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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

SERÉ TU AMANTE SECRETO

Fernando Farías Sacón

El hombre estaba asomado en la ventana, acariciándose la barba como de costumbre. En ese instante se acordó de su infancia y de sus años mozos. En aquel entonces había sido un excelente conquistador de mujeres, hasta ostentaba que las mujeres se peleaban por él. Pero, ahora la realidad era otra. Enviudó prematuramente. Desde entonces se volvió ermitaño y perezoso; y cada vez que el estrés invadía su mente salía a caminar algunas cuadras por la calzada del Barrio. A pesar de sus años aún abrigaba la esperanza de encontrar a alguien que pudiera cubrir esa parte de su soledad.

-Ya llegó ella -susurró en voz baja el tipo. Cavilaba
detenidamente. Se dijo a sí mismo: Si pudiera decirle unos cuantos piropos, talvez mi corazón volvería a renacer. La mujer abrió la portezuela del carro y salió cantoneando las caderas.

Desde la ventana, Rafael dirigió su saludo.

-¡Buenas noches vecina!

-Buenas noches -respondió Elizabeth con aptitud picaresca.

Él la siguió con la mirada, vio como subía las gradas hasta que entró a su departamento. Finalmente él se apartó de la ventana.
Amanecía, una débil llovizna salpicaba las calles. Los carros pasaban a velocidad, la gente de igual modo pasaba apresurada como de costumbre, hacia algún lugar.
Rafael, se levantó de su lecho, pero esta vez con una idea nueva, compraría un CD de boleros, con música de los Panchos para regalárselo a ella. ¡No importa lo que digan lo demás!, yo la amo y le esperaría noche y día asomado en la ventana; tal como espera el cazador a la presa para cazarla. No se equivocaba, estaba enamorado después de todo
él era un hombre libre, hecho y derecho en sus decisiones. Pero el amor es otra cosa, es una virtud y vuelve tonto a los hombres inteligentes. Es más, cierto día hizo su siesta debajo del árbol de Magnolia y éste le había profetizado por increíbles fuerzas misteriosas de que Elizabeth sería su esposa y desde entonces se aferraba en su loca decisión de conquistarla.

Una tarde cuando el sol agonizaba en el poniente, abrió la puerta y salió al patio de su casa, acarició al perro su única mascota fiel, que un día llegó así de repente buscando refugio, o quizás huyendo de
las manos de algún perverso amo, él en cambio era distinto, a ese pobre animal le dio lugar, nombre y comida; ya no era un perro vulgar; su nombre era 'Sólo Vino'. El perro le lamió la mano, movió la cola y luego se fue acostar en su perrera.
Cerca de él un par de tórtolas revoloteaban entre las ramas de las rosas del jardín. Rafael se quedó contemplando a esas dos inocentes aves que jugueteaban en mutuo apareamiento, y luego se puso a reflexionar: Que los animales se aparean por intuición, difiere, el ser humano por la razón y por el amor.

'Sólo Vino' dormía placidamente, pero Rafael lo despertó de una patada. ¡Jay! ¡Jay!, salió chillando y se fue acostar lejos de la mirada de su amo. El tipo no podía sacar de su mente la imagen de aquella mujer, que día a día, lo hacía pernoctar en la ventana. Había una razón para su locura es que desde que llegó ella a vivir al Barrio, él se había
convertido en su amante secreto. Siempre sus palabras escapaban de su boca pero esta vez se envalentonaría y le expresaría todo lo que haya tenido guardado en su corazón y de ser posible le ofrecería su casa y hasta su cuenta bancaria. -No debo perder la oportunidad del tiempo. Ella me gusta, es la mujer que me mueve el piso: Soy hombre de palabra he jurado por la virgen y por todos los santos de que si Elizabeth acepta mi propuesta de amor, yo de inmediato y sin tregua
alguna, organizaré la boda en el mejor Hotel del mundo. ¿Qué tal si lo hacemos en el Marriott?, con eso le daré estatus a mis años y por ende me convertiré en el hombre más dichoso de la faz de la tierra, ella en la mujer más feliz de entre todas las mujeres. Después de unos minutos Rafael volvió a la realidad.

