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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Eduardo Kingman Riofrío bohemio, loco y excepcional

Karla Jaramillo Puertas

Una gigantografía que cubría casi la totalidad del frente del Museo del Banco Central de Loja daba a conocer la exposición que se estaba realizando durante los dos últimos meses. La pintura escogida reflejaba dos manos de diferente tamaño en un gesto de protección. Con letras blancas y cursivas figuraba el apellido: Kingman.
 
En el interior, los cuadros del sobresaliente pintor lojano fueron colocados simétricamente en la sala y corredor del museo que conserva el estilo colonial de las casas de antaño, es decir con un patio en el centro. "Las obras pertenecen a diferentes épocas de la vida del artista, donde se aprecia diversas técnicas utilizadas en lienzos que corresponden al Fondo Artístico del Banco Central del Ecuador, a la Posada de Artes Kingman y a colecciones privadas de Quito, Guayaquil, Cuenca y Loja cuyos propietarios han facilitado sus pinturas" tal como reza el pegable entregado a las personas que iban a apreciar y valorar el arte de uno de los tantos hijos destacados de la provincia sureña del Ecuador.
 
DESHOJANDO EL PASADO

En los cuadros es una constante el dolor y sufrimiento. La parte más sobresaliente del  ser humano es el rostro triste, sin embargo en la mayoría de casos, son las manos enormes y venosas las que marcan la huella del artista. Los ojos de cada retrato son cavidades negras y profundas. Aunque realizan actividades de movimiento como es el caso del flautista o guitarrista sus semblantes son de angustia permanente. Toda su obra carece de sonrisa.
Tal vez sea por los momentos de zozobra por los que pasó desde pequeño, cuando su padre, un médico estadounidense que llegó a Portovelo a una de las fábricas extranjeras a explotar el oro del sector, los abandonó. Doña Rosa Riofrío Riofrío, su madre, afrontó sola la situación. 

LA REBELDÍA
 
Decide huir de la sociedad conservadora, de ese entonces, para radicarse en Quito. Ahí, con enorme fortaleza, empeño y dedicación pudo salir adelante. Al parecer, una de las situaciones que marcaron las retinas del joven pintor es cuando vio a su progenitora rendida sosteniéndose en sus manos para no fenecer.
Vivían en la intersección entre la avenida 10 de Agosto y Colón, a diez kilómetros de la escuela fiscal Normal Juan Montalvo. Cuando el dinero no les alcanzaba para ir en transporte, junto con su hermano, tenían que caminar por largas horas para llegar al destino indicado.
Más tarde, ingresa al Instituto Nacional Mejía, pero su pasión por el arte lo inquieta y decide abandonar los estudios sin que sus familiares lo supieran para inscribirse en la Escuela de Bellas Artes. Ahí se dio a conocer por la rebeldía innata.
 
UN OFICIO QUE NO NACIÓ PARA KINGMAN

En la extensa biografía del pintor se comenta que durante su estadía en Guayaquil, la madre pretendió convertirlo en contador público a lo que se negó rotundamente y por iniciativa propia buscó empleo en el periódico El Universo, ganando como dibujante la ínfima cantidad de noventa sucres.  
Su vida la pasaba en una bohemia tremenda -como él mismo lo reconoce en una entrevista realizada por la revista Vistazo de 1 972- "era la bohemia de toda mi generación, Raúl Andrade, Pablo Palacio, Alonso Cuesta, el monstruo Paredes y otros, no sé cuantos más, que tomábamos la vida con ligereza, por así decirlo, noctámbulos impenitentes, bebedores de alcohol, soñadores a tiempo completo".
 
SE PRESENTABA COMO PEDRO BROCHA

En forma de anécdota se comenta que "en las acostumbradas presentaciones de personas que no son conocidas, Kingman, con un dejo burlón nunca dio su verdadero nombre, decía: Pedro Brocha a sus órdenesUna noche de excesos, después de la charla, las ironías y los gritos, prenderá un fósforo en la larga y descompuesta cabellera de un pintor amigo suyo, diciéndole, a la vez, voy a quemar tu genio. Otra noche de libaciones y sutilezas en un pueblo cercano a Quito y en la hora en que crepita el alma sin disimulos, varios de los representantes dieron rienda suelta a sus rencores. Kingman, con enojo, demostraba a uno de los beligerantes su fortaleza y despedazaba, sobre su cabeza, varias tejas que circunstancialmente se encontraban a su lado".
 
BERTHA JIJÓN, UN ÁNGEL

Parte de su trajinar anterior quedó atrás hasta que contrajo matrimonio, a los 35 años, con Bertha Jijón Ante. Desde ahí nunca más una fiesta, pero en cambio tenía que ir a buscarlo a altas horas de la noche en las cantinas. Los amigos de Kingman la comparaban con García Moreno. Pero gracias a ello "me salvó", además porque "ha sido una mujer que ha respetado mi obra", al igual que él lo hacía cuando su pincel empezaba a trazar las primeras líneas sobre el lienzo "yo tengo mucho respeto a la pintura y nunca me acerco al lienzo cuando he tomado, aunque sea solo una copa. Para trabajar necesito estar absolutamente sobrio, dueño de mis cinco sentidos, con la mente despejada".  

LA INFINITA GAMA DE SU ESPECTRO

Se calcula que la producción artística sobrepasa los tres mil cuadros "En su primera época pintó exclusivamente indios bajo atmósferas de soles tajantes. Indios pesados, enormes, con espaldas encorvadas y cabezas rústicas, pero limpios, colorados y pulcros. Era el instintivo impulso que siente el hombre de mejorar las realidades amargas y abyectas. Grandes cuadros ha pintado Kingman con esta verdad americana. 
Después han venido los cuadros bravíos, encarnizados, febriles, en que pintó al indio y al obrero, al hombre de la ciudad y del campo, como bestias de carga y de labor, entenebrecidos, sucios, explotados hasta la miseria y la desesperación".  
Venezuela, Colombia  y Estados Unidos son países que conocieron el rotundo éxito de este ecuatoriano que ha hecho sobresalir a este terruño llamado Ecuador. Además hizo una infinidad de exposiciones internacionales en París, Washington, San Francisco, México, entre otros. Fue profesor de la Escuela de Bellas Artes de Quito, y durante 20 años director del Museo de Arte Colonial de Quito.

EL DESCANSO DEL GUERRERO

Los últimos años de su existencia se despojó del estrés, ruido y del aire absorbente de la capital, para pasar a vivir en uno de los valles de Quito en la 'Posada de la soledad', así como llamó Soledad a su hija. Como quien busca la vida sosegada y tranquila que dejó tiempos atrás en su querida tierra natal: Loja. Provincia en la cual su arte se erige imponente en el hall del municipio de la ciudad.   
Kingman falleció en 1998. Su pintura es inmortalizada en la página web que lleva su nombre así como en la Casa Museo de Kingman inaugurada el 27 de mayo del 2 002, en donde se exhibe parte de su trabajo y se brinda apoyo a los nuevos talentos.

"El de la pincelada fuerte y segura, el de los tonos fuertes y atormentados como los motivos de sus cuadros que captan toda la humanidad latente en una sola tela".


 
 
 
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La Hora 2002
- Quito - Ecuador