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LA
DAMA DE ARRIBA
Marcelo Vargas León
Entonces era inútil
cruzar la plaza y alejarme: tú ya estabas llegando con
el beso de todos los viernes y tus pasos elegantes. Apenas sonríes.
Vamos que no tengo mucho tiempo, me dices al oído mientras
me besas con esos labios tan tuyos, tan rojos y pulposos. Yo
apenas fumando desconcertado, neblinoso, descontento; te sigo;
es decir, camino tras tus tacos finos, besando con los ojos tus
piernas de diosa, tus zalameras nalgas benditas, tu pelo embarrado
de miel y azúcar. Me tomas de la mano para asegurarte
de mi presencia. Me hablas bajito y tu voz me viene con humedad
de agua en bordes de pétalos dormidos. Tal vez ya no podamos
vernos de ésta manera, me dices, mientras huelo tu misterioso
cuello blanco, que me sabe a golondrinas prisioneras en palacios
enjaulados. Te detienes y buscas mis ojos, mis labios, como si
temieras no estar conmigo. Me abrazas. Yo pienso que el mundo
nada puede contra una mujer que le gusta sonreír y vivir.
El parece sospechar, murmuras al tiempo que posas tu frente en
mi pecho. Tuve que dejar el carro en un centro comercial y venirte
a ver en taxi, pues, tengo miedo de que me esté siguiendo,
dices con esa ausencia de querer ser y no estar aquí.
Apenas puedo percibir la humeante soledad de escombros del que
están hechos los corazones con corbatas y chequeras gruesas
en esta ciudad llena de cristos desnudos y apaleados. Trato de
no pronunciar nada. Tan solo me limito mirar tus ojos chiquitos
y tu rostro de apagar luceros. Ríes, sonríes, cantas,
bailas, porque te canto despacito a la nuca, porque te mariposeo
con mi lengua tus orejas delicadas; cuando te hablo, te juego,
te abrazo, te llevo, te vivo, te honro, te escucho. Cuanto tiempo
llevamos así, me preguntas. Yo, como que no escucho tu
voz de aguaceros tiernos, pienso en tu nombre y tu hermosura;
sé que estás marcada, señalada, maldita,
que has sido fruta servida y devorada por el suburbio de mi mundo,
paquete abierto y desflorado en cualquier esquina donde tu marido
no llega ni sabe que existe. Con tan solo seis besos y ya me
has alborotado el pelo, me dices, al mismo tiempo que tomas mi
brazo y me diriges hacia la calle que da al hotel.
Te desnudas y te quedas de pie. La leve luz fría que entra
por la ventana, apenas palidecen tus pezones y lamen tus contornos
dorados. Yo apenas si te miraba, pensando en lloverte con besos
andariegos. Tal vez los dos llorábamos hacia dentro, muy
adentro. Me vuelves a llover con tu sonrisa. Mis ojos perdidos
más allá de tus lunares y tus pecas que no llegaban
a la flor blanca de tu sexo. En aquel momento supe que vivía
un tiempo exacto y tan cierto como el correr de la sangre. Era
como si cada encuentro vinieras con otra desnudez, tal vez más
fresca, más luminosa, con el sol en tus ojos y la dicha
en tu cuerpo. Las palabras se quedaron en las escaleras, cuando
subíamos besándonos hasta el alma. ¿Para
que las palabras?, ¿para que las voces?. Nuestro lenguaje
es cantar de sudores y agonías dulces, ese recorrernos
y sentirnos; es el momento leve, placentero, que no atormenta,
que apenas nos baña de melancolía el corazón.;
manos que garran y desgarran, bocas que se tragan y se devuelven
para seguir buscándose otras partes, otras vertientes
hirvientes. Apenas gimes cuando te despierto los pezones y te
vuelves con tus senos desparramados a tenderte en la tarde y
en la cama. Tus piernas encogidas, semiabiertas, son claras y
altivas carnes que me encaminan al templo semiabierto que prometen
los chorros y sabores de la vida. Eras mi tierra, mi sangre.
Te vivo desde tu pelo hasta los pies. Tu muy alta, con perfume
de aguaceros lejanos, tranquila y gozante en tus senos caídos
y despertados; me miras desde el lugar exacto del goce preciso
y del orgullo de tu sexo. Despacio vas cayendo de tu vuelo, dejando
de respirar con furia; te dejas sobre las sábanas, sobre
la tarde, con tu flor blanca y mojada, con tus senos apuntando
al techo y tu boca agradecida. Yo apunto de caer a tus rodillas
de diosa olímpica, con mi cabeza de niño maldito,
también agradecido, también rogando a Dios migajas
de tiempo para matar sanamente este último encuentro.
Nuevamente te he glorificado y adorado. Nuevamente me dices que
será la última vez.
Afuera, la ciudad gira como un loco carrusel y nada parece tener
regreso posible. Me pregunto si estaré errando bajo esta
tarde que se escapa y tus pasos de tacones hirientes. Tal vez
repito el mismo error, pierdo la misma batalla como un eco que
nunca se apaga. Me aferro a tu último beso y a tus nalgas
que me permiten seguir a oscuras allá donde no llueve
solo gotean sabores. Tus pies que se alejan no hacen ruido, pero
en tu pecho ya está haciendo frío y miedo, tanto
que puedo escuchar el ligero alboroto de un corazón que
despierta y se dirige a su verdadero mundo, a su paraíso
pomposo rodeado de murallas y alambradas. Te veo coger un taxi
en la esquina. Te vas arreglándote el pelo y perfumando
tu cuello. La virgen vuelve al cielo, me digo a mí mismo.
Yo ahogo en un bostezo cualquier momento que suene a despedida.
Enciendo un cigarrillo y dirijo mis pasos hacia adonde parece
nacer la noche.
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