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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

 

AURORA ESCAPANDO

Marcelo Vargas León

Cuando ella entró en la casa, las campanas de la iglesia le anunciaron la noche. Venía de dejar flores a su última tía. "-mi tía de los rezos, de los gatos, de aguantar los días y las noches en vigilia tratando de descifrar mis pasos y suspiros, de días de misa, de no dar limosna, y de haber perdido fe en la humanidad, de infusiones de verbena y matico" -se dice a ella misma al tiempo que enciende un cirio desgastado a un cristo agonizante. Era la primera vez que la casa le pareció tan llena de sombras y con aromas de toronjil chamuscado. La noche, la casa, los retratos de sus tías, el polvo del frío, le quedan temblando en el vientre, en la renuncia de su cuerpo desganado. A pesar de los millones de ojos ya enterrados de sus tías, aún le llenan de azotes sus risas moribundas y secas que parecían estar pegadas a los tumbados. Los muebles de su habitación es lo único que le sonríe y le abraza, como elevándola hacia otra especie de tristeza y soledad: la libertad de ser bendita entre todas las mujeres de esa casa. Pasea despacio creyendo esperar un tanto antes del incendio, antes de la llama que apagará los pasos sonámbulos y las sombras en pena que se han quedado, que no han podido ser enterrados junto con los cuerpos de las tías.

Se mira al espejo y se siente sola. Suelta su pelo y le caen los años en los ojos. Siente su pecho tan libre y tan seco y sabe que es porque nadie los vio redondos y buenos. Luego se desnuda y empieza a caminar por la casa, a correr como viento por pasillos y lupanares, tratando de alcanzar algo de aire que le falta para sentirse, encenderse, llorarse, vivirse. En vano trata de comer algo, pues todas las culpas le llueven como pasos y voces de náufragos
reprimidos. Los recuerdos se vuelven fuerzas para ir a su cuarto y hurgar en el baúl, lo que palpitaba en silencio y le cantaba al corazón. Ella mira aquel retrato varonil, lo besa y lo recorre con violencia en sus senos dormidos, por su sexo galáctico y lloriqueante; se agita, gime, encuentra la luz: el hombre ha llegado y la ha tomado con su potencia luminosa todas sus sendas y quebradas dulces. Cuando todo pasa, piensa que él no debe tardar en venir a llevarla. Pronta y alegre empieza a empacar. Es ya muy noche, por lo tanto no tendré problemas en escuchar su silbido o los pasos del caballo, se dice, mientras corretea por la casa, todavía desnuda y suelta de pelo.

Se ha sentado tras la puerta que da a la calle. Con parsimonia empuja sus ojos hacia lo que parece vivir aún en la casa. Su pensar y sentir parecen remover cenizas y fantasmas de siglos pasados. Debí haber aprendido a fumar, -se dice a sí misma- entonces sabría adivinar estos pequeños susurros e inquietos murciélagos en la barriga. Luego cree que tiene muchas valijas empacadas y se pone a separar la ropa con los recuerdos; sin esfuerzo se decide por los recuerdos, pues, muchas veces ha pecado vestida. Los ecos distantes que le vienen son los gritos de sus tías muertas que no pudieron llevarla a la tumba con ellas. La humedad en los ojos son del frío y la espera. Estoy empezando a reír desde adentro, se dice tranquila, al mismo tiempo que huele a jazmín inmaculado y pegado a la tierra. Nunca pudo adivinar cuanto tiempo ha pasado dentro de esta casa carcelaria, el tiempo suyo y de tus tías. Sus tías que le supieron hacer vivir entre hospitales e iglesias, entre velorios y sacristías, encendiendo velas para santos y tragando hostias, misas y recetas, mientras ella se sentía vigorosa, solitaria, desgraciada, poseída, ardiente, desnuda, huérfana: toda una mujer. Pero tuvo que llegar el santo varón, aquel joven que le miró a los ojos y se quedó a vivir en sus senos. Lo vio una sola vez y fue para siempre. La aguatera le dio un paquete, en el cual estaba la promesa de raptarte, las cartas de amor, su retrato, el perfume, la dicha, su hombre, la libertad. Pero las tías vampiras, estaban al acecho. El encierro, la condena de cuidar de todas hasta que la última muera era su herencia de ser la bendita entre todas las mujeres de la casa. Solo el rescate prometido esparcía la niebla amarga del encierro y la esclavitud. El caballero aparecerá tejiendo chorros de luz para sus ojos y su pecho. Luego el amor a borbotones.

Permanece sentada, detrás de la puerta de calle, escuchando los violines nocturnos que le traen la voz y el aliento de su hombre. "Estoy aprendiendo a vivir de otra manera; me siento ilusoria, lánguida de huesos tiernos, intermitente, poderosa, fruta estelar", piensa mirando el techo. Ahora necesitaba quedar en paz con los cuartos y cientos de dormitorios; con las mil y una tías a las que tuvo que cuidar, lavar y enterrar. Me llevo todo en un cuarto de mi corazón, -parece decirles a las paredes y pasadizos sombríos. Luego se levanta y avanza hacia el salón. Con el cirio del cristo agonizante, con esa lúgubre aspa de luz, empieza a encender las cortinas, los muebles, los cristos y santos. Ella traga el fuego de la vida con los ojos nublados. Poco a poco se van apagando los gritos y los pasos de las sombras que no querían irse. Afuera ya parece escuchar algunas botas, un jinete o alguna sombra que viene. Dentro de su pecho la llama de la dicha era cada vez más bendita. "Te amo tanto que me quemo. ¿Cómo podré verte a los ojos? ¿Cómo serás en la libertad y en el amor? ¿Cómo será caer desnuda en tus brazos con este fuego dichoso que me está reventando la carne?... aún no llegas y ya hay mucha luz y calor", - se dice al momento que regresa para abrazar al cristo agonizante, al baúl de los recuerdos, al retrato de su última tía enterrada, mientras escucha los pasos airosos de un alazán que sin duda será su hombre que viene por ella.


 
 
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