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Algo de los clásicos
Ánime, una cultura
que crece
Eduardo Mancero Noboa
Es magnífico recordar,
y al hacerlo volver a encontrar un viejo amigo. Recorriendo la
historia del ánime japonés, vendrá a tu
mente más de un compañero de infancia, un personaje
tan humano que hubieras deseado que te acompañase siempre,
y que en ese entonces no habrías podido creer que se trataba
'tan solo' de un dibujo sobre acetato.
Japoneses y ecuatorianos, a
pesar de encontrarnos tan lejos en tiempo y espacio, fuimos hermanos
de sangre cuando niños. Es increíble observar cómo
los dibujos animados que dieron forma a lo que hoy somos, también
erigieron el espíritu del Japón cuando más
lo necesitaba. Pues el ánime en el Imperio del Sol Naciente
fue el resultado del afán por resurgir de épocas
de miseria y desasosiego como las que hoy sufrimos.
Fue durante aquellos terribles
años cincuenta cuando un joven llamado Osamu Tezuka, emprendía
la carrera de médico, motivado por "su amor hacia
la vida y hacia todo ser vivo". Ideal que, junto a su admiración
por Walt Disney, le llevó a crear historias ilustradas
con mensajes de coraje y respeto al prójimo. Que lejos
de suavizar las tramas para un mercado infantil, mostraban las
más reales, las más crudas, pero también
las más tiernas facetas de la vida entre seres humanos.
Osamu Tezuka, a quien se le
denomina el 'Dios del Manga' fue quien definió las bases
del ánime tal como lo conocemos hoy en día. Han
pasado ya cinco décadas desde sus primeros mangas, y todavía
la animación japonesa conserva los ojos grandes y las
historias enfocadas en los sentimientos, y en las relaciones
humanas.
Con el afán de enfocarnos
en series que corren el peligro de ser olvidadas, solo hemos
incluido obras producidas en Japón hasta inicios de los
ochenta, dejando de lado referentes indispensables como Saint
Seiya, Dragonball o Ranma. De manera similar, con la intención
de que puedas recordarlas a todas, hemos omitido series clásicas
que no fueron transmitidas por la televisión ecuatoriana.
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