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Diógenes Paredes, pintor
de la Angustia
Los temas que trae la revista
que edita el Tribunal Constitucional 'Temas Constitucionales',
vienen bellmente enmarcados con un artículo de Nicolás
Kingman, sobre el pintor Diógenes Paredes, que nos permitimos
reproducir para ustedes.
Nicolás Kingman
Mi propósito no es otro
que el de dar cuenta y señas de Diógenes Paredes,
a quien van dedicadas estas líneas, que son parte de su
vida y de su creatividad. Aunque mi memoria es desfalleciente
y lo que en ella aun persiste son como bosquejos diseñados
por un diletante sin mucha imaginación, comenzaré
diciendo que él rebasó los límites del arte
pictórico al presentarse en los ambientes citadinos como
un nombre agresivo y pendenciero, pese a su extremada bondad
y leal entrega y comportamiento con los de su oficio, como mi
hermano Eduardo, Luis Moscoso, Bolívar Mena Franco, Leonardo
Tejada, Piedad Paredes, Jaime Andrade, Aníbal Villacís,
Gilberto Almeida, Oswaldo Moreno, Oswaldo Viteri, Alfredo Palacio,
Galo Galecio y con escritores como Raúl Andrade, Jorge
Icaza, Alejandro Carrión, Pedro Jorge Vera, Jorge Enrique
Adoum, Atanasio Viteri, Humberto Vacas Gómez, El Fakir
Dávila Andrade, Humberto Salvador, Jorge Fernández,
Alfredo Chávez y José Alfredo Llerena, para solo
mencionar unos pocos protagonistas del arte y la literatura.
Por su forma de imponerse y
por su arrogancia, Diógenes fue conocido como 'El Monstruo'.
En gran parte, esa actitud impulsiva se debía a su militancia
en el Partido Comunista y a su franca y brillante expresión
pictórica, mediante la cual denunciaba la explotación
y la miseria en que se debatían los indios y las clases
populares.
Esto es lo que me limitaré
a comentar al tratar de dar vida, expresión y algo de
colorido, a lo que él significó en la pintura ecuatoriana,
porque se han ido perdiendo, uno tras otro, los audaces y extraordinarios
cuadros que realizó durante su fugaz tránsito por
esta tierra nuestra iridiscente.
El alguna deslayada crónica
de obscuros y ocres tintes, alguna vez conté que 'El Monstruo',
al salir de alguna farra, solía proclamarse como "Diógenes
Paredes y Flores, Azucena de Quito".
Lo hacía en alta voz
y en plena calle, sin que nadie se atreviese a censurar semejante
herejía. Diógenes tampoco atacaba a nadie, permitiendo
que se cambiasen de acera los que a regañadientes rechazaban
semejante blasfemia.
Más, cuando había
que temerle era cuando solía exclamar: "yo soy la
doctora Carrillo y me emborracho con mi plata", aludiendo
a una distinguida pedagoga que lo despidió del empleo
de profesor de dibujo en un prestigioso plantel de enseñanza
secundaria.
Este 'Azuceno de Quito', como
he dicho, era un ser bondadoso, gentil y leal amigo, cuando estaba
en sus cabales. Pero en una ocasión en que discutían
acaloradamente de arte con mi hermano Eduardo, que también
era brusco y agresivo, llegaron al extremo de un pugilato. Mi
hermano le dio un botellazo en la cabeza y 'El Monstruo' tuvo
que ser trasladado de urgencia a una clínica. Pasado algún
tiempo se reconciliaron y Diógenes le dijo que había
estado a punto de irse al otro mundo, ya que la herida había
tenido que ser suturada con no menos de nueve puntos, a lo cual
Eduardo le respondió dándole un abrazo y felicitándolo
por haber obtenido la más alta calificación en
su vida de artista.
Diógenes tuvo una existencia
accidentada y conflictiva, llena de difíciles problemas
económicos y personales. El arte fue uno de sus tormentos.
Vivió soñando
en la trasformación del universo y gran parte de su tiempo
lo dedicó a tan ilusa como descomunal tarea. Los críticos
del arte de la época lo consagraron, dándole el
valor que merecía.
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