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¡ATRÉVETE,
TERMINA EL CUENTO!
La cueva de Montesinos
Miguel de Cervantes*
Esa noche se albergaron en
una pequeña aldea, en la que el guía le dijo a
don Quijote que desde allí a la cueva de Montesinos no
había más de dos leguas, y que si estaba decidido
a entrar en ella, era necesario proveerse de sogas para atarse
y descolgarse en su profundidad. Don Quijote dijo que aunque
llegase al abismo había de conocer la cueva. Y así
compraron casi cien brazas de soga. Y al otro día, a las
dos de la tarde llegaron a la cueva, cuya boca era espaciosa
y ancha, pero llena de zarzas y maleza tan espesas e intrincadas,
que de todo en todo la cubrían.
Al verla, se bajaron el guía,
Sancho y Don Quijote, al cual entre los dos ataron muy fuerte
con la soga. En tanto que lo ceñían le dijo Sancho:
'Mire vuestra merced, señor mío, lo que hace; no
se quiera sepultar en vida, ni se ponga donde parezca frasco
que ponen a enfriar en algún pozo, que a vuesa merced
no le toca ser el escudriñador de esta cueva, que debe
ser peor que cárcel subterránea'.
'Ata y calla', respondió
Don Quijote, 'que una empresa como esta, Sancho amigo, estaba
guardada para mí'. Y entonces dijo el guía: 'Suplico
a vuesa merced, señor Don Quijote, que mire bien con cien
ojos lo que hay allá dentro'.
Dicho esto y acabada la ligadura,
dijo Don Quijote: 'Inadvertidos hemos andado en no habernos proveído
de una campanilla pequeña que fuera atada junto a mí
en esta mismasoga, con cuyo sonido se entendiera que todavía
bajaba y estaba vivo; pero, pues ya no es posible, que la mano
de Dios me guíe'. Y luego se arrodilló e hizo una
oración en voz baja al cielo, pidiendo a Dios que lo ayudase
y le diese éxito en aquella nueva y al parecer peligrosa
aventura. Y en voz alta dijo luego:
'¡Oh, señora de
mis acciones y movimientos, clarísima y sin par Dulcinea
del Toboso! Si es posible que lleguen a tus oídos las
plegarias y oraciones de este tu aventurero amante, por tu inaudita
belleza, te ruego las escuches, que no son otras que rogarte
que no me niegues tu favor y amparo, ahora que tanto los necesito.
Yo voy a despeñarme y a hundirme en el abismo, solo porque
conozca el mundo que, si tu me favoreces, no habrá imposible
que yo no acometa y acabe'. Y diciendo esto, se acercó
a la cueva.
Vio que no era posible descolgarse
sin hacer espacio en la entrada a fuerza de brazos o de cuchilladas.
Y así, poniendo mano a la espada, comenzó a derribar
y a cortar aquellas malezas que estaba en la boca de la cueva,
por cuyo ruido y estruendo salieron de ella una infinidad de
cuervos o grajos, tantos y con tanta prisa, que dieron con Don
Quijote en el suelo. Y si él fuera tan supersticioso como
católico cristiano, lo tuviera por mala señal,
y excusara de encerrarse en semejante lugar. Finalmente se levantó
y viendo que no salían más cuervos ni otras aves
nocturnas como murciélagos, dándose soga el guía
y Sancho, se dejó caer al fondo de la espantosa caverna.
Y al entrar, echándole Sancho su bendición y haciendo
sobre él mil cruces, dijo:
'Dios te guíe junto
con la Trinidad, flor, nata y espuma de los caballeros andantes.
Allá vas, valentón del mundo, corazón de
acero, brazos de bronce. Dios te guíe otra vez y te regrese
sano y sin preocupación por esta vida, que dejas para
encerrarte en esa oscuridad que buscas'. Casi las mismas palabras
dijo el guía.
