| |
'Entre
paisajes y altares'
Manuel Esteban Mejía
Sí, es inevitable vincularla
con un nombre y una obra reconocidos, los de Oswaldo Guayasamín;
Dayuma, una de sus hijas, y que firma así, es una artista
con personalidad propia; lo que es mucho decir, si se tiene en
cuenta el prestigio y consiguiente peso de su progenitor en el
arte ecuatoriano de estas últimas décadas.
No siempre es fácil
liberarse de una influencia artística; sobre todo si,
como en el presente caso, es natural. Pero así ha sucedido
en la obra de esta artista, y sin extrañeza puedo señalar
que desde mucho tiempo atrás. Es como si, por instinto
y no sólo intuición, se exigiera a sí misma
un camino propio.
Me explico. Si personalmente
la conozco desde hace más de unos veinticinco añoscomo
infatigable compañera de Miguel Varea, he seguido la trayectoria
de su obra como para percibir su búsqueda de una vía
personal, menos, creo, por diferenciarse de una visión
y tratamiento paternos en arte, y más por una necesidad
suya de expresarse con personal acento.
La pintura y el dibujo han
sido los espacios suyos; aquellos en que básicamente se
ha planteado una constancia creativa. Pues Dayuma participa también
del campo artesanal, al que, sin duda, se siente ancestralmente
ligada.
Percibiendo su obra reciente, y también la inmediatamente
anterior, pueden distinguirse interacciones entre ellos, una
especie de conexión que de manera constante retroalimenta
su producción presente.
COTIDIANIDAD Y ANCESTRO
Dayuma es un ser vital que
despliega su energía en torno. Esta vitalidad la vincula
en permanencia con el mundo contextual de lo cotidiano, por una
parte; mientras que por otra, le señala que esta contextualidad
no está en exclusiva función de lo contemporáneo
sino que, en una realidad cultural como la nuestra, depende de
valores y visiones ancestrales. De ahí se puede explicar
su interés por las artesanías, una modalidad de
trabajo que recrea pasado en presente, un decir de hoy con trascendencia
definida desde ayer.
Lo cotidiano, en ella, no es
lo urbano, cabe decir Quito, sino más bien lo periférico,
lo suburbano, aquellas imágenes que ya no se encuentran
en la ciudad sino como excepción, por no corresponder
a un punto de vida actual en el accionar de la gente de las grandes
urbes, pero que pueden distinguirse aun en los pequeños
pueblos andinos como rezagos y retazos de un tiempo y una manera
de ser rápidamente cambiantes.
Estas cargas vitales adquieren
representación formal en su concepción creativa,
y esta vitalidad no es de un solo orden sino que responde a varios:
uno es de signo social, de la índole de acontecimientos
que transcurren en instancias diarias; otro es de signo religioso,
que recuerda y recrea al mismo tiempo un imaginario popular en
que lo sacro es parte sustancial de una cultura que permanece
en el tiempo.
LA COMPLEMENTACIÓN
FORMAL DEL DISCURSO
Para expresar lo anterior -como
el todo que es en la percepción íntima de la autora-,
Dayuma se apoya en referencias reales que hacen de su pintura
verdaderos collages, ensamblajes de una visión que se
materializa a través de elementos diversos en que rol
fundamental lo tiene el color.
Uno es el paisaje de lo cotidiano particularizado en las tiendas
y ventas públicas con su profusión de productos,
al que se une otro paisaje que recoge las fachadas de edificios
antiguos. Esto tiene como antecedente ejecuciones del período
precedente, diferentes en tanto esas eran básicamente
pintura y éstas involucran otras materias sutilmente organizadas.
Otro es el ámbito religioso representado en los altares
particulares, por así decirlo, de casa antes que de iglesia,
que son en verdad otros paisajes, si se tiene en cuenta que son
espacios compuestos para ese propósito, donde Jesús
y la virgen, santos y santas, ángeles y arcángeles,
son figuras de culto y de racional embellecimiento de esos espacios.
Dayuma no ha vacilado en acudir a trabajos de otros artistas,
sobre todo de nuestra época colonial, para involucrarlos
en la integración de su altares, no tratándose
en sentido estricto de una apropiación, pues busca referirlos
como son, creando de esta manera una recreación particular
a la que complementa con diversos ornamentos que, por su procedencia
cultural, actúan como signos coadyuvantes de ese discurso.
Hay paciencia y pasión en estos trabajos, marcados por
un persistente afán de reimponer lo que no considerándose
artístico o materia del arte, integra sin embargo un modo
de ser nacional, un modo de pensar y de sentir, como por lo demás
artistas de otras nacionalidades lo hacen. Pero Dayuma no sigue
una moda, vale aclarar aquí, sino que responde a una visión
suya de conjugar, antes que de yuxtaponer, diversos valores culturales
que delinean lo que puede señalarse como una realidad
ecuatoriana.
AFINCAMIENTO EN LO REAL
La visión de esta artista
se afinca, en consecuencia, en una realidad dada. En efecto,
el arte de Dayuma no busca oponerse a ella ni trasgredirla o
superarla como intención o meta. Busca reconocerla en
cómo y cuánto es, es decir como parte sustancial
de una espiritualidad ecuatoriana.
Su representación de esta realidad responde más
a la concepción que maneja de lo cultural aborigen en
permanente simbiosis con las formas de una vida presente, que
a una posible aculturidad reinante.
Pero a Dayuma no la aprisionan estas formas en sí, sino
que son partes de las representaciones que satisfacen su propósito.
Este propósito no es otro que el de recrear un nuevo nivel
de una realidad cultural y vital propia.
La inclusión de tejidos,
encajes, abalorios, por ejemplo, tiene esta razón de ser.
Con ellos, y por supuesto la pintura, crea imágenes que
no solo poseen un fuerte sentido visual sino también de
materialidad inmediata, un mundo textural de cálida intensidad
y frescas reminiscencias de lo vivido y sentido.
MÁS ALLÁ DE
LO COSTUMBRISTA
Considerar la obra de Dayuma
en el apartado de lo costumbrista sería un grave equívoco,
pues también sería irrelevante pensar que lo popular
no constituye una expresión artística ancestral
y que no pueda producirse arte con materiales que carezcan de
especificidad artística.
Hay una propuesta y no solo una intención en la obra de
Dayuma. Esta propuesta es la ya señalada anteriormente,
solo que antes de ser de carácter intelectual es básicamente
vital. Es su búsqueda de una simbiosis que, por lo demás,
se intuye en la realidad cultural nuestra.
Propuesta e intencionalidad se plasman en una realización
que destaca en una fuerte visualidad. El color se impone, las
formas se vuelven evidentes a través del color, matizadas
por lo espiritual femenino a que responden estas obras.
Lo femenino, sin embargo, no la hace una pintura de mujer, sino
pintura a secas, neta realización artística, sin
que deba considerarse que actúa este hecho como un condicionante
o una predisposición creativa.
Estamos, en definitiva, ante una obra de madurez que habla y
sugiere con múltiples voces. Una obra que al destacar
por sí misma constituye un punto decisivo en la labor
productiva de esta artista.
|
|