SERÉ TU AMANTE SECRETO
Fernando Farías Sacón
El hombre estaba asomado en
la ventana, acariciándose la barba como de costumbre.
En ese instante se acordó de su infancia y de sus años
mozos. En aquel entonces había sido un excelente conquistador
de mujeres, hasta ostentaba que las mujeres se peleaban por él.
Pero, ahora la realidad era otra. Enviudó prematuramente.
Desde entonces se volvió ermitaño y perezoso; y
cada vez que el estrés invadía su mente salía
a caminar algunas cuadras por la calzada del Barrio. A pesar
de sus años aún abrigaba la esperanza de encontrar
a alguien que pudiera cubrir esa parte de su soledad.
-Ya llegó ella -susurró
en voz baja el tipo. Cavilaba
detenidamente. Se dijo a sí mismo: Si pudiera decirle
unos cuantos piropos, talvez mi corazón volvería
a renacer. La mujer abrió la portezuela del carro y salió
cantoneando las caderas.
Desde la ventana, Rafael dirigió
su saludo.
-¡Buenas noches vecina!
-Buenas noches -respondió
Elizabeth con aptitud picaresca.
Él la siguió
con la mirada, vio como subía las gradas hasta que entró
a su departamento. Finalmente él se apartó de la
ventana.
Amanecía, una débil llovizna salpicaba las calles.
Los carros pasaban a velocidad, la gente de igual modo pasaba
apresurada como de costumbre, hacia algún lugar.
Rafael, se levantó de su lecho, pero esta vez con una
idea nueva, compraría un CD de boleros, con música
de los Panchos para regalárselo a ella. ¡No importa
lo que digan lo demás!, yo la amo y le esperaría
noche y día asomado en la ventana; tal como espera el
cazador a la presa para cazarla. No se equivocaba, estaba enamorado
después de todo
él era un hombre libre, hecho y derecho en sus decisiones.
Pero el amor es otra cosa, es una virtud y vuelve tonto a los
hombres inteligentes. Es más, cierto día hizo su
siesta debajo del árbol de Magnolia y éste le había
profetizado por increíbles fuerzas misteriosas de que
Elizabeth sería su esposa y desde entonces se aferraba
en su loca decisión de conquistarla.
Una tarde cuando el sol agonizaba
en el poniente, abrió la puerta y salió al patio
de su casa, acarició al perro su única mascota
fiel, que un día llegó así de repente buscando
refugio, o quizás huyendo de
las manos de algún perverso amo, él en cambio era
distinto, a ese pobre animal le dio lugar, nombre y comida; ya
no era un perro vulgar; su nombre era 'Sólo Vino'. El
perro le lamió la mano, movió la cola y luego se
fue acostar en su perrera.
Cerca de él un par de tórtolas revoloteaban entre
las ramas de las rosas del jardín. Rafael se quedó
contemplando a esas dos inocentes aves que jugueteaban en mutuo
apareamiento, y luego se puso a reflexionar: Que los animales
se aparean por intuición, difiere, el ser humano por la
razón y por el amor.
'Sólo Vino' dormía
placidamente, pero Rafael lo despertó de una patada. ¡Jay!
¡Jay!, salió chillando y se fue acostar lejos de
la mirada de su amo. El tipo no podía sacar de su mente
la imagen de aquella mujer, que día a día, lo hacía
pernoctar en la ventana. Había una razón para su
locura es que desde que llegó ella a vivir al Barrio,
él se había
convertido en su amante secreto. Siempre sus palabras escapaban
de su boca pero esta vez se envalentonaría y le expresaría
todo lo que haya tenido guardado en su corazón y de ser
posible le ofrecería su casa y hasta su cuenta bancaria.
-No debo perder la oportunidad del tiempo. Ella me gusta, es
la mujer que me mueve el piso: Soy hombre de palabra he jurado
por la virgen y por todos los santos de que si Elizabeth acepta
mi propuesta de amor, yo de inmediato y sin tregua
alguna, organizaré la boda en el mejor Hotel del mundo.
¿Qué tal si lo hacemos en el Marriott?, con eso
le daré estatus a mis años y por ende me convertiré
en el hombre más dichoso de la faz de la tierra, ella
en la mujer más feliz de entre todas las mujeres. Después
de unos minutos Rafael volvió a la realidad.
Cuando regresó la mujer
a su Departamento, el hombre aún estaba asomado en la
ventana. El tipo se estregó las manos, escurrió
suavemente la cortina y acto seguido bajo lentamente la escalera
con la intención de salirle al encuentro y saludarle,
bajo ese pretexto decirle cuantas cosas bellas, declararle su
amor, toda esa verdad que no se había atrevido expresar.
