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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

LA DAMA DE ARRIBA

Marcelo Vargas León

Entonces era inútil cruzar la plaza y alejarme: tú ya estabas llegando con el beso de todos los viernes y tus pasos elegantes. Apenas sonríes. Vamos que no tengo mucho tiempo, me dices al oído mientras me besas con esos labios tan tuyos, tan rojos y pulposos. Yo apenas fumando desconcertado, neblinoso, descontento; te sigo; es decir, camino tras tus tacos finos, besando con los ojos tus piernas de diosa, tus zalameras nalgas benditas, tu pelo embarrado de miel y azúcar. Me tomas de la mano para asegurarte de mi presencia. Me hablas bajito y tu voz me viene con humedad de agua en bordes de pétalos dormidos. Tal vez ya no podamos vernos de ésta manera, me dices, mientras huelo tu misterioso cuello blanco, que me sabe a golondrinas prisioneras en palacios enjaulados. Te detienes y buscas mis ojos, mis labios, como si temieras no estar conmigo. Me abrazas. Yo pienso que el mundo nada puede contra una mujer que le gusta sonreír y vivir. El parece sospechar, murmuras al tiempo que posas tu frente en mi pecho. Tuve que dejar el carro en un centro comercial y venirte a ver en taxi, pues, tengo miedo de que me esté siguiendo, dices con esa ausencia de querer ser y no estar aquí. Apenas puedo percibir la humeante soledad de escombros del que están hechos los corazones con corbatas y chequeras gruesas en esta ciudad llena de cristos desnudos y apaleados. Trato de no pronunciar nada. Tan solo me limito mirar tus ojos chiquitos y tu rostro de apagar luceros. Ríes, sonríes, cantas, bailas, porque te canto despacito a la nuca, porque te mariposeo con mi lengua tus orejas delicadas; cuando te hablo, te juego, te abrazo, te llevo, te vivo, te honro, te escucho. Cuanto tiempo llevamos así, me preguntas. Yo, como que no escucho tu voz de aguaceros tiernos, pienso en tu nombre y tu hermosura; sé que estás marcada, señalada, maldita, que has sido fruta servida y devorada por el suburbio de mi mundo, paquete abierto y desflorado en cualquier esquina donde tu marido no llega ni sabe que existe. Con tan solo seis besos y ya me has alborotado el pelo, me dices, al mismo tiempo que tomas mi brazo y me diriges hacia la calle que da al hotel.
Te desnudas y te quedas de pie. La leve luz fría que entra por la ventana, apenas palidecen tus pezones y lamen tus contornos dorados. Yo apenas si te miraba, pensando en lloverte con besos andariegos. Tal vez los dos llorábamos hacia dentro, muy adentro. Me vuelves a llover con tu sonrisa. Mis ojos perdidos más allá de tus lunares y tus pecas que no llegaban a la flor blanca de tu sexo. En aquel momento supe que vivía un tiempo exacto y tan cierto como el correr de la sangre. Era como si cada encuentro vinieras con otra desnudez, tal vez más fresca, más luminosa, con el sol en tus ojos y la dicha en tu cuerpo. Las palabras se quedaron en las escaleras, cuando subíamos besándonos hasta el alma. ¿Para que las palabras?, ¿para que las voces?. Nuestro lenguaje es cantar de sudores y agonías dulces, ese recorrernos y sentirnos; es el momento leve, placentero, que no atormenta, que apenas nos baña de melancolía el corazón.; manos que garran y desgarran, bocas que se tragan y se devuelven para seguir buscándose otras partes, otras vertientes hirvientes. Apenas gimes cuando te despierto los pezones y te vuelves con tus senos desparramados a tenderte en la tarde y en la cama. Tus piernas encogidas, semiabiertas, son claras y altivas carnes que me encaminan al templo semiabierto que prometen los chorros y sabores de la vida. Eras mi tierra, mi sangre. Te vivo desde tu pelo hasta los pies. Tu muy alta, con perfume de aguaceros lejanos, tranquila y gozante en tus senos caídos y despertados; me miras desde el lugar exacto del goce preciso y del orgullo de tu sexo. Despacio vas cayendo de tu vuelo, dejando de respirar con furia; te dejas sobre las sábanas, sobre la tarde, con tu flor blanca y mojada, con tus senos apuntando al techo y tu boca agradecida. Yo apunto de caer a tus rodillas de diosa olímpica, con mi cabeza de niño maldito, también agradecido, también rogando a Dios migajas de tiempo para matar sanamente este último encuentro. Nuevamente te he glorificado y adorado. Nuevamente me dices que será la última vez.
Afuera, la ciudad gira como un loco carrusel y nada parece tener regreso posible. Me pregunto si estaré errando bajo esta tarde que se escapa y tus pasos de tacones hirientes. Tal vez repito el mismo error, pierdo la misma batalla como un eco que nunca se apaga. Me aferro a tu último beso y a tus nalgas que me permiten seguir a oscuras allá donde no llueve solo gotean sabores. Tus pies que se alejan no hacen ruido, pero en tu pecho ya está haciendo frío y miedo, tanto que puedo escuchar el ligero alboroto de un corazón que despierta y se dirige a su verdadero mundo, a su paraíso pomposo rodeado de murallas y alambradas. Te veo coger un taxi en la esquina. Te vas arreglándote el pelo y perfumando tu cuello. La virgen vuelve al cielo, me digo a mí mismo. Yo ahogo en un bostezo cualquier momento que suene a despedida. Enciendo un cigarrillo y dirijo mis pasos hacia adonde parece nacer la noche.

 
 

Dedicatoria

Enver Alvarez Endara

Cuando comienza
el verso con un recuerdo
que se remoja
con la tinta del cuerpo
la dedicatoria
tiene los clavos que atan
y los vertices que nos rompen

Cuando no se puede poner
ni la primera inicial
a las cuatro letras
que nos habitan.

 
 

Cortocircuito

Enveralvarez Endara

Para: Anita Herrera

Y la energía
recompuso mis espacios
recorrió mis mundos
y cogió entre
tus brazos
mi desierto
mis oasis.
Te busque
me buscaste
y la vida nos reecontró
y Dios nos unió

Quizás la energía tuvo
un cortocircuito
porque no se
adivina como
es que el amor
puede generar
choques tan grandes
y no matar a
sus amantes.

 
 
 
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