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AURORA ESCAPANDO
Marcelo Vargas León
Cuando ella entró en
la casa, las campanas de la iglesia le anunciaron la noche. Venía
de dejar flores a su última tía. "-mi tía
de los rezos, de los gatos, de aguantar los días y las
noches en vigilia tratando de descifrar mis pasos y suspiros,
de días de misa, de no dar limosna, y de haber perdido
fe en la humanidad, de infusiones de verbena y matico" -se
dice a ella misma al tiempo que enciende un cirio desgastado
a un cristo agonizante. Era la primera vez que la casa le pareció
tan llena de sombras y con aromas de toronjil chamuscado. La
noche, la casa, los retratos de sus tías, el polvo del
frío, le quedan temblando en el vientre, en la renuncia
de su cuerpo desganado. A pesar de los millones de ojos ya enterrados
de sus tías, aún le llenan de azotes sus risas
moribundas y secas que parecían estar pegadas a los tumbados.
Los muebles de su habitación es lo único que le
sonríe y le abraza, como elevándola hacia otra
especie de tristeza y soledad: la libertad de ser bendita entre
todas las mujeres de esa casa. Pasea despacio creyendo esperar
un tanto antes del incendio, antes de la llama que apagará
los pasos sonámbulos y las sombras en pena que se han
quedado, que no han podido ser enterrados junto con los cuerpos
de las tías.
Se mira al espejo y se siente
sola. Suelta su pelo y le caen los años en los ojos. Siente
su pecho tan libre y tan seco y sabe que es porque nadie los
vio redondos y buenos. Luego se desnuda y empieza a caminar por
la casa, a correr como viento por pasillos y lupanares, tratando
de alcanzar algo de aire que le falta para sentirse, encenderse,
llorarse, vivirse. En vano trata de comer algo, pues todas las
culpas le llueven como pasos y voces de náufragos
reprimidos. Los recuerdos se vuelven fuerzas para ir a su cuarto
y hurgar en el baúl, lo que palpitaba en silencio y le
cantaba al corazón. Ella mira aquel retrato varonil, lo
besa y lo recorre con violencia en sus senos dormidos, por su
sexo galáctico y lloriqueante; se agita, gime, encuentra
la luz: el hombre ha llegado y la ha tomado con su potencia luminosa
todas sus sendas y quebradas dulces. Cuando todo pasa, piensa
que él no debe tardar en venir a llevarla. Pronta y alegre
empieza a empacar. Es ya muy noche, por lo tanto no tendré
problemas en escuchar su silbido o los pasos del caballo, se
dice, mientras corretea por la casa, todavía desnuda y
suelta de pelo.
Se ha sentado tras la puerta
que da a la calle. Con parsimonia empuja sus ojos hacia lo que
parece vivir aún en la casa. Su pensar y sentir parecen
remover cenizas y fantasmas de siglos pasados. Debí haber
aprendido a fumar, -se dice a sí misma- entonces sabría
adivinar estos pequeños susurros e inquietos murciélagos
en la barriga. Luego cree que tiene muchas valijas empacadas
y se pone a separar la ropa con los recuerdos; sin esfuerzo se
decide por los recuerdos, pues, muchas veces ha pecado vestida.
Los ecos distantes que le vienen son los gritos de sus tías
muertas que no pudieron llevarla a la tumba con ellas. La humedad
en los ojos son del frío y la espera. Estoy empezando
a reír desde adentro, se dice tranquila, al mismo tiempo
que huele a jazmín inmaculado y pegado a la tierra. Nunca
pudo adivinar cuanto tiempo ha pasado dentro de esta casa carcelaria,
el tiempo suyo y de tus tías. Sus tías que le supieron
hacer vivir entre hospitales e iglesias, entre velorios y sacristías,
encendiendo velas para santos y tragando hostias, misas y recetas,
mientras ella se sentía vigorosa, solitaria, desgraciada,
poseída, ardiente, desnuda, huérfana: toda una
mujer. Pero tuvo que llegar el santo varón, aquel joven
que le miró a los ojos y se quedó a vivir en sus
senos. Lo vio una sola vez y fue para siempre. La aguatera le
dio un paquete, en el cual estaba la promesa de raptarte, las
cartas de amor, su retrato, el perfume, la dicha, su hombre,
la libertad. Pero las tías vampiras, estaban al acecho.
El encierro, la condena de cuidar de todas hasta que la última
muera era su herencia de ser la bendita entre todas las mujeres
de la casa. Solo el rescate prometido esparcía la niebla
amarga del encierro y la esclavitud. El caballero aparecerá
tejiendo chorros de luz para sus ojos y su pecho. Luego el amor
a borbotones.
Permanece sentada, detrás
de la puerta de calle, escuchando los violines nocturnos que
le traen la voz y el aliento de su hombre. "Estoy aprendiendo
a vivir de otra manera; me siento ilusoria, lánguida de
huesos tiernos, intermitente, poderosa, fruta estelar",
piensa mirando el techo. Ahora necesitaba quedar en paz con los
cuartos y cientos de dormitorios; con las mil y una tías
a las que tuvo que cuidar, lavar y enterrar. Me llevo todo en
un cuarto de mi corazón, -parece decirles a las paredes
y pasadizos sombríos. Luego se levanta y avanza hacia
el salón. Con el cirio del cristo agonizante, con esa
lúgubre aspa de luz, empieza a encender las cortinas,
los muebles, los cristos y santos. Ella traga el fuego de la
vida con los ojos nublados. Poco a poco se van apagando los gritos
y los pasos de las sombras que no querían irse. Afuera
ya parece escuchar algunas botas, un jinete o alguna sombra que
viene. Dentro de su pecho la llama de la dicha era cada vez más
bendita. "Te amo tanto que me quemo. ¿Cómo
podré verte a los ojos? ¿Cómo serás
en la libertad y en el amor? ¿Cómo será
caer desnuda en tus brazos con este fuego dichoso que me está
reventando la carne?... aún no llegas y ya hay mucha luz
y calor", - se dice al momento que regresa para abrazar
al cristo agonizante, al baúl de los recuerdos, al retrato
de su última tía enterrada, mientras escucha los
pasos airosos de un alazán que sin duda será su
hombre que viene por ella.
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