| |
Policías
y Palomas
Diego Carrión Sánchez
La policía corre detrás
de las señoras. Cada una de ellas con un canasto en la
mano, la una lleva tomates y a su guagua en la espalda, la otra
lleva aguacates y a un niño que flota en el aire pendiendo
de un solo brazo. Las sacan a carreras del centro histórico:
-te dije longa sucia que te fueras, escupe la autoridad mientras
arrancha el canasto de los tomates. Doña Rosa no avanzaba
más, diez cuadras con el guagua cargado y el canasto,
eran demasiado, el estómago apenas reconfortado por un
agua de cedrón en la mañana. Se detuvo simplemente.
Forcejeó un poco con el municipal, pero las fuerzas y
las ganas no alcanzaron. Mientras se alejaban, una sutil humedad
pintó sus mejillas de un brillo goteante.
Caminando, así, con
el rostro húmedo, pocas miradas mostraron piedad. La mayoría
estaba de acuerdo: "hay que embellecer la ciudad",
"esta gente da una mala imagen de nosotros", "la
inversión extranjera y el turismo requieren de una ciudad
limpia y ordenada". Un gringo se detuvo y le tomó
una foto. Allá lejos, en su tierra, cuando revele la foto,
el gringo se va a encontrar con un rostro que marcará
su vida: detrás de la alegoría folclórica
de sus vestimentas encontrará los ojos húmedos
de la india y su mirada, esa mirada compleja de profundo rencor
y añeja tristeza, esa mirada inteligente, imperativa,
que le reclama algo que no logra comprender, que le reprocha
el estómago lleno y el confort del sillón; esa
mirada de ancestros y penas, de persecución y orgullo
de palazos y resistencia.
Allá abajo está
la compañera con su guagua -¿Qué pasó
Rosita le quitaron el canasto? - Sí, se me llevaron todo...
-. Y en verdad era todo: era la posibilidad de comer esa noche,
eran los ahorros que debían rendir frutos, eran el desayuno
y el almuerzo de mañana, eran la esperanza, ese pequeño
calorcito que sintió en al mañana cuando, optimista,
salió de su casa.
Sentadas en la acera fueron
conversando. Que desamparo se decían, antes éramos
fuertes. Los compañeros dirigentes eran vecinos, hermanos,
compañeros. Preguntaban a nosotros sobre la vida, sobre
nuestra opinión, nuestro deseo. Comíamos juntos
y trabajábamos la tierra con respeto y entre todos. Ahora
sentimos nuevamente que la única salida la traza el asfalto
de la carretera que va a la ciudad, donde hay otros monstruos
y amenazas. Compañeros dirigentes ya no están a
nuestro lado, ya no preguntan, están ocupados dando votos,
haciendo leyes y alianzas. Y se alían en nuestro nombre
con gente que no es la nuestra, se alían con la sangre
del patrono, con su risa, con sus ropas, con su forma de vida.
Compañeros dirigentes han cambiado.
Se hizo de pronto el silencio
mientras habla una paloma: mueve sus patas acompasadamente sobre
el asfalto, revolotean sus compañeras por sobre las migajas.
Ella se prepara, bailotea dulcemente en la calle, sus alas se
abren y contra todo se levanta. Las señoras siguen con
la mirada al ave y un descubrimiento en forma de sospecha se
instala en sus pechos: ¡hay que volar!.
El camino de la libertad es
largo e insospechado. Por allí transitaban Rosita y su
amiga cuando se tropezaron con un papel arrugado, las únicas
frases legibles decían: "...la ignorancia ciega a
unos y a otros, todos se contentan con medias vidas, les basta
con medias alegrías, siempre dispuestos a la resignación
y a la renuncia..." En esas frases ellas reconocieron al
Otro, a ese otro distinto y opuesto. Ellas no renunciarán,
ellas no se resignarán, quieren una vida entera y entera
la alegría para su goce.
¿Dónde está
la autoridad que escupe, donde la opresión centenaria,
donde el miedo o la derrota? si nos tenemos a nosotros, a nuestros
cuerpos, a nuestras alas...
|
|