| |
FOMENTAR
LAS CULTURAS: LABOR ESENCIAL EN LATINOAMERICA
Germán Rodas Chaves
grodas@uasb.edu.ec
En América Latina, de
forma general, se ha vivido en el último periodo
una suerte de olvido de los políticos tradicionales respecto
de las
políticas culturales que deberían propiciarse o
que tendrían que ser
impulsadas en nuestros países desde los gobiernos nacionales.
El debate político alrededor de los conflictos sociales,
-que devienen a causa de múltiples circunstancias económicas-,
ha relegado la reflexión seria y
sistemática sobre las trascendencia del mundo cultural
de los pueblos;
respecto de la pertinencia de recuperar y proyectar las culturas
de las
naciones y de fortalecer el quehacer cotidiano de los sujetos
individuales y colectivos que entregan sus mejores esfuerzos
a dicha actividad.
Este comportamiento, -valga reconocerlo- ha sido distinto en
los
gobiernos de avanzada que existen o han existido en nuestra América,
lo cual induce a afirmar que las actitudes del poder en relación
con la cultura
han tenido clara identificación con la ideología.
En efecto, uno de los evidentes reconocimientos que cualquier
ciudadano, más allá de su postura política,
otorga al régimen cubano, por
ejemplo, se refiere a la percepción del extraordinario
esfuerzo promovido en la isla mayor del Caribe por anular el
analfabetismo, a su vigorosa
gestión para estudiar y proyectar el mundo intercultural
que posee, así
como frente a la constatación de su formidable producción
y distribución
de libros, -con el aparejado objetivo de promover, entre otros
autores,
a su creadores e intelectuales-, y a los enormes esfuerzos para
poner
en marcha un sistema educativo, en todos sus niveles, que, eficazmente,
responda a los intereses colectivos.
En circunstancias como las que hoy vive el mundo, la promoción
de las
culturas y la búsqueda de políticas de estado frente
a este complejo
mundo que identifica al poder con el género humano y su
subjetividad
humana, casi no existen y, por ello, los asuntos que se pudiesen
referirse
al mundo de las culturas se constituyen en una especie de temas
extraterrenales o de propiedad de quienes soñamos, todavía,
con las utopías.
Aquello es tan cierto que las campañas electorales de
nuestro entorno a
más de irracionalizar los valores intrínsecos de
la democracia, han
promovido la farándula como sustituto del debate de las
ideas y de la
confrontación de las argumentaciones. En este panorama
la disquisición de los proyectos culturales es inútil
y las determinaciones sobre el rol de
la sociedad frente a tan complejo e importante sistema, desaparecen
o
se anulan.
Esta conducta, perversa y malévola como pocas, es ciertamente
lamentable en sociedades a cuyo interior la juventud tiene una
presencia
cuantitativa y cualitativa importantes, porque a partir de comportamientos
como los referidos en este texto, lo que se logra, desde el
"stablishment", es castrar ideológicamente,
desde muy temprano, a los grupos sociales que pudiesen identificarse
con sus valores culturales, que quisiesen asumir una promoción
activa de su identidad y constituirse en sujetos capaces de impulsar
el fortalecimiento de los proyectos nacionales de renovación
y de cambio.
Precisamente debido a que los acontecimientos marchan por los
caminos
que he comentado en estas líneas, lo que debe llamarnos
la atención de
manera positiva es que en Uruguay, desde hace algún tiempo,
y de la mano de la propuesta de los grupos sociales y políticos
que convergieron
para el triunfo del socialista Tabaré Vásquez,
se ha propiciado un debate
sobre el Uruguay cultural que se requiere forjar en los momentos
actuales para responder adecuadamente frente a los intereses
de la
colectividad y, particularmente, ante los retos de un conglomerado
de población joven que existe en este sugerente país
mediterráneo de nuestra América Latina, que demanda,
-como seguramente ocurre en toda América Latina-, aprehensión
de sus intereses más recónditos.
En las calles montevideñas, la discusión sobre
el rol de la educación,
de la ciencia y la comunicación han sido acaloradas y
sistemáticas. La
reflexión sobre los conceptos relativos a las políticas
culturales que
se deben diseñar e impulsar han tenido auténtica
trascendencia.
Aquello de constituir, conforme la propuesta de los frente-amplistas,
una
Asamblea Permanente de la Cultura como un ámbito consultivo,
honorario y representativo de todos los sectores para diseñar
e instrumentar
corporativamente auténticas políticas de Estado
para que la cultura se
constituya en sinónimo de dignidad democrática,
convivencia, encuentro
intergeneracional y crecimiento colectivo, se constituyó
en uno de los
referentes del debate electoral y, en estos momentos, se ha tornado
en una propuesta que comienza a consolidarse con el nuevo régimen
que ha dado por terminado el predominio liberal-conservador (colorado
y blanco) en cuyo accionar las políticas culturales no
fueron parte de su agenda.
Precisamente porque el debate civilizado de las ideas predominó
en la
escena política uruguaya, -especialmente a partir de las
propuestas del
actual Presidente electo-, el resultado del 31 de octubre de
este año
tiene la certidumbre de una votación plena de conciencia,
en donde
empresarios, intelectuales, jóvenes, mujeres, profesionales,
trabajadores,
campesinos, entre otros, han apostado por un proyecto nacional
de
cambio y de transición hacia la equidad. No de otra manera
se puede
interpretar, entre otras cosas, el arribo entusiasta al Uruguay
de miles de
migrantes que en demostración de civismo, y a costa de
todo sacrificio
personal, llegaron a su Patria para comprometerse y responsabilizar
con
su voto al nuevo gobierno. No de otra forma debemos entender
la
algarabía de los jóvenes frente al resultado electoral
último y, además, -bajo la comprensión de
que la cultura tendrá un espacio fundamental en el
desarrollo del nuevo Uruguay-, la vinculación corporativa
de los más
prestigiosos intelectuales y profesionales con el proceso vivido
en la
tierra de Galeano y de Benedetti
Esto y mucho más pude
sentir en carne propia a raíz de mi estadía
última en Uruguay y como testigo privilegiado de un acontecimiento
que no solo estableció un resultado electoral, sino que
abrió las puertas para
que los latinoamericanos pudiésemos asimilar que los nuevos
vientos de
cambio en la región demandan fluidez para transmitir ideas
propositivas
a las nuevas generaciones; voluntad y tenacidad para desarrollar
un
proyecto nacional detrás del cual pudiesen incorporarse
el conjunto de la
población y, sobretodo, sensibilidad suficiente para promover
la
renovación del hombre a partir de levantar un proyecto
cultural que de cuenta de la historia de un país, que
apuntale su identidad y que sea capaz de construir el futuro
invocando generosamente de la riqueza más
extraordinaria que tenemos los hombres y mujeres, esto es la
facultad de
conmovernos cuando se trata de humanizar la vida a partir de
promover los
valores culturales que subyacen en nuestros imaginarios.
|
|