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Fernando Manríque y
el espacio mental
Por VÍCTOR MANUEL GUZMÁN
VILLENA
victormanuelguzman@yahoo.com
El arte abstracto se considera
como una "escuela única", creada por un artista
determinado, en una época determinada, esta afirmación
se debe a la polémica que se levantó en torno a
sí. Sin embargo para muchos artistas fue un paso decisivo
y revelado hacia una pintura pura, expurgada de todo lo extraño
al arte. Este criterio contribuyó también a que
las nuevas formas artísticas, con desconocimiento de otras
características se enfrentasen a las antiguas formas,
como único arte no imitativo.
El arte abstracto propicia especialmente una consideración
de su ideario porque, como casi ninguna otra tendencia artística,
ha obligado tanto a sus seguidores como a sus detractores a manifestarse
en cuestiones básicas del arte, incluido su significado
para la sociedad.
Convendría precisar aquí las leyes simples de que
parte tal lenguaje. Primero el color, color desconectado de la
apariencia visual es siempre color localizado. El color varía
en tono, matiz e intensidad, entendiéndose por tono, claro
u oscuro; por matiz, cálido o frío; por intensidad,
débil o fuerte. Cada color tiene su valor preciso con
relación a cualquier otro. Forma y línea se revelan
por los diferentes valores de color. El valor de un color está
dado por la sensación física directa: colores y
formas parecen están delante o detrás, avanzando
o retrocediendo, según su valor relativo y no por ninguna
técnica de ilusionismo tal como la perspectiva, los planos
oblicuos o el modelado, y su posición relativa es transmitida
por sensación física directa. El uso del color
localizado y la sensación directa de relaciones en el
espacio ha sido la base del arte abstracto, rara vez utilizando
los planos que se deslicen hacia adentro o hacia afuera del cuadro
y el modelado es igualmente raro. Los abstractos ortodoxos hasta
hoy, usan invariablemente formas planas paralelas a la superficie
del cuadro. En esto sus obras se parecen a un mundo visto en
un plano o una alfombra y han permanecido tan fieles a la nueva
iconoclastía.
El artista chileno Fernando Manrique, nacido en Valparaíso
en 1956 nos ofrece un amplio recorrido por esta época
del arte. Su obra son composiciones de manchas y fragmentos del
color, los mismos que son protagonistas absolutos de la superficie.
El artista antepone la espontaneidad del dibujo y el trazo y
consigue el abstraccionismo, dependiendo de su necesidad interior.
Necesidad que depende de algo existente en el artista que exige
ser expresado.
Su personalidad, su espíritu y las exigencias del arte
mismo tienen para él importancia. No hay reglas académicas
de validez general en su obra, dado que cada obra tiene sus propias
leyes. Expone la naturaleza objetiva del lenguaje empleado. Cada
elemento de sus cuadros tiene su propio efecto psíquico.
Manrique ya no abstrae sino que construye desde adentro, experimentando
con los más simples medios pictóricos: figuras
geométricas y colores primarios. Pero estos signos abstractos
están dotados de vigorosa vida propia. Su abstracción
con tendencia geométrica apuntala a una actitud de liberación
frente al objeto natural, de modo de poder distorsionarlo para
satisfacer las exigencias de la emoción, de la lógica
de la composición o de un capricho arbitrario.
Platón expresaba: "Puesto que no comprendes el vuelo
de mi pensamiento, es preciso tratar de explicártelo.
Por la belleza de las figuras entiendo lo que muchos imaginan,
por ejemplo cuerpos hermosos, bellas pinturas, sino que entiendo
por aquella lo que es recto y circular, y las obras de este género,
planas y sólidas, trabajadas al torno, así como
las hechas con regla y con escuadra: ¿Concibes mi pensamiento?
Porque sostengo que estas figuras no son, como las otras, bellas
por comparación, sino que son siempre bellas en sí
por su naturaleza; y que procuran ciertos placeres que les son
propios y no tienen nada en común con los placeres producidos
por los estímulos carnales. Otro tanto digo de los colores
bellos, que tienen una belleza del mismo género, y de
los placeres que les son afectos". Así es la pintura
de Fernando Manrique, pintura pura, liberada de tiranía
de las apariencias y completamente independiente de los objetos.
Persevera en su trabajo con una devoción casi religiosa
y una profunda preocupación por los principios estéticos.
Como si los signos que emplea se hubiesen convertido ya en imágenes
demasiado objetivas.
Manrique Murua, quien se prepara a exponer en octubre en Madrid-España,
avanza y niega toda cualidad personal en el manejo del pigmento.
Todo lo que le importa es establecer un equilibrio dinámico
en las proporciones de cada área, el peso del color, el
grueso del trazo que conducen a un equilibrio crítico
de elementos opuestos y encontrados. En esta búsqueda
de proporciones en un equilibrio crítico lo liga estrecha
e inevitablemente al arte abstracto.
Este artista chileno-ecuatoriano ha materializado el ensueño
estético que constituye la obra de arte, que abarca lo
que es y lo que puede ser, lo inteligible y lo sensible, que
tiene en la creación artística su más lograda
realización, pues en ella intervienen lo real y lo ideal
conjugándose. Este artista tiene la virtud de borrar el
abismo que separa la realidad del ensueño, puesto que
la realidad está en la obra de arte cuando el ideal está
en el alma del artista, quien hace del mundo externo un mundo
interno que expresa su creación.
Su obra de arte no es simplemente un objeto de contemplación.
Encierra un mensaje, nos habla al espíritu, porque tiene
una carga de significaciones. Lleva en sí el propósito
de entablar un diálogo emocional con todo el que quiera
acercarse a ella. En efecto, gracias al sentimiento trascendental
que posee la obra, el contemplador percibe su lenguaje y al percibirlo
se proyecta en ella como una respuesta a los pensamientos y será
su aptitud receptiva, su capacidad para comprender el mensaje
que el artista Manrique deja en su creación.
Una muestra del artista Manrique se encuentra expuesta hasta
agosto del 2004, en el Café Maitai, ubicada en Whymper
3091 y Coruña.
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