Cuando regresó la mujer a su Departamento, el hombre aún estaba asomado en la ventana. El tipo se estregó las manos, escurrió suavemente la cortina y acto seguido bajo lentamente la escalera con la intención de salirle al encuentro y saludarle, bajo ese pretexto decirle cuantas cosas bellas, declararle su amor, toda esa verdad que no se había atrevido expresar. Elizabeth estaba dentro de su camioneta con las manos sobre el volante. Rafael avanzó unos cuantos pasos y se detuvo antes de llegar al carro, sintió que el corazón se le salía de
la cárcel de su pecho. Pero su decisión lo encaminó hasta donde estaba ella.

-Elizabeth -dijo el hombre-, que alegría para mí, encontrarla sola, lozana y esbelta como la flor del campo a esta hora de la noche. Discúlpeme de una u otra manera si yo le quito la paz de su silencio,
pero tengo tantas cosas que decirle, desde luego si usted me lo permite. Le importa si le hago ésta pregunta: ¿de dónde viene usted?
La mujer guardó silencio por un instante lo escudriñó desde los pies hasta la cabellera y con una fresca sonrisa respondió

-De clases.

-Por la tarde le vi partir y me quedé tan corto por no poderle dar éste presente, contiene los mejores sentimientos humanos,

- ¿De qué se trata? -inquirió la mujer asombrada-.

Tímidamente él respondió: Es de un CD de música romántica.

- Que bonito gesto el suyo -agradeció Elizabeth.

- El encanto es mío, ya que soy un hombre tan curioso y me gustaría invitarla a salir para conocerla un poquito mejor.

Ella se mordió los labios, respiró hondamente hundió su rostro entre sus manos.

- De acuerdo -dijo ella-, defínase que yo tomaré mis decisiones.

- Me parece formidable, su actitud pero antes quisiera hacerle unas preguntas -complementó él-. ¿Dígame es usted casada?

- Soy divorciada, respondió ella.

- Ya me lo imaginaba -secundó el hombre-. No quiero lastimar su sensibilidad. Pero yo hace tiempo la he estado amando en silencio, y he buscado la manera de expresarle mis sentimientos. Por decir mejor, me siento enamorado de usted. Soy un hombre viudo de posición establecida, y desde entonces estoy buscando una compañera, que mejor si fuera usted, por lo visto la soledad a usted le molesta mucho ¿no?

-Un poco, respondió la mujer, pero en verdad en nada me afecta, ese espacio me lo llenan mis libros, mis poemas y sobretodo la música clásica.

- Cuanto la admiro por su virtud. Pero yo a cambio de eso sueño con tener su amor; "como el que siembra en tierra ajena, y sueña con tener su propia tierra"; así es mi anhelo por su persona. Esa casa que usted ve, es mía y sería suya y llenaría de luz todos los espacios que sobran.

La mujer no dijo nada, sacó de su cartera una cajetilla de tabacos americanos, le aflojó el adhesivo y tímidamente encendió un cigarrillo.

El trataba de hilvanar palabras, pero se sintió impotente de cuerpo, corazón y palabra. Elizabeth hizo un gesto de cansancio, elevó la mirada hacia lo infinito del cielo después dirigió su mirada
justamente donde estaba él parado; le pegó una pitada al cigarrillo, abrió la portezuela y salió del carro al mismo tiempo que respondía:

- Déjeme pensar. ¡Buenas noches!

- Hasta mañana -respondió él.

Los días pasaron y Rafael siguió abrigando esperanzas; hasta que cierta noche la vio llegar. Como de costumbre, se apartó de la venta y corrió a su encuentro; antes de llegar a ella se detuvo: un hombre joven de piel caoba la acompañaba; éste salió del carro y miró directamente hacia el cielo.

- ¡Ave María purísima! -exclamó el desconocido-. La noche esta preciosa como para componerle un poema a la luna y a usted mi amor -enfatizó el trovador de los versos sublimes que acompañaba a Elizabeth.

Ella sonrió le tomó la mano, luego lo abrazó y elevó la voz:

- Ven te invito a pasar a mi departamento.

Rafael escuchó la invitación que Elizabeth al
desconocido.
El hombre del CD sintió que un nudo se formaba en su garganta. Se metió los dedos en la boca, se mordió las uñas y, apenado, se retiró cabizbajo de la presencia de la mujer.
Ella lo miró al partir, movió la cabeza y susurró en voz baja:

- ¡Pobre hombre!, no niego que me gusta, pero mi mundo pertenece al mundo de los poetas.

 
 
 
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