Tigua
o el arte de la naturaleza
Leyla Piedad Escobar
El cóndor sobrevoló
una y otra vez la Tierra y encontró que los seres humanos
y los animales tenían su pareja. Entonces se sintió
solo y determinó buscar una compañera.
El había nacido de las
voluntades de los dioses cuando la Pachamama y el Pachacama en
su afán de proteger a sus hijos -los hombres- hicieron
una minga y crearon a un ser que sería el enlace entre
ellos y los hijos de la Tierra. Así fue formado el cóndor
que tenía como su dominio los cielos y en forma permanente
llevaba y traía un quipe en el que los dioses daban las
instrucciones para que los hombres sepan cuándo sembrar,
qué sembrar y cómo cuidar su entorno. Asimismo
llevaba en las cintas del quipe condensadas todas las inquietudes
que afligían a esos hombres.
En sus constantes viajes vio
a una pastora solitaria que, cansada por el trabajo que debía
realizar para mantener a su familia, se quejaba por la falta
de fuerzas y estaba deseosa por encontrar un compañero
para que le ayudara a compartir su carga. El cóndor escuchó
ese lamento y consideró que él podría ser
el compañero adecuado.
Tomó un poncho y con
él se cubrió para abordar a la joven pastora. Convertido
ya en un chico entregó a la joven unas ramitas de kuinkilla
( flor de tonalidades azules que crece en los páramos)
planta que en el mundo indígena tiene gran importancia,
ya que al momento de elegir una pareja y entregar la flor la
chica sopla y el hacerlo se determina si es o no la persona adecuada.
Todo salió bien para
el cóndor y en menos de lo que canta un gallo, la chica
le conversó su vida difícil a tal punto que estaba
dispuesta a casarse con quien le propusiera matrimonio.
La amistad entre el cóndor
y la pastora se fue consolidando y se hicieron frecuentes los
paseos que ella dio por sobre las cordilleras, conoció
nevados, volcanes y lagunas. Ya no era problema cruzar el río.
Y su pushcana (ovillo en donde se acumula la lana hilada) dejó
de ser su compañera fiel, ahora los cielos se habían
convertido en su mundo. Estaba feliz.
Por fin el cóndor la
llevó a conocer su dunate (roca en donde hacen sus nidos).
La pastora estaba feliz que olvidó sus obligaciones. El
rebaño fue llevado de vuelta al hogar y Amapola, una de
sus fieles perritas levaba en su boca la pushcana , mientras
la otra había seguido al cóndor y a la pastora
en su viaje al dunate.
La familia de la pastora guiada
por las perritas llegó hasta el dunate y trataron de rescatar
a la joven, pues creían que el cóndor la había
secuestrado.
Tras varios intentos la joven
fue llevada de vuelta al hogar de sus padres y de nada valieron
las razones, pues la joven se había enseñado a
la vida con el cóndor, estaba acostumbrada a su compañía,
por lo que haciendo señales de humo le guió al
cóndor hasta la casa en donde estaba.
El cóndor rescató
a su chica y se la llevó. Fue en ese momento en que entraron
en acción los espíritus de la Pachamama y el Pachacama
pidiendo a los padres que acepten esa unión, que no se
arrepientan, que hagan fiesta porque el cóndor y la joven
pastora iban a trabajar por el bien de la naturaleza y de todos.
Una vez más el lenguaje mítico de los dioses se
hizo presente con una pareja de búhos, señal de
felicidad y perdurabilidad en la vida de la nueva pareja. La
joven se transformó en cóndor hembra. Así
se dio comienzo a un mutuo respeto entre el mundo de los espíritus
y el mundo quichua y otros pueblos indígenas, para quienes
el cóndor es sagrado.
La muestra pictórica
La historia sencilla que ha
sido recogida en un pequeño pero original libro, es motivo
de una exposición pictórica que se está
exhibiendo hasta el domingo 25 en la Fundación Guayasamín.
Los cuadros son pintados por
Alfonso, Alfredo y Gustavo Toaquiza, todos en formato mediano,
profusión de colores e imágenes. Para Alfonso nada
puede quedar fuera de los cuadros, ellos lo único que
están haciendo es reproducir lo que los dioses les entregan
a través de la naturaleza y en la naturaleza nada está
demás, todo tiene su razón de ser .