Elizabeth estaba dentro de su camioneta con las manos sobre el
volante. Rafael avanzó unos cuantos pasos y se detuvo
antes de llegar al carro, sintió que el corazón
se le salía de
la cárcel de su pecho. Pero su decisión lo encaminó
hasta donde estaba ella.
-Elizabeth -dijo el hombre-,
que alegría para mí, encontrarla sola, lozana y
esbelta como la flor del campo a esta hora de la noche. Discúlpeme
de una u otra manera si yo le quito la paz de su silencio,
pero tengo tantas cosas que decirle, desde luego si usted me
lo permite. Le importa si le hago ésta pregunta: ¿de
dónde viene usted?
La mujer guardó silencio por un instante lo escudriñó
desde los pies hasta la cabellera y con una fresca sonrisa respondió
-De clases.
-Por la tarde le vi partir
y me quedé tan corto por no poderle dar éste presente,
contiene los mejores sentimientos humanos,
- ¿De qué se
trata? -inquirió la mujer asombrada-.
Tímidamente él
respondió: Es de un CD de música romántica.
- Que bonito gesto el suyo
-agradeció Elizabeth.
- El encanto es mío,
ya que soy un hombre tan curioso y me gustaría invitarla
a salir para conocerla un poquito mejor.
Ella se mordió los labios,
respiró hondamente hundió su rostro entre sus manos.
- De acuerdo -dijo ella-, defínase
que yo tomaré mis decisiones.
- Me parece formidable, su
actitud pero antes quisiera hacerle unas preguntas -complementó
él-. ¿Dígame es usted casada?
- Soy divorciada, respondió
ella.
- Ya me lo imaginaba -secundó
el hombre-. No quiero lastimar su sensibilidad. Pero yo hace
tiempo la he estado amando en silencio, y he buscado la manera
de expresarle mis sentimientos. Por decir mejor, me siento enamorado
de usted. Soy un hombre viudo de posición establecida,
y desde entonces estoy buscando una compañera, que mejor
si fuera usted, por lo visto la soledad a usted le molesta mucho
¿no?
-Un poco, respondió
la mujer, pero en verdad en nada me afecta, ese espacio me lo
llenan mis libros, mis poemas y sobretodo la música clásica.
- Cuanto la admiro por su virtud.
Pero yo a cambio de eso sueño con tener su amor; "como
el que siembra en tierra ajena, y sueña con tener su propia
tierra"; así es mi anhelo por su persona. Esa casa
que usted ve, es mía y sería suya y llenaría
de luz todos los espacios que sobran.
La mujer no dijo nada, sacó
de su cartera una cajetilla de tabacos americanos, le aflojó
el adhesivo y tímidamente encendió un cigarrillo.
El trataba de hilvanar palabras,
pero se sintió impotente de cuerpo, corazón y palabra.
Elizabeth hizo un gesto de cansancio, elevó la mirada
hacia lo infinito del cielo después dirigió su
mirada
justamente donde estaba él parado; le pegó una
pitada al cigarrillo, abrió la portezuela y salió
del carro al mismo tiempo que respondía:
- Déjeme pensar. ¡Buenas
noches!
- Hasta mañana -respondió
él.
Los días pasaron y Rafael
siguió abrigando esperanzas; hasta que cierta noche la
vio llegar. Como de costumbre, se apartó de la venta y
corrió a su encuentro; antes de llegar a ella se detuvo:
un hombre joven de piel caoba la acompañaba; éste
salió del carro y miró directamente hacia el cielo.
- ¡Ave María purísima!
-exclamó el desconocido-. La noche esta preciosa como
para componerle un poema a la luna y a usted mi amor -enfatizó
el trovador de los versos sublimes que acompañaba a Elizabeth.
Ella sonrió le tomó
la mano, luego lo abrazó y elevó la voz:
- Ven te invito a pasar a mi
departamento.
Rafael escuchó la invitación
que Elizabeth al
desconocido.
El hombre del CD sintió que un nudo se formaba en su garganta.
Se metió los dedos en la boca, se mordió las uñas
y, apenado, se retiró cabizbajo de la presencia de la
mujer.
Ella lo miró al partir, movió la cabeza y susurró
en voz baja:
- ¡Pobre hombre!, no
niego que me gusta, pero mi mundo pertenece al mundo de los poetas.
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