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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Tigua o el arte de la naturaleza

Leyla Piedad Escobar

El cóndor sobrevoló una y otra vez la Tierra y encontró que los seres humanos y los animales tenían su pareja. Entonces se sintió solo y determinó buscar una compañera.

El había nacido de las voluntades de los dioses cuando la Pachamama y el Pachacama en su afán de proteger a sus hijos -los hombres- hicieron una minga y crearon a un ser que sería el enlace entre ellos y los hijos de la Tierra. Así fue formado el cóndor que tenía como su dominio los cielos y en forma permanente llevaba y traía un quipe en el que los dioses daban las instrucciones para que los hombres sepan cuándo sembrar, qué sembrar y cómo cuidar su entorno. Asimismo llevaba en las cintas del quipe condensadas todas las inquietudes que afligían a esos hombres.

En sus constantes viajes vio a una pastora solitaria que, cansada por el trabajo que debía realizar para mantener a su familia, se quejaba por la falta de fuerzas y estaba deseosa por encontrar un compañero para que le ayudara a compartir su carga. El cóndor escuchó ese lamento y consideró que él podría ser el compañero adecuado.

Tomó un poncho y con él se cubrió para abordar a la joven pastora. Convertido ya en un chico entregó a la joven unas ramitas de kuinkilla ( flor de tonalidades azules que crece en los páramos) planta que en el mundo indígena tiene gran importancia, ya que al momento de elegir una pareja y entregar la flor la chica sopla y el hacerlo se determina si es o no la persona adecuada.

Todo salió bien para el cóndor y en menos de lo que canta un gallo, la chica le conversó su vida difícil a tal punto que estaba dispuesta a casarse con quien le propusiera matrimonio.

La amistad entre el cóndor y la pastora se fue consolidando y se hicieron frecuentes los paseos que ella dio por sobre las cordilleras, conoció nevados, volcanes y lagunas. Ya no era problema cruzar el río. Y su pushcana (ovillo en donde se acumula la lana hilada) dejó de ser su compañera fiel, ahora los cielos se habían convertido en su mundo. Estaba feliz.

Por fin el cóndor la llevó a conocer su dunate (roca en donde hacen sus nidos). La pastora estaba feliz que olvidó sus obligaciones. El rebaño fue llevado de vuelta al hogar y Amapola, una de sus fieles perritas levaba en su boca la pushcana , mientras la otra había seguido al cóndor y a la pastora en su viaje al dunate.

La familia de la pastora guiada por las perritas llegó hasta el dunate y trataron de rescatar a la joven, pues creían que el cóndor la había secuestrado.

Tras varios intentos la joven fue llevada de vuelta al hogar de sus padres y de nada valieron las razones, pues la joven se había enseñado a la vida con el cóndor, estaba acostumbrada a su compañía, por lo que haciendo señales de humo le guió al cóndor hasta la casa en donde estaba.

El cóndor rescató a su chica y se la llevó. Fue en ese momento en que entraron en acción los espíritus de la Pachamama y el Pachacama pidiendo a los padres que acepten esa unión, que no se arrepientan, que hagan fiesta porque el cóndor y la joven pastora iban a trabajar por el bien de la naturaleza y de todos. Una vez más el lenguaje mítico de los dioses se hizo presente con una pareja de búhos, señal de felicidad y perdurabilidad en la vida de la nueva pareja. La joven se transformó en cóndor hembra. Así se dio comienzo a un mutuo respeto entre el mundo de los espíritus y el mundo quichua y otros pueblos indígenas, para quienes el cóndor es sagrado.
La muestra pictórica

La historia sencilla que ha sido recogida en un pequeño pero original libro, es motivo de una exposición pictórica que se está exhibiendo hasta el domingo 25 en la Fundación Guayasamín.

Los cuadros son pintados por Alfonso, Alfredo y Gustavo Toaquiza, todos en formato mediano, profusión de colores e imágenes. Para Alfonso nada puede quedar fuera de los cuadros, ellos lo único que están haciendo es reproducir lo que los dioses les entregan a través de la naturaleza y en la naturaleza nada está demás, todo tiene su razón de ser .

