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El síndrome de crisis
o la antitesis del cambio
Germán Rodas Chaves
grodas@uasb.edu.ec
En amplios sectores de las
más disímiles sociedades se abre paso una creciente
sensación de malestar y frustración. En un tiempo
de vertiginosos cambios tecnológicos se generaliza, paradójicamente,
la percepción de poseer cada vez menos influencia sobre
la propia existencia y el mundo circundante. Tanto más
esta realidad nos mitiga debido a que el género humano
sabe que como nunca en la historia dispone de los conocimientos
científicos e instrumentos tecnológicos para erigirse
en constructor de su porvenir y, a contrapelo, percibe que se
está convirtiendo en testigo de una realidad llena de
incertidumbres que configuran un modelo social en crisis.
En este entorno ¿qué debemos entender por crisis?
Aquella circunstancia debe referirse al período en el
cual un modelo o sistema ha demostrado su agotamiento en su capacidad
de responder con eficacia a los retos que está llamado
a resolver.
Una crisis, en esta línea de pensamiento, es, básicamente,
un período en el cual se evidencia que un determinado
modelo o sistema de funcionamiento ha alcanzado una momento en
el que no podrá subsistir debido a lo cual está
obligado a someterse a un conjunto de transformaciones que le
prolongarán su existencia o que le permitirán una
evolución hacia una existencia cualitativamente distinta.
LA NECESIDAD DE CAMBIOS
El hecho de que un modelo entre
en una fase crítica, empero, no indica, ni remotamente,
que dicho sistema constituyó por sí un error o
que permanentemente fuera un fracaso. Lo que expresa es que el
organismo en cuestión no podrá supervivir sino
sometiéndose a cambios secundarios o primarios de los
cuales deberá emerger renovado o definitivamente transformado
en algo nuevo. Tales cambios podrán ser obra del conjunto
de decisiones conscientes o podrán ser el resultado de
la evolución crítica del propio organismo. En este
contexto bien puedo afirmar que la crisis no siempre reflejará
el fracaso de un modelo, sino más bien su éxito
y subsiguiente agotamiento.
A manera de ejemplo permítame, querido lector, recordar
que la doctrina física de Newton con su enfoque mecanicista
del universo no resultó un fracaso o un error por el hecho
de que una nueva formulación teórica, -la de la
ralatividad de Eisntein-, diera una respuesta más satisfactoria
al permanente ejercicio de la búsqueda de nuevos y más
exactos conocimientos sobre el universo.
El feudalismo, asimismo, tampoco puede juzgarse como un fracaso
por el hecho de que una forma de relación socioeconómica
más avanzada la sustituyera después de varios siglos
de existencia.
Una crisis, pues, no siempre será el preludio del fin,
sino el inicio de una nueva oportunidad.
LA ENCRUCIJADA
No pocas veces, sin embargo,
la tendencia que prevalece inicialmente al constatarse la evidencia
creciente de señales conflictivas es la de negarse al
reconocimiento de una crisis. Contribuye a ello la falsa connotación
letal que atribuimos al término y a la no menos falsa
concepción de que la crisis expresa un fracaso propio.
Una crisis es por lo tanto una encrucijada que reclama su reconocimiento
y la aprehensión de decisiones oportunas referidas al
cambio del modelo o sistema que la sufre; es una etapa de transición
de un modelo a otro sistema y, por ello, un período que
nos ofrece oportunidades para actuar de modo consciente sobre
la realidad u optar por dejarnos arrastrar por ella al azar.
Por lo general, la mayor parte de las personas temen las crisis
y los cambios que las acompañan. La estabilidad se vuelve
en una especie de conducta natural, en tanto el cambio es atemorizador
y, más aún, el cambio inesperado se vuelve desmoralizante.
En este orden de cosas la reacción más común
no es analizar el motivo origen y significado de los cambios,
sino enfrentarlos con métodos e instrumentos tradicionales
en un intento por restablecer 'el orden' y la estabilidad previas
que tanta tranquilidad proporcionaron en el pasado. Se prefiere,
así, suponer que un mayor esfuerzo y voluntad o el experimento
de algunas medidas secundarias se harán cargo de cualquier
disfuncionalidad coyuntural. La incapacidad para aceptar la situación
real conduce, entonces, invariablemente a una profundización
ya irreversible de la crisis.
AL UMBRAL
Definitivamente estamos en
el umbral de una nueva Era histórica. En esta transición
lo viejo se resiste a fenecer mientras lo nuevo no se ha impuesto
aún. Se trata, entonces, "de pensar y construir"
lo nuevo en el marco de un proceso acelerado que permita superar
los diversos conflictos que contornean la existencia de la crisis.
No podemos transitar a ciegas a la nueva Era.
La modernidad iniciada hace cinco siglos se ha agotado como proceso
civilizatorio y cultural. Si la crisis de la primera ha trastornado
aceleradamente el mundo que habitamos, el agotamiento de las
culturas modernas que la acompañaron ha inutilizado los
anteriormente eficaces mecanismos de respuesta del que disponían
una u otra para enfrentar sus dificultades.
Frente a esta realidad, -más allá de cualquier
reflexión-, es menester impulsar acciones que impidan
el que seamos testigos del crepúsculo de la humanidad.
Para dar respuesta a estas preocupaciones, entre otras, la humanidad
está llamada a erigir una cultura diferente a las ya ensayadas.
Una cultura de liberación para un proceso civilizatorio
que permita proclamar la necesidad de la vida frente a la muerte,
que supere la explotación y la miseria, que de cuenta
de la necesidad de precautelar la naturaleza y que haga de la
justicia y la equidad normas éticas de la condición
humana.
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