Movilizaciones y medios
César Ulloa Tapia
cesarulloa77@hotmail.com
La última experiencia en el entorno político de
nuestro país evidenció de manera clara y contundente
la incidencia de los medios en la opinión pública
para la toma de decisiones y formación de criterios sobre
el Gobierno y la oposición desde diversos planos. Sin
duda, los media fueron grandes protagonistas, ya que asumieron
las veces de representantes de un amplio sector de la población,
catalizadores de criterios, defensores de los derechos humanos
y la libertad de expresión, fiscalizadores y auditores
de los procedimientos legales y motivadores de amplias movilizaciones
a manera explícita y también latente. Este panorama
nos hace pensar que el poder, en gran medida, está en
las industrias culturales. Los medios están más
allá de los fines.
GOLPE A GOLPE
Vamos por pasos. Para todo
gobernante, los medios pueden ser estupendas catapultas o las
manos firmes que destapan las ollas de grillos. De ahí
que los actores más visibles del contexto político
cuiden hasta el más mínimo detalle de lo que dicen
y hacen. Pero, estos protagonistas no deben olvidar que entre
los mandatos de los comunicadores se encuentra la entrega oportuna,
clara y veraz de los hechos. Y que este proceso se nutre de las
interrogantes para explicar la realidad. Sin embargo, los afanes
autoritarios y autócratas de varios personajes que han
estado en el poder, les ha llevado a perseguir, cuestionar y
hasta callar a los periodistas, porque son criticados.
Desde el inicio del mandato
del ex presidente, las relaciones con los medios no fueron saludables,
pues nunca se comprendió que la libertad de expresión
enriquece la democracia a través de la participación
ciudadana. De tiempo en tiempo, se atribuyeron las malas jugadas
y decisiones políticas del Gobierno a la prensa. Incluso,
se llegó a elaborar una lista de los posibles desestabilizadores.
A tanto llegó el temor injustificado hacia los periodistas
que se quiso reglamentar una serie de procedimientos para que
se publiquen las notas en radio, televisión y cualquier
medio impreso. Nunca hubo un criterio solvente del Gobierno para
justificar esta medida.
En un segundo momento, se quiso
atribuir la incoherencia del ex mandatario y su gabinete a graves
incomprensiones y giros de sentido por parte de quienes cubrían
las noticias, como si las contradicciones y términos altisonantes
fueran el resultado de un maquillaje editorial. Falso.
Todo estuvo a vista y paciencia
del público. No obstante, el régimen quiso apostar
por una actitud de víctima. Desde ese instante, se abrió
una línea de fuego entre el Gobierno y la prensa. Uno
de los peores errores fue que el ex presidente nunca aprendió
la lección. Siguió hablando a micrófono
abierto en cualquier lugar. Adentro o fuera del país.
Un día sí y otro día no. Simbólica
manera de ganarse el denominativo de "rectificadora".
CADENA SIN ESLABONES
No se puede perder de vista
que el manejo mediático del Gobierno nunca fue claro,
a largo plazo y mucho menos planificado. Una primera respuesta
es la falta de continuidad de los secretarios de comunicación,
quienes desfilaron como los demás ministros. Otra situación
que entorpeció el panorama fue el carrusel de voceros,
ya que los principales simpatizantes del ex presidente asumían
el rol de anunciantes oficiales, restándole piso al que
debía hacerlo. Entonces, llegó a difundirse dos
y hasta tres versiones sobre un solo tema. Presidente decía
una cosa, el ministro otra y un allegado una muy distinta. En
ese sentido, la idea del poder se fragmentó, porque no
se sabía quién ejercía este y bajo que condiciones
y recursos.
