| |
El silencio sustento de la
palabra
Victor Manuel Guzmán
Villena
victormanuelguzman@yahoo.com
La cosmovisión holística de la humanidad, forma
de concepción totalizante y unitaria, se remonta hacia
los orígenes de la humanidad. Las más antiguas
y diversas culturas concebían que el movimiento de la
naturaleza tienda hacia orden, hacia el equilibrio, y consideraban
al ser humano como parte integrante de esa naturaleza viva, en
constante cambio. En tanto las culturas orientales aprehendieron
la existencia de este modo, perpetuándose hasta la actualidad,
en occidente comenzó a diluirse, a perderse, al tiempo
que iba configurándose una nueva cosmovisión cada
vez más fragmentada y materialista de la realidad a partir
del dualismo de Descartes y corporizada, en su máxima
expresión, en el paradigma mecanicista newtoniano. Tomando
en cuenta lo antes dicho nuestra dirección apunta a la
doctrina Zen.
Los principios del Zen son: La perfección para todo aquel
que manda, es ser pacífico; para el que combate es no
encolerizarse; para el que desea vencer, es no luchar; para aquel
que se sirve de los humanos es ponerse al servicio de ellos.
Hay que tomar las cosas como vienen, caminar cuando se quiera
caminar, sentarse cuando quieras sentarte. No hay
nada que perder ni ganar, nada de que darse cuenta. Deja
pasar las cosas, no busques ni huyas, todas las aflicciones se
originan en la mente ¿Por qué buscar en otra parte
liberarse de ellas? Todo está dentro de ti, confía
en ti mismo y observa en ti mismo lo que hay allí, y recuerda
que tu vida es aquí y ahora. Este es el espíritu
Zen.
"El Zen es aquello que más se aproxima a la dinámica
más íntima de la creación poética.
Porque mediante el impacto de la imagen (en apariencia absurda)
provoca la iluminación". Con respecto a la experiencia
Zen es menester enfatizar en el hecho de que no se trata de una
religión ni de una filosofía, sino que es en alta
medida una doctrina de los medios, del camino. Es la disciplina
del viaje hacia la gran meta del hombre, la lucidez frente a
todas las cosas, frente al universo. Zen es experiencia, vida
concentrada, vida siempre consciente o la conciencia cotidianade
las cosas como lo expresara Matsuo Bashoo, poeta del siglo VIII:
La conciencia de todo momento, de toda acción, de toda
inacción. El sentido del Zen es fundamentalmente el impulso
liberador, la tendencia mental que diluye los antagonismos, admite
la coexistencia de los opuestos, conduce al desapego y articula
las esferas de lo consciente e inconsciente, de modo que se erige
en una audaz tentativa de emancipación del hombre por
la abolición de los resultados de la mente dualista, disociadora,
que discrimina lo racional de lo irracional.
La cultura oriental ha concebido una palabra para designar este
proceso de renacimiento, de iluminación, y, en el budismo
Zen es satori. El satori (wu en chino) es la claridad que hay
en las cosas mismas, experimentado a partir de una superación
absoluta de toda diferencia, de todo dualismo, es la trascendencia
del círculo lógico; pero es una experiencia que
ningún lenguaje convencional puede explicar, pues el satori
conceptualizado deja de ser satori. La apertura del satori puede
darse por un sonido inarticulado, una observación, un
incidente, una trivialidad, es decir, es un acto que se da de
modo inconsciente cuando la propia mente ha madurado. Religiosamente
es un nuevo nacimiento; intelectualmente es la adquisición
de un nuevo punto de vista.
La iluminada comprensión es efectivamente un despertar
y por lo tanto constituye una nueva perspectiva mental, una penetración
intuitiva, una capacidad que va madurando como fruto, una forma
de la atención que se va haciendo cada vez más
honda y poco a poco define las palabras, el modo de combinarlas,
en oposición al entendimiento intelectual y lógico
del humano, la revelación de un nuevo mundo hasta entonces
no percibido por la mente dualista.
