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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002

MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 

FOMENTAR LAS CULTURAS: LABOR ESENCIAL EN LATINOAMERICA

Germán Rodas Chaves
grodas@uasb.edu.ec

En América Latina, de forma general, se ha vivido en el último periodo
una suerte de olvido de los políticos tradicionales respecto de las
políticas culturales que deberían propiciarse o que tendrían que ser
impulsadas en nuestros países desde los gobiernos nacionales. El debate político alrededor de los conflictos sociales, -que devienen a causa de múltiples circunstancias económicas-, ha relegado la reflexión seria y
sistemática sobre las trascendencia del mundo cultural de los pueblos;
respecto de la pertinencia de recuperar y proyectar las culturas de las
naciones y de fortalecer el quehacer cotidiano de los sujetos
individuales y colectivos que entregan sus mejores esfuerzos a dicha actividad.
Este comportamiento, -valga reconocerlo- ha sido distinto en los
gobiernos de avanzada que existen o han existido en nuestra América, lo cual induce a afirmar que las actitudes del poder en relación con la cultura
han tenido clara identificación con la ideología.
En efecto, uno de los evidentes reconocimientos que cualquier
ciudadano, más allá de su postura política, otorga al régimen cubano, por
ejemplo, se refiere a la percepción del extraordinario esfuerzo promovido en la isla mayor del Caribe por anular el analfabetismo, a su vigorosa
gestión para estudiar y proyectar el mundo intercultural que posee, así
como frente a la constatación de su formidable producción y distribución
de libros, -con el aparejado objetivo de promover, entre otros autores,
a su creadores e intelectuales-, y a los enormes esfuerzos para poner
en marcha un sistema educativo, en todos sus niveles, que, eficazmente,
responda a los intereses colectivos.
En circunstancias como las que hoy vive el mundo, la promoción de las
culturas y la búsqueda de políticas de estado frente a este complejo
mundo que identifica al poder con el género humano y su subjetividad
humana, casi no existen y, por ello, los asuntos que se pudiesen referirse
al mundo de las culturas se constituyen en una especie de temas
extraterrenales o de propiedad de quienes soñamos, todavía, con las utopías.
Aquello es tan cierto que las campañas electorales de nuestro entorno a
más de irracionalizar los valores intrínsecos de la democracia, han
promovido la farándula como sustituto del debate de las ideas y de la
confrontación de las argumentaciones. En este panorama la disquisición de los proyectos culturales es inútil y las determinaciones sobre el rol de
la sociedad frente a tan complejo e importante sistema, desaparecen o
se anulan.
Esta conducta, perversa y malévola como pocas, es ciertamente
lamentable en sociedades a cuyo interior la juventud tiene una presencia
cuantitativa y cualitativa importantes, porque a partir de comportamientos
como los referidos en este texto, lo que se logra, desde el
"stablishment", es castrar ideológicamente, desde muy temprano, a los grupos sociales que pudiesen identificarse con sus valores culturales, que quisiesen asumir una promoción activa de su identidad y constituirse en sujetos capaces de impulsar el fortalecimiento de los proyectos nacionales de renovación y de cambio.
Precisamente debido a que los acontecimientos marchan por los caminos
que he comentado en estas líneas, lo que debe llamarnos la atención de
manera positiva es que en Uruguay, desde hace algún tiempo, y de la mano de la propuesta de los grupos sociales y políticos que convergieron
para el triunfo del socialista Tabaré Vásquez, se ha propiciado un debate
sobre el Uruguay cultural que se requiere forjar en los momentos
actuales para responder adecuadamente frente a los intereses de la
colectividad y, particularmente, ante los retos de un conglomerado de población joven que existe en este sugerente país mediterráneo de nuestra América Latina, que demanda, -como seguramente ocurre en toda América Latina-, aprehensión de sus intereses más recónditos.
En las calles montevideñas, la discusión sobre el rol de la educación,
de la ciencia y la comunicación han sido acaloradas y sistemáticas. La
reflexión sobre los conceptos relativos a las políticas culturales que
se deben diseñar e impulsar han tenido auténtica trascendencia.
Aquello de constituir, conforme la propuesta de los frente-amplistas, una
Asamblea Permanente de la Cultura como un ámbito consultivo, honorario y representativo de todos los sectores para diseñar e instrumentar
corporativamente auténticas políticas de Estado para que la cultura se
constituya en sinónimo de dignidad democrática, convivencia, encuentro
intergeneracional y crecimiento colectivo, se constituyó en uno de los
referentes del debate electoral y, en estos momentos, se ha tornado en una propuesta que comienza a consolidarse con el nuevo régimen que ha dado por terminado el predominio liberal-conservador (colorado y blanco) en cuyo accionar las políticas culturales no fueron parte de su agenda.
Precisamente porque el debate civilizado de las ideas predominó en la
escena política uruguaya, -especialmente a partir de las propuestas del
actual Presidente electo-, el resultado del 31 de octubre de este año
tiene la certidumbre de una votación plena de conciencia, en donde
empresarios, intelectuales, jóvenes, mujeres, profesionales, trabajadores,
campesinos, entre otros, han apostado por un proyecto nacional de
cambio y de transición hacia la equidad. No de otra manera se puede
interpretar, entre otras cosas, el arribo entusiasta al Uruguay de miles de
migrantes que en demostración de civismo, y a costa de todo sacrificio
personal, llegaron a su Patria para comprometerse y responsabilizar con
su voto al nuevo gobierno. No de otra forma debemos entender la
algarabía de los jóvenes frente al resultado electoral último y, además, -bajo la comprensión de que la cultura tendrá un espacio fundamental en el
desarrollo del nuevo Uruguay-, la vinculación corporativa de los más
prestigiosos intelectuales y profesionales con el proceso vivido en la
tierra de Galeano y de Benedetti

Esto y mucho más pude sentir en carne propia a raíz de mi estadía
última en Uruguay y como testigo privilegiado de un acontecimiento que no solo estableció un resultado electoral, sino que abrió las puertas para
que los latinoamericanos pudiésemos asimilar que los nuevos vientos de
cambio en la región demandan fluidez para transmitir ideas propositivas
a las nuevas generaciones; voluntad y tenacidad para desarrollar un
proyecto nacional detrás del cual pudiesen incorporarse el conjunto de la
población y, sobretodo, sensibilidad suficiente para promover la
renovación del hombre a partir de levantar un proyecto cultural que de cuenta de la historia de un país, que apuntale su identidad y que sea capaz de construir el futuro invocando generosamente de la riqueza más
extraordinaria que tenemos los hombres y mujeres, esto es la facultad de
conmovernos cuando se trata de humanizar la vida a partir de promover los
valores culturales que subyacen en nuestros imaginarios.

 
 
 
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