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¡Salud, Eterna Quito!
La eterna Quito, la bella Quito,
la Quito coqueta que pasa de siglo en siglo impertérrita,
sin hacer mucho caso de rebautizos españoles, la Quito
Kitu, festeja hoy, y lo hace hoy porque así lo quiere,
no porque acepte fundación española alguna, pues
estuvo fundada y forjada en fuego de volcanes siglos antes de
que Europa invadiera la Abya Yala de los hombres rojos.
Pero hoy festeja, y bien
por Quito.
He aquí una manera de
hacerle eco a los estentoreos vivas y los brindis de los ecuatorianos
por su capital. Y que mejor que con las letras del cronista juglar
de Quito Jorge Reyes.
Quito, 'Arrabal del Cielo'
Quito, arrabal del cielo, con
ángeles que ordeñan
en los establos húmedos del alba,
niñas despiertas en los zaguanes
con los pechos crecidos en las manos,
frailes de bruces en sus noches solitarias,
mientras los campanarios apuntalan los cielos,
cenicientas mujeres enlutadas
pendientes de los confesonarios y las campanas,
patios que comentan las noticias,
cerros para orear las casas,
ventanas que pinchan a los vecinos
con las espinas de las miradas
y en la algarabía de la calle
soldados de aserrín y muñecas con música
y una taberna desvelada.
Ah, y yo, adrede, silbando como un sastre
para que se abra una ventana.
Estrofa de Quito
La columna dorsal de mi pueblo
es el Ande,
mi pueblo, hijo de mayo, donde despierta el sol
el gallo estupefacto desde la Catedral,
el cántaro del cielo lo riega todo el año
y lo perfuman vientos cardinales.
Mi pueblo es una campana,
Mi pueblo es una canción:
San Francisco de Quito, de sayal y de guitarra.
Elegía de la calle
De La Ronda
¿Dónde están
los caballos, los jinetes,
las prostitutas gordas, encaladas,
las botas militares, el silbato
con que ahuyenta su sueño el policía,
las voces de cuchillo que se clavan
en el pecho y la espalda de la noche,
la casa del maestro de retórica,
el patio azul donde moría el cielo
y rondaba el sigilo con sus lutos,
ese mural para marcar la fecha
de la emancipación de los esclavos?
¿Dónde se halla
la casa del poeta,
la de Matilde que con su ternura,
con su voz apacible de remanso,
con su boca de extractos digitales,
con su vientre tan libre y vigoroso,
con la espuma compacta de sus muslos
hacía zozobrar a los poetas?
Sólo queda en el fondo
la pobreza.
En las habitaciones sin ternura
las palabras soeces se golpean.
Cuatro niños dormidos. Una cama,
un brasero, una olla, una cuchara.
A los muros les duele esta miseria.
Lloran los techos, lloran las paredes,
lloran los esqueletos de los gatos,
y de los perros de ojos ya pintados
por la sombra del hambre y la tristeza.
Derrocaron la casa del poeta,
la casa del maestro de retórica,
la casa en que Matilde regalaba
sus trabajados ocios con desvelo,
el mural para marcar la fecha
de la emancipación de los esclavos,
el patio azul en que moría el cielo
coronado de rosas y de acantos,
para tender un pobre betún negro
y suprimir los hitos de la historia
e ir desfigurando la ciudad
sin conseguir borrarle la miseria.
Paseo de los fantasmas
La viuda en zapatillas pasa
por el puente
Del Tejar a la campanada de medianoche
Que trae a horcajadas a los duendes.
Viene el entierro de las ánimas.
Jinetea una lumbre a la cabeza,
Seis embozados en sus esquieletos
Escoltan el coche funerario
Llevando un cirio por escopeta.
El frailesin cabeza hace equilibrios
Como un acróbata sobre al cuerda del puente
La Cruz Verde
La calle camina junto al monasterio
Las piedras se alborotan cuando pasa un coche,
Los balcones miran los letreros
escritos con carbón
en la muralla del convento.
La Cruz Verde, arrimada a la
esquina
(está sobre un pie y sin caerse)
como policía
Barrio de La Tola
Barrio de La Tola a gatas en
el cerro,
Barrio donde primero amanece
para desbaratar el silencio
que ampara esas voces de mujer
que hacen pensar en un vestido pobre
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