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Demoledor, iconoclasta y panfletario.
José María Vargas
Vila, un referente que sigue vivo
Diego Campos Almeida
LA HORA
Al cumplirse (mañana)
72 años de la muerte del colombiano José María
Vargas Vila o el 'Divino Iracundo', como se conoció a
uno de los escritores más leídos y brillantes de
su época, se hace necesario rememorarlo para caer en cuenta
que sus aforismos y anatemas siguen vigentes en Ecuador y en
toda América Latina.
De ideas liberales, Vargas Vila nace en Bogotá en 1860
dentro de una familia de ideas radicales. Muere el 23 de mayo
de 1933. Desde muy joven sitió atracción por las
luchas libertarias y el periodismo comprometido, cuestiones que
lo llevaron a vivir en el exilio en varios países.
En 1885 muere el general radical colombiano Daniel Hernández
de quien Vargas Vila era secretario y huye a los Llanos de Casanare.
Allí escribió su obra 'Pinceladas sobre la última
revolución de Colombia; siluetas bélicas'. Libro
con el que nace su fama de demoledor, iconoclasta y panfletario.
POLÍTICO Y FILÓSOFO
"La Política, es
tal vez la única pasión digna de la vejez; si no
hubiera otra más vil aún: la del Poder", escribe
en su obra "Antes del último sueño".
En "Ibis", libro que le costó la excomulgación
por parte del Vaticano, agrega: ¿La Política? Yo
no la amo: la desprecio; ciencia corrompida y corruptora, prostíbulo
infamante, mercado de almas, feria vil de las conciencias, arena
del engaño, donde el cinismo es todo y el mérito
es nada, madre de los audaces y de los nulos, maldita ciencia
del manejo de los hombres". (cualquier parecido con nuestro
Congreso Nacional es pura coincidencia).
En 'El Huerto Agnóstico', va más allá y
escribe: "Cuando oigo hablar de Política Inmoral,
me pregunto, por qué hombres de mucho talento y buen decir
usan ese pleonasmo, que no tiene ni siquiera la Virtud de la
Elegancia".
Es que Vargas Vila fue en esencia un filósofo rodeado
de enigmas y misterios que sus opositores políticos se
encargaban de propagar. Excéntrico, solitario y genial,
de su pluma salieron grandes respuestas a sus opositores y detractores
como aquella que imprime en 'Antes del último sueño':
"¿Qué es lo que llaman mis extravagancias?
¿mi odio a lo vulgar y mi esplendidez en los refinamientos?
dejadme así: no nos encontraremos nunca, porque la primera
de mis excentricidades, es el odio ciego a todas las promiscuidades".
SU AMISTAD CON ALFARO
Luchador incansable, llevó
a la libertad como su más grande arma de batalla. Para
él, la justicia era a lo más alto y más
puro que se podía aspirar. En "De sus Lises y de
sus Rosas", escribe: "La Justicia es la cima solitaria,
sobre la cual no se siente sino el estremecimiento de un vuelo:
el de las alas de la Verdad".
Esta lucha por la verdad y la justicia lo llevó a entablar
una entrañable amistad con 'El Viejo Luchador', Eloy Alfaro.
De él dice las cosas más hermosas en la obra que
escribió tras enterarse de su asesinato: 'La muerte del
Cóndor'.
Allí Vargas Vila deja ver la admiración profunda
que sentía por Alfaro. "Silencioso, doloroso, pensativo,
como hundido en largos sueños, muy altos, muy grandes,
muy remotos, tal apareció ante mis ojos el Heroe-Proscrito,
último sobreviviente de un Olimpo muerto, del cual, sólo
él vagaba por el mundo diseñando en el horizonte
melancólico del Destierro, su silueta heroica, hecha para
ser esculpida en el frontón de un siglo, por la mano del
Tiempo Reparador, lejos de los ultrajes del Olvido".
Agrega: "Yo, no he visto un soñador más pertinaz,
que aquel anciano proscrito, que parecía no darse cuenta
de que andaba por sobre las cenizas de los muertos...".
En 'Ante los Bárbaros', libro que escribió en Nueva
York y que inicia con la frase: "El Yanky he ahí
el enemigo", dice del caudillo liberal: "Solo un gran
soldado amó esa idea (la unidad latinoamericana), solo
él, habría sido digno de realizarla, y, ese grande
hombre, es hoy un muerto: Eloy Alfaro... Sólo él
tenía entre sus manos, el fragmento de la espada rota
de Bolívar".
ODIADO Y ADMIRADO
Vargas Vila trascendió
en el tiempo. Muchos escritores lo admiran otros lo odian y sus
libros son buscados por coleccionistas y radicales, inclusive
José Luis Borges destaca como la más espléndida
injuria que hasta entonces había conocido aquel memorable
cañonazo de Vargas Vila contra el poeta peruano José
Santos Chocano, célebre por su abyección ante todos
los déspotas de cuyas mesas recogía las migajas:
"Los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonrara
el patíbulo muriendo en él. Ahí está
vivo después de haber fatigado la infamia".
Rubén Darío no tiene desperdicio: "Era José
María Vargas Vila un joven colombiano, de gran talento,
al cual obligaron a salir de su país las cosas de la política.
Pertenecía al Partido Liberal. Liberal colombiano, vale
decir rojo al blanco. Sabido es cómo en aquel bello país
hierven los hombres al fuego de los partidos. Si son conservadores
se acorazan de tradición, viven del pasado, no transigen.
Si son liberales, van hasta aquella platónica constitución
de Rionegro (sic) que hizo escribir a Víctor Hugo una
de sus sonoras cartas internacionales: un saludo a los ciudadanos
del país de la Utopía Suben al poder los liberales,
los conservadores de valía parten; ascienden los conservadores,
los liberales de la valía huyen. ¿La revolución
es inminente siempre? Así parece".
"A este hombre, Vargas Vila, flor medrosa de la lejana Colombia,
no le faltó más que una cosa para sentarse a la
diestra de nuestro padre Hugo: haber nacido en Francia",
dijo de él Anatole France
Gabriel García Márquez, en su libro 'Noticia de
un secuestro', dice en alusión a uno de los personajes
"El fue quizás el único colombiano de su generación
que oyó hablar de José María Vargas Vila,
el escritor colombiano más popular en el mundo a principios
del siglo, y se apasionó con sus libros hasta las lágrimas".
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