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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002

MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 

El síndrome de crisis o la antitesis del cambio

Germán Rodas Chaves
grodas@uasb.edu.ec

En amplios sectores de las más disímiles sociedades se abre paso una creciente sensación de malestar y frustración. En un tiempo de vertiginosos cambios tecnológicos se generaliza, paradójicamente, la percepción de poseer cada vez menos influencia sobre la propia existencia y el mundo circundante. Tanto más esta realidad nos mitiga debido a que el género humano sabe que como nunca en la historia dispone de los conocimientos científicos e instrumentos tecnológicos para erigirse en constructor de su porvenir y, a contrapelo, percibe que se está convirtiendo en testigo de una realidad llena de incertidumbres que configuran un modelo social en crisis.
En este entorno ¿qué debemos entender por crisis? Aquella circunstancia debe referirse al período en el cual un modelo o sistema ha demostrado su agotamiento en su capacidad de responder con eficacia a los retos que está llamado a resolver.
Una crisis, en esta línea de pensamiento, es, básicamente, un período en el cual se evidencia que un determinado modelo o sistema de funcionamiento ha alcanzado una momento en el que no podrá subsistir debido a lo cual está obligado a someterse a un conjunto de transformaciones que le prolongarán su existencia o que le permitirán una evolución hacia una existencia cualitativamente distinta.

LA NECESIDAD DE CAMBIOS

El hecho de que un modelo entre en una fase crítica, empero, no indica, ni remotamente, que dicho sistema constituyó por sí un error o que permanentemente fuera un fracaso. Lo que expresa es que el organismo en cuestión no podrá supervivir sino sometiéndose a cambios secundarios o primarios de los cuales deberá emerger renovado o definitivamente transformado en algo nuevo. Tales cambios podrán ser obra del conjunto de decisiones conscientes o podrán ser el resultado de la evolución crítica del propio organismo. En este contexto bien puedo afirmar que la crisis no siempre reflejará el fracaso de un modelo, sino más bien su éxito y subsiguiente agotamiento.
A manera de ejemplo permítame, querido lector, recordar que la doctrina física de Newton con su enfoque mecanicista del universo no resultó un fracaso o un error por el hecho de que una nueva formulación teórica, -la de la ralatividad de Eisntein-, diera una respuesta más satisfactoria al permanente ejercicio de la búsqueda de nuevos y más exactos conocimientos sobre el universo.
El feudalismo, asimismo, tampoco puede juzgarse como un fracaso por el hecho de que una forma de relación socioeconómica más avanzada la sustituyera después de varios siglos de existencia.
Una crisis, pues, no siempre será el preludio del fin, sino el inicio de una nueva oportunidad.

LA ENCRUCIJADA

No pocas veces, sin embargo, la tendencia que prevalece inicialmente al constatarse la evidencia creciente de señales conflictivas es la de negarse al reconocimiento de una crisis. Contribuye a ello la falsa connotación letal que atribuimos al término y a la no menos falsa concepción de que la crisis expresa un fracaso propio.
Una crisis es por lo tanto una encrucijada que reclama su reconocimiento y la aprehensión de decisiones oportunas referidas al cambio del modelo o sistema que la sufre; es una etapa de transición de un modelo a otro sistema y, por ello, un período que nos ofrece oportunidades para actuar de modo consciente sobre la realidad u optar por dejarnos arrastrar por ella al azar.
Por lo general, la mayor parte de las personas temen las crisis y los cambios que las acompañan. La estabilidad se vuelve en una especie de conducta natural, en tanto el cambio es atemorizador y, más aún, el cambio inesperado se vuelve desmoralizante.
En este orden de cosas la reacción más común no es analizar el motivo origen y significado de los cambios, sino enfrentarlos con métodos e instrumentos tradicionales en un intento por restablecer 'el orden' y la estabilidad previas que tanta tranquilidad proporcionaron en el pasado. Se prefiere, así, suponer que un mayor esfuerzo y voluntad o el experimento de algunas medidas secundarias se harán cargo de cualquier disfuncionalidad coyuntural. La incapacidad para aceptar la situación real conduce, entonces, invariablemente a una profundización ya irreversible de la crisis.

AL UMBRAL

Definitivamente estamos en el umbral de una nueva Era histórica. En esta transición lo viejo se resiste a fenecer mientras lo nuevo no se ha impuesto aún. Se trata, entonces, "de pensar y construir" lo nuevo en el marco de un proceso acelerado que permita superar los diversos conflictos que contornean la existencia de la crisis.
No podemos transitar a ciegas a la nueva Era.
La modernidad iniciada hace cinco siglos se ha agotado como proceso civilizatorio y cultural. Si la crisis de la primera ha trastornado aceleradamente el mundo que habitamos, el agotamiento de las culturas modernas que la acompañaron ha inutilizado los anteriormente eficaces mecanismos de respuesta del que disponían una u otra para enfrentar sus dificultades.
Frente a esta realidad, -más allá de cualquier reflexión-, es menester impulsar acciones que impidan el que seamos testigos del crepúsculo de la humanidad.
Para dar respuesta a estas preocupaciones, entre otras, la humanidad está llamada a erigir una cultura diferente a las ya ensayadas. Una cultura de liberación para un proceso civilizatorio que permita proclamar la necesidad de la vida frente a la muerte, que supere la explotación y la miseria, que de cuenta de la necesidad de precautelar la naturaleza y que haga de la justicia y la equidad normas éticas de la condición humana.

 
 
 
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