Reo
por confusión
Fernando Farías Sacón
Todo sucedió en el mismo
día, cuando la secretaria me dijo:
- Dr. Ramírez, antes
de que usted llegue hicieron una llamada misteriosa. Preguntaron
si usted era catedrático universitario, y a qué
partido político pertenecía. En ese instante yo
traté de interrogar, -dijo- la mujer, pero el desconocido
sentenció que por andar su persona en malos pasos lo iban
a matar antes de que cante el gallo. -Y luego cerró la
llamada.
Me sorprendí por tan
absurda información que me dio ella.
- Le sugiero señorita,
que la próxima vez que hagan una llamada anónima,
infórmese de inmediato con la central de comunicación
y cualquier cosa que averigüe, hágale saber a la
policía.
- De acuerdo señor,
eso mismo haré, precisó la chica.
Por la tarde abandoné
mi despacho, con la sola intención de recoger a mi esposa,
la que se desempeña como odontóloga en su consultorio
privado, y antes de que pudiera abrir la portezuela del carro,
recibí un recio puñetazo en el rostro.
El frío cañón de la "Browin" aprisionaban
mis mejillas. La muerte me rondaba a milímetros, sabía
que el mínimo error me costaría la vida.
-¡No te muevas hijo de
puta! -vociferó el milico-. Se te acusa de terrorismo
y de financiar la subversión en América latina
y aún en el mundo entero. Te advierto que si lo haces
te vuelo las tapas de los sesos. Es más a ustedes perros
inmundos no hay quien les extienda la mano.
Otro enmascarado se acercó
violentamente hacia mí, al mismo tiempo que descargaba
un fuerte puntapié en mi costilla izquierda, me dejó
fuera de combate. Inmediatamente, mis manos eran aladas hacia
mis espaldas.
Cuando volví en mi, me encontré en un sucio, lúgubre
y asqueroso lugar, el piso húmedo las paredes descoloridas
y salpicadas de sangre.
Desde mi reclusión pude escuchar una acalorada discusión:
- Escuchen ustedes los tres
-dijo el Capitán -, que lo que acaban de hacer no tiene
nombre, imagínense si la prensa se entera de éste
suceso, de seguro que se armaría el escándalo.
Nuestra institución se diferencia por su alto grado de
profesionalismo y no puede ser mancillada por el mero hecho de
una equivocación. Les pongo en claro la situación,
a usted Teniente, y de igual manera al Sargento y al Cabo, que
si esto se descubre los tres se enfrentarán a la ley y
a los Tribunales de los Derechos Humanos. Desháganse de
él, no le maten, pero eso sí, déjenle en
un lugar de difícil acceso, para que todo quede como un
simple accidente.
Dichas éstas palabras el Capitán se retiró.
El Teniente escrutó
con la mirada al sargento, al mismo tiempo que enfatizaba:
- Verdaderamente hemos torturado
a un hombre inocente. Ya que el pez gordo ha sido otro: el Ramírez,
un tal ingeniero experto en explosivos. Y el que tenemos adentro
es un abogado sindicalista. Nuestro error fue actuar sin diferenciar
el homónimo.
No habían pasado ni diez minutos cuando los tres enmascarados
penetraron nuevamente en mi celda. Pero esta vez con actitud
flexible y menos puteadera. Me levantaron del piso, me cubrieron
el rostro con mi propia chaqueta y de inmediato me treparon al
carro con rumbo desconocido.
-¡Aquí hay una
quebrada mi Teniente!- dijo - el Sargento.
-No aquí, respondió
el Teniente. Debe ser en otro lugar.
-¿Qué tal si
lo botamos en Zámbiza?
-Excelente idea mi Teniente,
respondió el Cabo.
-Pues bien ya llegamos -precisó
el Teniente-.
Me tomaron por el brazo, así
como cuando conducen un ciego. Me empujaron por el pecho y caí
de espaldas sobre un montón de basuras y otras cosas putrefactas.
Amanecía y una viejecita que hurgaba entre los desechos,
tropezó con mi cuerpo, al mismo tiempo que desgarraba
un grito de espanto y terror. No supe nada más de mí,
pues en ése instante perdí la noción del
tiempo.
Cuando desperté de esa horrible experiencia se me estremeció
el corazón, al ver a mi hijo Astrolabio, acariciándome
con sus tiernas manos la frente y el rostro; su dulce sonrisa
me trajo a la realidad de que yo aún estaba vivo. Lorena
me dio un beso en la boca al mismo tiempo que sus ojos se llenaban
de lágrimas como símbolo de amor y alegría.
- He velado tu silencio tal
como lo hacen los dioses , -dijo -.
Quito, abril 3 del 2005
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