Son óleos pintados sobre piel de oveja y cada uno narra pictóricamente las escena de la leyenda. Todo está con vida, porque el arte de los quichuas de Tigua es un canto a la vida y nada está inmóvil. Es un arte del detalle explica Alfonso, vivimos en un mundo en el que los detalles los obviamos, porque estamos perdiendo la capacidad de ser meticulosos y de aprender a oír y ver lo que se nos quiere dar. No vemos la razón para estilizar la belleza que nos es entregada por los dioses y además porque en cada ser que habita en este planeta hay un mensaje para los demás, lo importante es aprender a leer esa naturaleza y aplicar los conocimientos que a diario se nos entrega. Si pudiésemos abrir los ojos y los oídos del entendimiento - comenta Alfonso- otro destino tendría nuestro mundo.

El arte de Tigua ha sido calificado como un arte primitivista (casi infantil) por el colorido, la alegría, el realismo mágico que maneja, sin embargo para Toaquiza y los miembros de su comunidad, lo de los calificativos o encasillamientos tiene poca importancia frente a lo que han logrado decir al mundo a través de sus coloridas escenas de la vida cotidiana.

No es extraño mirar en los cuadros de los artistas de Tigua que el mundo real, aunque está en aparente primer plano, es dominado por el mundo etérico de los espíritus y que ellos, aunque invisibles predominan en una escena. Es el reflejo de cómo los quichuas perciben su tránsito por esta tierra. Todo, siembra y cosecha, nacimientos y muertes, sol y lluvia, nieve y lava, enfermedades y sanaciones, está regido por los espíritus protectores que desde el comienzo del mundo que conocemos están protegiendo a la humanidad.

Esas escenas sencillas, están detalladas a través de vívidos colores, que según explica Alfonso, no pueden ser otros, porque son tomados del mundo que nos rodea, un verde de siembra jamás puede ser igual al que marca el tiempo de cosecha; la frescura de la tierra lista para la siembra no es igual a la que cubre el cuerpo sin vida. El arte de Tigua no se preocupa de la perspectiva, pero sí de manejar bien y simultáneamente el mundo real y el de los espíritus, porque así es la vida, los espíritus se manifiestan en el agua que brota generosamente de rígidas rocas, porque esa roca es parte de la Pachamama que como madre generosa nos entrega el agua; son tan meticulosos que a través de trazos y colores nos permiten percibir la presencia del viento que con un soplo puede cambiar la imagen de un pueblo o un campo.

Para Alfonso hijo, en el arte de Tigua cohabitan dos mundos en una unidad armoniosa y es importante para ellos mostrar a los demás ese conocimiento que ellos tienen. El arte de Tigua es pues el lenguaje de un pueblo andino que entrega al mundo su conocimiento ancestral, con sencillez, detalles minuciosos y colorido único

Nacimiento del arte

En Tigua, todos pintan, pero no fue hasta la década de los 70 cuando se institucionalizó esa forma tan peculiar de ver al mundo.

Alfonso Toaquiza (padre de Alfredo, Gustavo y Alfonso) era músico afamado en la zona, tocaba tambor y pingullo y entre otras habilidades tenía también la de decorar los ornamentos que se utilizaban para dar lustre a las fiestas del Inti Raymi.

En 1970 se organizó una gran fiesta a la que habían anunciado concurrirían bandas de otros lugares. Don Alfonso que a la sazón tenía entre 18 a 20 años quería lucirse y decidió decorar su tambor. Utilizando plumas de gallina (porque permiten un mayor detallismo) y tintas convirtió a su tambor en el mejor de la jornada. Fue tanto su éxito que unos turistas le pidieron que les vendiese.

Como no podía entregarles de inmediato, pues la fiesta seguía, don Alfonso tomó la dirección de los compradores a los que en tiempo oportuno les hizo llegar el instrumento.

Del tambor a los bastidores pasó poco tiempo, así nació en forma oficial el Arte de Tigua y desde entonces 14 comunidades combinan las tareas de la agricultura con las de pintura. Con el lanzamiento de "El cóndor enamorado" se ha abierto una fuente más de trabajo, la recopilación de historias y leyendas de un pueblo, que se engalana con parte de la naturaleza llevando en sus sombreros, como distintivo plumas de pavo real o de quinde.

 
 
 
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