'Mujeres
quiteñas de la primera mitad del siglo XX'
Ana María Goetchel es
la mentalizadora de esta exhibición, un documento vivo
que debería quedar como muestra permanente: para admirar
el heroísmo, para no olvidar, para aprender lo que no
debe volver a suceder.
En el Museo de la Ciudad (antiguo
Hospital San Juan de Dios) las salas de exposición muestran
una multiplicidad de tesoros, auténticas cápsulas
de tiempo y conocimientos. Pero, en una de las salas el concepto
se quiebra; de pronto, el devenir, las sapiencias y las vibraciones
del espíritu se funden en un choque violento y tiernpo
a la vez: es la sala donde se exhibe la muestra "Mujeres
quiteñas de la primera mitad del siglo XX".
Una propuesta museográfica
que trasciende los conceptos formales, sin transgredirlos, para
entregar un mensaje que conviene eternizarlo.
El expectador empieza su recorrido mirando retratos, rostros
que nos vienen desde el pasado, pero que se nos vuelven actuales,
e incluso futúricos en la conciencia.
Los escenarios desde los cuales
nos hablan esos personajes denuncian el árduo camino recorrido
por las féminas en un mundo dominado por un patriarcado
intolerante, que obliga -aunque sinconseguirlo- a la asfixia
de los talentos, de las virtudes y las habilidades. Un crimen
"lesa humanidad", no cabe duda.
Conforme se avanza en esta
sala, dedicada a la mujer de la primera mitad del siglo XX, las
dimensiones parecen perder su perspectiva física y su
temporalidad, presentando los espacios reducidos, más
bien rincones, que la mujer de la época usó como
auténticas trincheras de combate, para evidenciar su presencia
y su valía.
La muestra denuncia como la
prensa publicaba planchas enteras con los rostros de damas anónimas,
pues solo merecían ser anunciadas como "Bellas flores
del jardín...", pero ninguna de ellas se merece un
pie de foto con su nombre. En contraste se muestra una plancha
conrostros de hombres, cada uno con su nombre.
Pero no es un mensaje que pide
conmisceración, ¡no, para nada! Al contrario, muy
cerca, una fotografía muestra a un grupo de periodistas
de un diario quiteño declarado en huelga, y en medio de
ellos una mujer, hermosa, digna, ¡comunista! Una guerrera
quiteña.
Durante el recorrido por la
muestra se siente el paso de los años 10, 20, 30, 40 del
siglo pasado, cantarinos, pero duros; tiernos, pero plagados
de lucha... y triunfos.
De pronto, cae en cuenta el
expectador de una característica muy especial de la muestra,
y es que a pesar de mostrar a las célebres mujeres quiteñas,
que ya tienen ganado su sitial en la historia (cuyo nombre omitiremos
esta vez), se muestra la grandeza de la mujer común, la
mujer del pueblo, la mujer cotidiana. Es ella la que se proyecta
como protagonista y heroína de la historia.
La muestra tiene como elemento
de apoyo un testimonio fílmico hecho con la tecnología
naciente de los primeros años de la centuria 20 -rescatada
en video-, que muestra el entorno de aquel entonces, ahí
está siempre presente la mujer, construyendo la historia
y el futuro en aquel presente agresivo e injusto.
Al finalizar el recorrido por
aquel universo, el visitante -sobre todo si es hombre- queda
sumido en la reflexión y en la contricción, obligadas
por ciertas sospechas de que todo ese cúmulo de oscuridades
y crepúsculos no han pasado del todo del cáliz
que beben las mujeres de este siglo XXI, a las que aún
se agrede con una serie de prejuicios y limitaciones.
Ojalá dentro de 100
años, en el marco de una muestra sobre las mujeres de
la primera mitad del siglo 21, nadie salga con el amargo cargo
de conciencia histórico de las limitaciones que se imponga
a la mujer de esta centuria.
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