En el despertar el humano incrementa y afirma a tal punto su
ser interior que es capaz de tender un puente hacia las cosas
alcanzando tal amplitud y profundidad que trasciende lo individual
y logra acceder de manera activa a otra dimensión de la
realidad. Esta apertura intuitiva del inconsciente hacia la complejidad
de la realidad es la causa de que infinitos caminos conduzcan
a una sola meta, tan perfecta como si hubiese sido planificada
con la precisión máxima de modo que el hombre pueda
traspasar una frontera y proyectarse hacia el exterior.
Para mí la poesía es un modo de vida o es nada:
si es un modo del lenguaje, de la expresión, es por lo
tanto un modo del ser, no del hacer. Las doctrinas orientales,
en el terreno del arte en general, suelen exigir del artista
una total identificación con su tema, con su objeto y,
especialmente para la práctica Zen en la que toda actividad
puede y debe convertirse en un valioso medio de conocimiento
interior. Todo lo que uno hace es susceptible de convertirse
en un camino del Zen, en arte Zen. No es suficiente retratar
fielmente un objeto, se requiere alcanzar la representación
de su esencia absoluta, reducir la entidad a aquellos rasgos
concretos que den cuenta de sus notas primordiales.
A través del Zen la
naturaleza es el tema recurrente de la poesía, prácticamente
intraducibles, en las cuales puede percibirse aquello que quiere
decirse sin palabras, aquello que se dice sin palabras. La locuacidad
del silencio habilita un nuevo espacio donde emerge la posibilidad
creadora ante lo abierto. Es la posibilidad de reconquistar esa
conjunción de palabra y silencio, de "abrir algo
entre la palabra y el silencio" e intentar la recuperación
del silencio desde la poesía a partir de aquello que clama
por ser una presencia, por manifestarse y que muy pocos lenguajes
son capaces de transmitir:
Escribir un poema
(...) con nada o casi nada,
con las sombras de las palabras,
los espacios olvidados,
un ritmo que apenas se destaca del silencio
y un silencio acotado en un punto
por detrás de la vida.
Porque sin silencio la palabra no existe pero también
porque es un elemento de cohesión con un valor específico
propio. Hay cargas de silencio en la actividad poética:
es el respaldo, la espalda de silencio que tiene la dimensión
poética de la vida, toda esa esencial vivencia del silencio
sin la cual no hay expresión válida. Pero hay algo
más: no es sólo esa envoltura de silencio lo que
sustenta a la palabra, sino que cada una de ellas tiene su propia
carga interna de silencio:
la palabra no es grito,
sino recibimiento o despedida.
La palabra es el resumen del silencio,
del silencio, que es resumen de todo.
Con respecto a la unión con la naturaleza las culturas
orientales el Zen mantienen una percepción e identificación
con lo que en ella existe de sagrado. La sacralización
de la naturaleza roza lo cotidiano y, por extensión, la
poesía se desarrolla a partir de, por y en un ámbito
eminentemente natural y en el orden de la vida diaria. Análogamente
también puede rastrearse en la poesía la presencia
de la naturaleza a partir de la experiencia de la conciencia
no dual de la realidad:
Un árbol es el bosque.
Pero para eso hace falta
que un hombre sea todos los hombres.
O ninguno.
Fruto de un pensamiento orgánico como parte integral del
cosmos, la poesía Zen indaga en el desconocimiento humano
de la naturaleza acerca de lo que de ella hay en nuestro ser
constitutivo y en lo que de ella podemos aprender a vivir. Este
cambio de perspectiva produce un sentido completamente nuevo
de realidad y de valor:
También hemos traicionado al agua.
Ni siquiera supimos
beber la transparencia.
Beber algo es aprenderlo.
Y aprender la transparencia es apenas el comienzo
de aprend
|
|