para su primer cuadro rescataría el lienzo que había
sobrado de la cubierta de una máquina agrícola
y los restos de pintura industrial utilizada en paredes y tejados.
Pronto le dedicaría la mayor parte de su tiempo a pintar,
revisitando episodios de su pasado para cosechar imágenes
ha tiempo desaparecidas de la realidad.
Las memorias que esos cuadros proyectan no son las de una vida
inmersa en lujos o marcada por el dinero. Por el contrario, documentan
un mundo centrado en un trabajo humilde y diario. La educación
formal de Anna Mary terminó a los doce años de
edad. Desde entonces laboraría sin pausa en tareas del
campo y domésticas, primero como empleada de granjas y
luego en la finca adquirida junto con su esposo, Thomas, también
trabajador agrícola. Con él viviría en regiones
rurales de Virginia y de Nueva York. Con él procrearía
diez hijos, cinco de los cuales no sobrevivirían la infancia.
Al cabo de cuatro décadas de matrimonio y una vez que
las responsabilidades de la granja fueran asumidas por sus descendientes,
Moses podría finalmente darle rienda suelta a su afán
creativo. Hasta entonces, en sus propias palabras, jamás
tuvo tiempo para actuar respecto al mismo.
En la primavera de 1938 Louis Caldor, coleccionista de arte de
paso por Hoosick Falls, avistaría cuatro cuadros colgados
en la ventana de la farmacia del pueblo. Un año antes,
Moses había confiado las pinturas al dueño del
establecimiento con el fin de intentar encontrarles un mercado.
Caldor las adquirió y, al día siguiente, visitó
a la autora en el cercano pueblito de Eagle Bridge, en busca
de más cuadros. Convertido en adalid de Moses, a su regreso
a Nueva York convencería a Otto Kallir, dueño de
la galería Saint Etienne, de la necesidad de promover
a la artista. Kallir negociaría la admisión de
tres de sus pinturas en una exhibición privada del Museo
de Arte Moderno en 1939. Al año siguiente organizaría
la primera exposición completamente dedicada a su obra.
Intitulada "Aquello que una ama de casa rural pintó",
la muestra introduciría oficialmente a Moses en la corriente
del arte naif estadounidense. La colección sería
también parte del festival del Día de Gracias de
la tienda Gimbels en Manhattan, a raíz de la que Anna
Mary Moses pasaría a convertirse en una figura mediática.
En su reseña del evento el New York Herald Tribune acuñaría
el apelativo con el que pasaría a la historia: Grandma
Moses, la Abuela Moses.
Los veinte años subsiguientes estuvieron marcados por
popularidad siempre creciente y una serie de honores oficiales.
Los mismos incluirían dos grados doctorales honorarios,
conferidos por el Instituto Moore de Arte, Ciencia e Industria
y el Russell Sage College. Lejanos quedaban los días en
que Moses había faltado a sus clases primarias por falta
de ropa de invierno. En 1941 su obra "El Viejo Cubo de Roble"
alcanzaría el Premio del Estado de Nueva York. El presidente
Eisenhower se declararía admirador de su trabajo igual
que Harry S. Truman quien, en 1949 le entregaría en la
Casa Blanca el galardón del Women's National Press Club.
En 1960 el gobernador Nelson Rockefeller declararía en
Nueva York el día de Grandma Moses, a celebrarse el siete
de septiembre, fecha de su cumpleaños número cien.
Millones de reproducciones de sus cuadros se venderían
en tarjetas y medios de todo tipo. Al mismo tiempo, sus pinturas
se exhibirían en los Estados Unidos y en Europa. Edward
Murrow, icono del periodismo norteamericano, la entrevistaría
en un memorable episodio de su serie "Mire Ahora".
El dramaturgo Stephen Pouliot le dedicaría una obra de
teatro que aún continúa a producirse.
Concomitantemente a su renombre, sin embargo, Grandma Moses era
rechazada por círculos oficiales de pintura. Sus obras
no podían estar más alejadas de aquellas consagradas
por los principios de la abstracción. El arte de las élites
excluía todo intento de expresión naturalista o
figurativa. Trabajos accesibles al público común
y corriente eran ridiculizados como tradicionalistas e inherentemente
fútiles. Aún hoy, Anna Mary Moses no es un nombre
que aparezca a menudo en tratados dedicados a pintores del siglo
veinte. Ciertos críticos continúan a complacerse
en restarle importancia, aludiendo de manera despectiva a los
temas de sus cuadros y resistiéndose a encontrarle mérito
a su técnica autodidacta. Lo asequible de su arte igual
que su éxito comercial le ganaron enemigos acérrimos.
A pesar de esas voces, Grandma Moses continúa a estar
vigente. Quien observe sus obras sin prejuicios encontrará
en su presencia una lírica excepcional. Sin sentimentalismos,
nostalgias o patetismos, Anna Mary recoge pacientemente las tareas
y panoramas más humildes, evocándolos con dignidad
y permanencia. De la elaboración de jarabe de maple al
arado de surcos, de la siembra de trigo a la fabricación
de velas caseras, no hay actividad a la que su atención
no restituya el milagro del momento y la vitalidad de la acción.
Su estilo, en palabras de Otto Kallir, combina dos componentes
distintos, escenas de la naturaleza pintadas casi de manera impresionista
y figuras humanas esbozadas de modo primitivo y lleno de color.
La complejidad de su técnica, perfeccionada con el tiempo,
tampoco puede ignorarse. En Alemania, el diario Weiner Zeitung
saludaría la misma afirmando que "algo mágico
ocurre cuando se confronta los originales por primera vez, []
qué delicadeza en la gradación de color, [] cuánta
profundidad en el paisaje capturado en la superficie plana de
pintura y en los valores de tonalidad de los montes extendiéndose
en la distancia".
En 1952, Moses publicó su autobiografía. Es costumbre
citar una de sus frases como colofón a su historia: "Miro
mi vida como un día de trabajo bien cumplido, que ha sido
efectuado y con el que estoy satisfecha. [] Hice lo mejor que
pude con lo que el destino me brindó. Y la vida es lo
que de ella hacemos, siempre lo ha sido, y siempre lo será".
Tales palabras se encuentran también expresadas en otro
idioma, tan suyo como aquel de sus escritos, aquel de la pintura.
Su último cuadro, culminado a la edad de ciento un años,
es un paisaje de cosecha, en el que figuras humanas se afanan
en primer plano, perpetuándose en grácil movimiento.
La naturaleza se hace eco del mismo, no sólo en las líneas
de montañas, arbustos y árboles, sino por sobre
todo en los colores de un modesto arco iris que se despliega
sin rimbombancias y sin alarmas. Su presencia, como aquella de
la artista que lo concibió, constituye un homenaje a la
perseverancia y al optimismo tantas veces excluidos del arte
contemporáneo.
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