Máscaras:
sinónimos de rostros del alma
Leyla Piedad Escobar
Una colección bastante
envidiable de máscaras está exhibiendo el Banco
Central en su Museo Nacional, demostrando la riqueza cultural
y artística que estos objetos representan en nuestro país,
además ayudando al conocimiento del patrimonio religioso-festivo
de los distintos pueblos que conforman este Ecuador multiétnico
y pluricultural.
Las máscaras, como se
señala en el respectivo catálogo, son rostros falsos,
de facciones reales o imaginarias. Su fin es el deseo de inmovilizar
y amplificar un gesto. Para el hombre ancestral, la afición
a las máscaras estuvo motivada, en gran parte, por el
deseo de protegerse contra los espíritus maligno.
En América, los cronistas
describen a las máscaras como instrumentos mágicos
usados en los ceremoniales de las sociedades originarias y están
presentes en las manifestaciones rituales, sagradas y festivas
que los pueblos indígenas realizan hasta nuestros días.
Las máscaras antropo-zoomorfas
con rasgos de hombres y animales representan dioses o seres humanos
que tienen la facultad de transformarse en animales sagrados.
En la cosmovisión andina,
la máscara está estrechamente vinculada con su
mitología, explica su origen y existencia y su espiritualidad,
es decir las manifestaciones que necesita el espíritu
para potenciarse y tener ingerencia en el alma de la gente. También
representa la idea de "Pacha", en el sentido de ser
la "unidad" que encierra la esencia del ser a través
de un orden o forma expresado en el rostro.
En otro plano la máscara
también es "el rostro del alma", de algún
ser interior o algún espíritu de la naturaleza
-por ejemplo el de la montaña- o de algún animal
sagrado, de un apu (ente protector).
En el caso ecuatoriano, todo
hace suponer que las máscaras fueron elaboradas y utilizadas
por grupos humanos que habitaron este territorio desde 15 mil
años atrás.
La Cultura Valdivia, del Período
Formativo de hace 6 mil años, trabajó las primeras
vasijas representando rostros humanos porque trataron de captar
la imagen de la cara del muerto en sus objetos sagrados. Lo hicieron
en cerámica, piedra y mullu, preferentemente.
Las culturas Tolita, Jama Coaque
y Bahía, entre otras (desde el 500 a.C. , desarrollaron
una gran variedad de máscaras. Las calaveras en cerámica
y metales como el oro, la plata, el platino y el cobre eran la
materialización de la muerte, o la representación
de los ancestros.
En la muestra, cuya curadora es Estalina Quinatoa Cotacachi,
también están presentes los disfraces mítico-religiosos
de animales sagrados vinculados a los rituales y a la medicina.
No son simples objetos
Las máscaras no se pueden interpretar como objetos separados
de la vida humana. Un mito no adquiere sentido sino una vez devuelto
al grupo. Igualmente a cada tipo de máscara se vinculan
mitos que tiene por objeto explicar el origen legendario y o
sobrenatural de los pueblos expresado en los rituales.
En el mundo de las máscaras
se conjugan datos míticos, funciones sociales y religiosas
y expresiones plásticas; estos tres órdenes de
fenómenos, por heterogéneos que parezcan están
funcionalmente vinculados". Su pervivencia nos permite acercarnos
al conocimiento de sus historias, mitos, esperanzas y fantasmas;
su lenguaje, su lectura deben ser entendidos como un proceso
del diario vivir y como manifestación de una comunidad
que es la que coexiste cotidianamente, con el mundo que empieza
a partir de esas máscaras.
Es que es la cara lo que más
nos asocia a lo que somos, o a lo que quisiéramos ser.
Es ella la que representa nuestra identidad personal y social.
Una excelente muestra que debe ser visitada.
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