Las secuelas del bagaje militar
también escribieron una viñeta más en la
lista de equivocaciones. La comunicación fue practicada
con una lógica de cuartel al estilo caduco. Es decir,
desde arriba abajo y no de forma horizontal tanto en forma como
en contenido. Palabras como "patriota", "malos
elementos", "estrategia", "táctica",
etc., fluían en los discursos presidenciales y en las
declaraciones de los ex militares que ocuparon varias funciones
públicas. Nunca se entendió a la democracia como
una posibilidad de comunicarnos mejor, de escuchar al otro y
de revalorizar la fuerza del diálogo entre similares y
contrarios.
VERSO A VERSO
La crisis de credibilidad promueve
el desgaste de cualquier mensaje oficial. Este efecto devastador
hizo que se desestime la intención y la fuerza de la frase
central del Gobierno: "lucha contra la corrupción".
Peor aún, si las denuncias contra funcionarios y parientes
iban y venían. En este entramado, los medios fueron decidores,
porque informaron de primera mano lo que sucedía y sin
ambages, a pesar de que se hicieron públicas varias amenazas
contra ellos. La contra respuesta por parte del régimen
fue culpabilizar a la oligarquía, aduciendo que manejaba
la opinión pública desde sus empresas publicitarias
y mediáticas. En este rompecabezas, la palabra "oligarquía"
tuvo un sitial importante. Fue reeditada en una versión
nueva del populismo.
Estos antecedentes impidieron
que el Gobierno construya una imagen de manos limpias y libres.
Lamentablemente, abrió muchos frentes de batalla antes
que apostar por un ambiente de conciliación. No se puede
omitir tampoco que el desgaste también obedeció
a la alianza con sectores de poca aceptación. Es decir,
provocó un ruido intenso en el proceso de comunicación
con el pueblo. Esta actitud ambigua le restó la posibilidad
de consolidar una imagen aceptable. Nadie lograba descifrar la
verdadera intencionalidad, pues al mismo tiempo que se atacaba
a la "oligarquía", se invitaba reiteradamente
al diálogo.
Para reforzar la arremetida
contra los opositores, se produjeron una serie de propagandas
y cadenas de televisión, donde se mostraba la realidad
en blanco y negro. Por un lado, obras para la gente, mientras
que por otro, diatribas contra los enemigos. Lo bueno y lo malo,
según la lectura del Gobierno. La ciudadanía fue
bombardeada con espacios políticos difundidos indiscriminadamente.
Nunca se analizó el desgaste que provoca la presentación
reiterada de la palabra oficial. Más aún, si esta
no es aceptada por falta de correspondencia con la realidad.
El objetivo era claro: atacar a la oligarquía para que
la población no se contagie de su discurso opositor.
Las propagandas contenían
una serie de elementos discursivos, en donde se trataba de deslegitimar
a la clase económica alta, argumentando que esta era la
principal causante del caos nacional desde hace más de
dos décadas. En otras palabras, se gestó un mensaje
donde el Ecuador era comparado con una hacienda de inicios del
siglo pasado. Dicho en otros términos, un panorama entre
malos patrones y vejados trabajadores. En conclusión se
apeló al antecedente histórico de los "paquetazos".
Y al proclamar que el ex Gobierno no había tomado este
tipo de medidas, desconocía la actuación de los
líderes tradicionales cuando estuvieron en el poder. Otro
de los ejes del discurso fue la de invitar al pueblo al trabajo,
la paz y no a las movilizaciones promovidas por los detractores.
Pero, todas las medidas fueron
tardías, porque el Gobierno perdió credibilidad
por su discurso ambiguo y alianzas políticas de alto riesgo
desde el inicio. Amén.
Variaciones
La comunicación en el
ex Gobierno fue practicada con una lógica de cuartel al
estilo caduco. Es decir, desde arriba abajo y no de forma horizontal
tanto en forma como en contenido.
La crisis de credibilidad promueve
el desgaste de cualquier mensaje. Este efecto devastador hizo
que se desestime la intención y la fuerza de la frase
central del Gobierno: 'lucha contra la corrupción'.
La palabra 'oligarquía"'tuvo
un sitial importante. Fue reeditada en una versión nueva
del populismo.
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