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LAS PALOMAS
Julio Pazos Barrera
jpazos@puce.edu.ec
En esta ínsula alguien
se burla de nosotros. Alguien, detrás de las bambalinas
del poder, mueve a los actores con un refinado sentido de la
paradoja. Dos hechos, en apariencia, sin conexión se desarrollan
delante de unos espectadores vencidos por el asombro, quizá
la abulia, talvez modificados por el agresivo caudal de la información.
Paradójica resulta la declaración de un funcionario
público que justifica la construcción de estadios
y coliseos en los alejados pueblos de algunas provincias. Cuando
le dijeron que no eran obras prioritarias, que en esos lugares
no había agua potable ni alcantarillas, que escuelas y
colegios de esos sectores carecían de pupitres y baterías
higiénicas, el funcionario aludido que esas carencias
no eran de su incumbencia, que la dirección a su cargo
solo se ocupaba de mejorar la vida de los ecuatorianos, de evitar
la delincuencia, todo mediante la construcción de estadios
y coliseos.
SILENCIO
En el silencio que provoca
el despliegue de la paradoja, surgen preguntas sin respuestas.
Jóvenes y niños, émulos de espartanos y
atenienses, después de agotadores ejercicios irán
a las duchas y las contemplarán hasta cuando el sudor
se les evapore y deje sus placas de sal en los plexos.
La salud mental de los deportistas, en el sueño extraviado
del funcionario público, no se relaciona con escuela ni
colegio.
No importa que la contienda deportiva concluya con un baño
de sangre, porque los competidores solo tienen la obligación
de desfogar su fuerza muscular. La escuela, para qué;
los pupitres para qué; las aulas cómodas y bien
iluminadas para qué; las baterías higiénicas
con suficiente agua, para qué.
LOS PERSONAJES DE CASPICARA
Pero la paradoja no es solo
producto del talento de un funcionario público, también
se manifiesta en la abrumadora realidad, en aquella que, como
en un hoyo negro, acaban todas las ideas. La plaza de San Francisco
de Quito es un ámbito mágico; de pronto, entre
la luz solar estival, saludan los personajes de Caspicara.
Se los encuentra en el atrio que apoya a las fachadas de tres
iglesias: manierista, la del templo mayor; neoclásica,
la de San Buenaventura; barroca, la de Cantuña. En la
esquina sur se levanta la casa Gangotena, de estilo modernista.
Las otras fachadas combinan el manierismo del templo principal
con sencillas paredes, salvo, en la esquina norte, la puerta
del convento jesuita que se inspira en un diseño de Miguel
Ángel.
Entonces, las palomas han escogido especialmente las fachadas
más enhiestas para su descanso, para sus encuentros de
amor, y para dejar sus excrementos. Blancas materias corroen
las piedras; ayudan a los siglos, es decir, muerden como ellos
la apacible carne de las piedras.
En fin, las palomas solo tienen cerebro de paloma y no aportan
al diálogo. Las palomas descansan lejos de las inquietudes
humanas. Paradoja: las bellas fachadas untadas con desechos.
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