| |
Francisco Umbral: viejo zorro
del periodismo
Efraín Villacís
Hay quienes piensan, antes de escribir, en el origen de las palabras,
o sea que son estudiantes de alfabetización o, en su perfección,
sacerdotes de la Etimología, digamos que saben toda la
doctrina pero no aplicarla. Ramón Gómez de la Serna
decía que la palabra es 'puro milagro', es decir que es
una cuestión de fe: es, la palabra, o no es, punto.
El francés Valery, místico él, profesaba
que la sintaxis es una facultad del alma, por tanto el orden
lógico de una oración, la 'puesta de pie' entre
palabras, según el escribano innovador en su texto, se
cumple por un toque divino, algo así como la Virgen del
Cajas hablando a través -no atravesada- de la muchacha
del pueblo. A cada feligrés su devoción y al madrileño
Francisco Umbral su pagana y universal contribución.
TODO UN PERSONAJE
Feérico, tunante, a
veces chambón, genial y estúpidamente inteligente,
ingenuo jamás, morboso, no mórbido, cínico,
no clínico, diabólico y felón, avaro lector:
qué no ha acaparado y entendido, de viejo: cabrón
-intelectualmente claro está-, zorro y verde, no por inmaduro,
sino por las nínfulas del mundo que aún se le enredan
y cuelgan de sus ojos, y despreciador de un mundo que le hilvana
el invectivo deseo de joder a los demás. ¡Pardiez!
Tantos adjetivos y todos funcionales que le van a los dedos como
tantas ligas pueden ir en los muslos de Madame Bovary.
Umbral, en la literatura, no se quedó en el umbral, creó
su propio y densamente poblado purgatorio -el cielo y el infierno
aún no glosan su obra-. Más de cien libros publicados,
-sin contar con las entrevistas y artículos desperdigados
en el erial de los periódicos- en todos los géneros
posibles -no he leído ni un tercio, faltaba más-
y en otros que dicen inventó: cuento corto, novela, diario
íntimo, epistolario, poesía, ensayo, biografía,
etc, además de periodista, radiodifusor, reportero de
sociales, moda, deporte, cronista, articulista, perfilero, diatribista
y vaya usted a saber qué más. Y en todo esto una
constante: crítico siempre, como una sala de cuidados
intensivos o un embarazo no deseado, experto como un cirujano,
sus frases son tajos certeros de un bisturí.
UN INTELECTO FEROZ
Articulista feroz y en cada texto la ironía, la mordacidad,
la pasión desbocada, el desprecio constante y lo perverso
hasta en la ternura, brotan de sentencias bíblicas de
un 'burgués' inteligente y complacido de sí mismo,
aun sabiendo que Dios -según el gregario- y la Biblia
-según el lector- son personaje y género literarios.
Umbral tiene información a la que da sentido su formación
personal; reubica los datos que expone, transfigurándolos
y propicia otros vértices oscuros y procaces que no podemos
ver.
Más premiado que Almodóvar sin haber ido a Cannes
porque los perros le son indiferentes, le han colgado más
medallas que a Lewis en las olimpiadas y no le sirven ni para
comprar una tarjeta para el Metro, ha sido más condecorado
que embajador de gobierno militar y tercermundista por ser temendista,
pero no le dieron una silla en la Real Academia de la Lengua,
no porque no supiera español sino porque él es
pura lengua. Lengua que es como las manos del alfarero: saben
hacer lo que la mente quiere. La viperina de don Francisco siempre
ha sabido decir y cómo decirlo aunque lo dicho le haya
salido de los cojones de su alma, sintácticamente hablando.
Gárrulo y niño de derechas, aunque se rasque con
la izquierda, se inició como periodista en Valladolid,
tutelado por Miguel Delibes, aquel autor de La mortaja, cuento
largo maravilloso y desgraciadamente corto. Francisco escribe,
para el Norte de Castilla, crónicas de la ciudad y sucesos
de aldea mientras arma broncas en una radio de León. Sus
sentidos quieren más, listo y suspicaz anhela la feria
del planeta y no la covacha de cabildo.
UN RETRATO FUGAZ
Guapo y delgado, le sobraba
la ropa y a veces una mujer, caminaba garboso y relumbrón,
como salido del 'Último cuplé' de Orduña,
lleno de ideas robadas a los libros leídos, ladrón
literario para conseguirse el gasto y forjarse como escritor.
En Castilla 'Nunca pasa nada', como en la película del
crítico y censurado Juan Antonio Bardem, aquel director
de 'Cómicos' y 'Muerte de un ciclista', y el caballero
Francisco burlón y lisonjero monta en autobús sin
cuotas ni cota de malla a tomarse Madrid.
La miopía no le arredra y sus gruesas gafas de carey le
hacen parecer pendejo, adjetivo que sólo le va, como sustantivo,
al vello, pero eso no le impide husmear por doquier: sótanos
y buhardillas, castillos y tiendas, comisarías y hospitales,
en estadios y callejones, bajo las faldas y entre calzones, en
los libros, en la pintura y la música como el único
ruido placentero que no espanta a la luna.
Escribe el maldito como una bestia, a diario y más de
un texto por jornada y le pone luz a lo oscuro, adorna lo austero,
afina lo tosco, consigue un orgasmo de una monja y a la famosa
modelito de actualidad le escribe un artículo digno de
sor Juana Inés de la Cruz. Siempre claro aunque a veces
se cargue con un tema o contra alguien, siempre fino y elegante,
tan lúcido que le queda bien lucirse ante una mayoría
humana que no podrá rasgar el velo de la ignorancia en
que se halla sumida desde el inicio de su miserable existencia.
PERIODISTA Y TROTACALLES
Tanto ha leído el delincuente que escribe más cada
día, parece vampiro que no duerme sin embargo sigue por
ahí riéndose con Cela y los otros en el Café
Gijón, y publicando en revistas y diarios: léase
Mundo Hispánico, Interviú, ABC, El País,
El Mundo y un mundo más. Es que para abarcar mucho hay
que ser más que una gallina y saber apretar aunque falten
fuerzas y sobren los gusanos del mundillo intelectual y burgués
para no variar.
Umbral periodista y trotacalles intelectual que va con la libreta
en la mano para guardar cada suceso con la alegría de
su palabra suelta, precisa y sin rebuscamientos. La belleza de
la prosa de este escritor prolífico y contumaz está
en que a todo le encuentra otro ángulo y brota el delicado
giro de una descripción inusitada como el puesto de periódicos
de la esquina: 'alegre y ligero como un velero de papel'.
UNA DULCE PERVERSIÓN
Ve, Umbral, en cada libro releído o autor retomado a una
muchacha lozana a quien hay que pervertir -aunque nos haya pervertido
de antemano- para amarla o despreciarla. La prosa es como un
pañuelo de seda que adorna; que esconde las arrugas de
ciertas obras 'envejecidas' o una venda que cubre sus heridas
por las guerras contra sus propias pasiones. Pudoroso en todo
su impudor prefiere lo que no se dice, lo que encuentra en diarios
íntimos, en cartas ajenas; lo que solo él es capaz
de leer entre líneas.
Y si de literatura se trata, cuando roba -plagio dicen los agentes
de policía- no lo hace para su consumo y prestigio sino
para glosar al autor y hacernos gozar a los lectores aunque el
planeta se caiga a pedazos o aparezcan genios del mercado editorial
y don Quijote siga siendo el ejemplo cuerdo de todos los orates
que aspiran a escribir. Viejo zorro y verde del periodismo he
dicho de Francisco Umbral, es mucho más que eso y será
para otra vez.
|
|