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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

'Entre paisajes y altares'

Manuel Esteban Mejía

Sí, es inevitable vincularla con un nombre y una obra reconocidos, los de Oswaldo Guayasamín; Dayuma, una de sus hijas, y que firma así, es una artista con personalidad propia; lo que es mucho decir, si se tiene en cuenta el prestigio y consiguiente peso de su progenitor en el arte ecuatoriano de estas últimas décadas.

No siempre es fácil liberarse de una influencia artística; sobre todo si, como en el presente caso, es natural. Pero así ha sucedido en la obra de esta artista, y sin extrañeza puedo señalar que desde mucho tiempo atrás. Es como si, por instinto y no sólo intuición, se exigiera a sí misma un camino propio.

Me explico. Si personalmente la conozco desde hace más de unos veinticinco añoscomo infatigable compañera de Miguel Varea, he seguido la trayectoria de su obra como para percibir su búsqueda de una vía personal, menos, creo, por diferenciarse de una visión y tratamiento paternos en arte, y más por una necesidad suya de expresarse con personal acento.

La pintura y el dibujo han sido los espacios suyos; aquellos en que básicamente se ha planteado una constancia creativa. Pues Dayuma participa también del campo artesanal, al que, sin duda, se siente ancestralmente ligada.
Percibiendo su obra reciente, y también la inmediatamente anterior, pueden distinguirse interacciones entre ellos, una especie de conexión que de manera constante retroalimenta su producción presente.

COTIDIANIDAD Y ANCESTRO

Dayuma es un ser vital que despliega su energía en torno. Esta vitalidad la vincula en permanencia con el mundo contextual de lo cotidiano, por una parte; mientras que por otra, le señala que esta contextualidad no está en exclusiva función de lo contemporáneo sino que, en una realidad cultural como la nuestra, depende de valores y visiones ancestrales. De ahí se puede explicar su interés por las artesanías, una modalidad de trabajo que recrea pasado en presente, un decir de hoy con trascendencia definida desde ayer.

Lo cotidiano, en ella, no es lo urbano, cabe decir Quito, sino más bien lo periférico, lo suburbano, aquellas imágenes que ya no se encuentran en la ciudad sino como excepción, por no corresponder a un punto de vida actual en el accionar de la gente de las grandes urbes, pero que pueden distinguirse aun en los pequeños pueblos andinos como rezagos y retazos de un tiempo y una manera de ser rápidamente cambiantes.

Estas cargas vitales adquieren representación formal en su concepción creativa, y esta vitalidad no es de un solo orden sino que responde a varios: uno es de signo social, de la índole de acontecimientos que transcurren en instancias diarias; otro es de signo religioso, que recuerda y recrea al mismo tiempo un imaginario popular en que lo sacro es parte sustancial de una cultura que permanece en el tiempo.

LA COMPLEMENTACIÓN FORMAL DEL DISCURSO

Para expresar lo anterior -como el todo que es en la percepción íntima de la autora-, Dayuma se apoya en referencias reales que hacen de su pintura verdaderos collages, ensamblajes de una visión que se materializa a través de elementos diversos en que rol fundamental lo tiene el color.
Uno es el paisaje de lo cotidiano particularizado en las tiendas y ventas públicas con su profusión de productos, al que se une otro paisaje que recoge las fachadas de edificios antiguos. Esto tiene como antecedente ejecuciones del período precedente, diferentes en tanto esas eran básicamente pintura y éstas involucran otras materias sutilmente organizadas.
Otro es el ámbito religioso representado en los altares particulares, por así decirlo, de casa antes que de iglesia, que son en verdad otros paisajes, si se tiene en cuenta que son espacios compuestos para ese propósito, donde Jesús y la virgen, santos y santas, ángeles y arcángeles, son figuras de culto y de racional embellecimiento de esos espacios.
Dayuma no ha vacilado en acudir a trabajos de otros artistas, sobre todo de nuestra época colonial, para involucrarlos en la integración de su altares, no tratándose en sentido estricto de una apropiación, pues busca referirlos como son, creando de esta manera una recreación particular a la que complementa con diversos ornamentos que, por su procedencia cultural, actúan como signos coadyuvantes de ese discurso.
Hay paciencia y pasión en estos trabajos, marcados por un persistente afán de reimponer lo que no considerándose artístico o materia del arte, integra sin embargo un modo de ser nacional, un modo de pensar y de sentir, como por lo demás artistas de otras nacionalidades lo hacen. Pero Dayuma no sigue una moda, vale aclarar aquí, sino que responde a una visión suya de conjugar, antes que de yuxtaponer, diversos valores culturales que delinean lo que puede señalarse como una realidad ecuatoriana.

AFINCAMIENTO EN LO REAL

La visión de esta artista se afinca, en consecuencia, en una realidad dada. En efecto, el arte de Dayuma no busca oponerse a ella ni trasgredirla o superarla como intención o meta. Busca reconocerla en cómo y cuánto es, es decir como parte sustancial de una espiritualidad ecuatoriana.
Su representación de esta realidad responde más a la concepción que maneja de lo cultural aborigen en permanente simbiosis con las formas de una vida presente, que a una posible aculturidad reinante.
Pero a Dayuma no la aprisionan estas formas en sí, sino que son partes de las representaciones que satisfacen su propósito. Este propósito no es otro que el de recrear un nuevo nivel de una realidad cultural y vital propia.

La inclusión de tejidos, encajes, abalorios, por ejemplo, tiene esta razón de ser. Con ellos, y por supuesto la pintura, crea imágenes que no solo poseen un fuerte sentido visual sino también de materialidad inmediata, un mundo textural de cálida intensidad y frescas reminiscencias de lo vivido y sentido.

MÁS ALLÁ DE LO COSTUMBRISTA

Considerar la obra de Dayuma en el apartado de lo costumbrista sería un grave equívoco, pues también sería irrelevante pensar que lo popular no constituye una expresión artística ancestral y que no pueda producirse arte con materiales que carezcan de especificidad artística.
Hay una propuesta y no solo una intención en la obra de Dayuma. Esta propuesta es la ya señalada anteriormente, solo que antes de ser de carácter intelectual es básicamente vital. Es su búsqueda de una simbiosis que, por lo demás, se intuye en la realidad cultural nuestra.
Propuesta e intencionalidad se plasman en una realización que destaca en una fuerte visualidad. El color se impone, las formas se vuelven evidentes a través del color, matizadas por lo espiritual femenino a que responden estas obras.
Lo femenino, sin embargo, no la hace una pintura de mujer, sino pintura a secas, neta realización artística, sin que deba considerarse que actúa este hecho como un condicionante o una predisposición creativa.
Estamos, en definitiva, ante una obra de madurez que habla y sugiere con múltiples voces. Una obra que al destacar por sí misma constituye un punto decisivo en la labor productiva de esta artista.

 
 
 
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- Quito - Ecuador