Iba Don Quijote dando voces
que le dieran soga y más soga y ellos se la daban poco
a poco, y cuando las voces dejaron de oírse ya ellos tenían
descolgadas las cien brazas de soga. Decidieron volver a subir
a Don Quijote, pues no le podían dar más cuerda;
con todo, se detuvieron como una hora. Al cabo de ella volvieron
a recoger la soga con mucha facilidad y sin peso alguno, señal
que les hizo imaginar que Don Quijote se quedaba dentro. Y creyéndolo
así Sancho lloraba amargamente y tiraba de la soga con
mucha prisa. A poco más de ochenta brazas sintieron peso
y mucho se alegraron de ello. Finalmente, a las diez vieron a
Don Quijote, a quien Sancho dio voces, diciéndole: 'Sea
vuesa merced muy bien vuelto, señor mío, que ya
pensábamos que se quedaba allá para siempre'.
Pero no respondía palabra
Don Quijote, y sacándolo del todo, vieron que traía
los ojos cerrados, con muestras de estar dormido. Lo tendieron
en el suelo y lo desataron. Y con todo esto, no despertaba. Pero
tanto lo sacudieron y menearon, que al cabo de un buen rato volvió
en sí, desperezándose como si de algún sueño
profundo despertara, y mirando a una y otra parte como espantado,
dijo:
'Dios se lo perdone, amigos,
aunque me han quitado de la más sabrosa y agradable vista
que ningún humano ha visto. En efecto, ahora acabo de
conocer que todas las alegrías de esta vida pasan como
sombra y sueño, o se marchitan como la flor del campo'.
Con gran atención escuchaban
el guía y Sancho las palabras de Don Quijote, dichas como
si con dolor las sacara de las entrañas. Le suplicaron
ambos que les explicara lo que decía y que les dijese
lo que en aquel infierno había visto.
-¿Infierno lo llaman?,
dijo Don Quijote. Pues no lo llamen así porque no lo merece,
como ahora verán'. Pidió que le diesen algo de
comer, que traía grandísima hambre. Tendieron un
paño sobre la verde yerba, y sentados todos, en buen amor
y compañía, merendaron y cenaron todo junto. Después,
dijo Don Quijote:
-'No se levante nadie, y escúchenme,
hijos, los dos atentos'. Las cuatro de la tarde serían
cuando el sol, cubierto entre nubes, con luz escasa y templados
rayos, dio lugar a Don Quijote para que sin calor contase a sus
dos queridos oyentes lo que en la cueva de Montesinos había
visto.
'A doce o catorce estados de
profundidad de esta mazmorra, a mano derecha, hay una gran concavidad
y espacio en el que caben con comodidad un gran carro con sus
mulas. Le entra una pequeña luz por unos agujeros abiertos
en la superficie de la tierra. Vi esa concavidad cuando iba yo
cansado e inquieto de verme pendiente de la soga, ir por aquella
región oscura sin llevar camino seguro, y determiné
entrarme en ella y descansar un poco. Di voces, pidiéndoles
que no descolgaran más soga hasta que yo se los dijese,
pero no debieron oírme. Fui recogiendo la soga que enviaban
y haciendo con ella una rosca me senté sobre ella pensativo,
considerando lo que tenía que hacer para llegar hasta
el fondo, no teniendo quien me sustentara'.
'Y estando en este pensamiento
y confusión, de repente me asaltó un sueño
profundísimo, y cuando menos lo esperaba, sin saber cómo
ni cómo no, desperté y me hallé en la mitad
del más bello, ameno y deleitoso prado que puede criar
la naturaleza ni imaginar la más discreta imaginación
humana. Me limpié los ojos y vi que no dormía sino
que realmente estaba despierto. Con todo esto, me toqué
la cabeza y los pechos, para asegurarme si era yo el mismo que
allí estaba o algún fantasma vano y contrahecho.
Pero el tacto, el sentimiento, los discursos concertados que
entre mí hacía, me certificaron que era yo mismo
el que allí estaba. Me apareció entonces
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