Son óleos pintados sobre
piel de oveja y cada uno narra pictóricamente las escena
de la leyenda. Todo está con vida, porque el arte de los
quichuas de Tigua es un canto a la vida y nada está inmóvil.
Es un arte del detalle explica Alfonso, vivimos en un mundo en
el que los detalles los obviamos, porque estamos perdiendo la
capacidad de ser meticulosos y de aprender a oír y ver
lo que se nos quiere dar. No vemos la razón para estilizar
la belleza que nos es entregada por los dioses y además
porque en cada ser que habita en este planeta hay un mensaje
para los demás, lo importante es aprender a leer esa naturaleza
y aplicar los conocimientos que a diario se nos entrega. Si pudiésemos
abrir los ojos y los oídos del entendimiento - comenta
Alfonso- otro destino tendría nuestro mundo.
El arte de Tigua ha sido calificado
como un arte primitivista (casi infantil) por el colorido, la
alegría, el realismo mágico que maneja, sin embargo
para Toaquiza y los miembros de su comunidad, lo de los calificativos
o encasillamientos tiene poca importancia frente a lo que han
logrado decir al mundo a través de sus coloridas escenas
de la vida cotidiana.
No es extraño mirar
en los cuadros de los artistas de Tigua que el mundo real, aunque
está en aparente primer plano, es dominado por el mundo
etérico de los espíritus y que ellos, aunque invisibles
predominan en una escena. Es el reflejo de cómo los quichuas
perciben su tránsito por esta tierra. Todo, siembra y
cosecha, nacimientos y muertes, sol y lluvia, nieve y lava, enfermedades
y sanaciones, está regido por los espíritus protectores
que desde el comienzo del mundo que conocemos están protegiendo
a la humanidad.
Esas escenas sencillas, están
detalladas a través de vívidos colores, que según
explica Alfonso, no pueden ser otros, porque son tomados del
mundo que nos rodea, un verde de siembra jamás puede ser
igual al que marca el tiempo de cosecha; la frescura de la tierra
lista para la siembra no es igual a la que cubre el cuerpo sin
vida. El arte de Tigua no se preocupa de la perspectiva, pero
sí de manejar bien y simultáneamente el mundo real
y el de los espíritus, porque así es la vida, los
espíritus se manifiestan en el agua que brota generosamente
de rígidas rocas, porque esa roca es parte de la Pachamama
que como madre generosa nos entrega el agua; son tan meticulosos
que a través de trazos y colores nos permiten percibir
la presencia del viento que con un soplo puede cambiar la imagen
de un pueblo o un campo.
Para Alfonso hijo, en el arte
de Tigua cohabitan dos mundos en una unidad armoniosa y es importante
para ellos mostrar a los demás ese conocimiento que ellos
tienen. El arte de Tigua es pues el lenguaje de un pueblo andino
que entrega al mundo su conocimiento ancestral, con sencillez,
detalles minuciosos y colorido único
Nacimiento del arte
En Tigua, todos pintan, pero
no fue hasta la década de los 70 cuando se institucionalizó
esa forma tan peculiar de ver al mundo.
Alfonso Toaquiza (padre de
Alfredo, Gustavo y Alfonso) era músico afamado en la zona,
tocaba tambor y pingullo y entre otras habilidades tenía
también la de decorar los ornamentos que se utilizaban
para dar lustre a las fiestas del Inti Raymi.
En 1970 se organizó
una gran fiesta a la que habían anunciado concurrirían
bandas de otros lugares. Don Alfonso que a la sazón tenía
entre 18 a 20 años quería lucirse y decidió
decorar su tambor. Utilizando plumas de gallina (porque permiten
un mayor detallismo) y tintas convirtió a su tambor en
el mejor de la jornada. Fue tanto su éxito que unos turistas
le pidieron que les vendiese.
Como no podía entregarles
de inmediato, pues la fiesta seguía, don Alfonso tomó
la dirección de los compradores a los que en tiempo oportuno
les hizo llegar el instrumento.
Del tambor a los bastidores
pasó poco tiempo, así nació en forma oficial
el Arte de Tigua y desde entonces 14 comunidades combinan las
tareas de la agricultura con las de pintura. Con el lanzamiento
de "El cóndor enamorado" se ha abierto una fuente
más de trabajo, la recopilación de historias y
leyendas de un pueblo, que se engalana con parte de la naturaleza
llevando en sus sombreros, como distintivo plumas de pavo real
o de quinde.
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