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Nehru en Allahabad
María Helena Barrera-Agarwal
kagarwala@earthlink.com
El mundo conoce a Mohandas
Gandhi con el apelativo que reitera su estatura espiritual: Mahatma,
gran alma. En India, sin embargo, ese título es utilizado
usualmente en contextos oficiales o formales. Cuando se nombra
al liberador de la nación en el ámbito familiar,
se dice simplemente Bapu, papá. Con esa sencillez se invoca
así al padre de la nación aún más
elocuentemente que con monumentos, discursos o desfiles. El afecto
revelado de tal modo es tan intenso hoy como hace cincuenta años.
CONFLUENCIAS
Cuando en 1997 la última
urna conteniendo las cenizas del Mahatma fue abierta para esparcirlas,
el sitio escogido no pudo ser más simbólico: la
confluencia fluvial conocida como Sangam, en la ciudad de Allahabad.
Esta urbe, centro y eje de la nación, es el escenario
donde tres ríos confluyen. Dos de ellos son visibles,
el oscuro Ganges y el pálido Yamuna, cuyas aguas corren
juntas sin mezclarse por un trecho considerable. El tercero se
denomina Saraswati y es invisible. En la tradición, su
fuerza subterránea se junta con aquellas de los otros,
para crear un espacio de particular poder místico.
Lejana está Delhi, la capital del país, marcada
por la división entre la histórica Delhi Antigua
y la modernísima Nueva Delhi. Allí es donde se
encuentran embajadas y palacios, la administración nacional,
la legislatura, las cortes de última instancia, los centros
intelectuales. Allahabad carece de esas muestras de poder actual,
marcada sin embargo por una superba universidad y una corte superior
con más de cien juzgados. Más allá de la
distancia geográfica con la capital, es el carácter
de su ambiente el que la separa. El aire henchido de centurias
que apenas se percibe apenas en ciertos trechos de Delhi es una
constante en Allahabad.
LA CASA DE NEHRU
A pesar de ese contraste, las
dos urbes están misteriosamente ligadas: Ocho Primeros
Ministros indios han sido originarios de Allahabad, igual que
una multitud de magistrados, políticos, artistas y escritores
que luego marcarían de modo indeleble el devenir de Delhi.
Uno de esos personajes fue Jawaharlal Nehru, discípulo
del Mahatma y primer gobernante de la nación luego de
la independencia en 1947. En uno de los barrios de Allahabad
la residencia ancestral de su familia aún se levanta.
Dedicada a servir como museo nacional en 1970 por Indira Gandhi,
es posible visitar el lugar y abstraerse en su acervo histórico.
Visitar esa morada, conocida bajo el nombre de Anand Bhavan,
es una experiencia de particular trascendencia. La familia Nehru
vivió en ella desde principios del siglo veinte. Una vez
que el patriarca, Motilal Nehru, se comprometió con la
idea de la independencia para su país, sirvió de
base para incontables reuniones y actividades patrióticas.
Una de las habitaciones más plena de significados es aquella
en la que el Mahatma Gandhi, quien empezó a visitar el
lugar desde 1919, se alojaba en sus visitas a Allahabad: Su total
simplicidad, casi monástica, obliga a meditar en la figura
cuya ausencia colma el precario espacio.
En otro aposento se encuentra el escritorio de Jawaharlal Nehru.
La envergadura de sus escritos viene a la mente. Ocupan los mismos
volúmenes, dedicados a múltiples aspectos tanto
políticos como éticos y jurídicos. De esta
oficina, de este edificio de dos pisos salieron los pasos que
un día resonarían en Delhi. Fueron estos los muros
que harían eco de la voz que un día declararía
el fin del colonialismo británico. Tan elocuente como
el discurso de Lincoln en Gettisburg, las palabras de Nehru el
día de la independencia india no se han difundido con
igual amplitud a pesar de su importancia:
PALABRAS DE LUZ
"Hace muchos años
hicimos un pacto con el destino, y hoy la ocasión ha llegado
de cumplir nuestra promesa, no total o completamente, sino muy
substancialmente. Cuando la medianoche resuene, mientras el mundo
duerme, la India despertará a la vida y a la libertad.
Un momento llega, uno de esos que raramente se presenta en la
historia, en el que salimos del ámbito de lo pretérito
y entramos en lo nuevo, cuando una época termina y el
alma de la nación, por mucho tiempo reprimida, encuentra
su expresión. Es apropiado que en este solemne momento
prometamos dedicarnos al servicio de la India y de su pueblo,
y a la causa grandiosa de la humanidad."
En el momento en que esas palabras eran pronunciadas, la India
era una incógnita. Desgarrada por odios religiosos, su
territorio reducido para dar paso a la creación de Pakistán
y luego de Bangladesh, el futuro no era en modo alguno claro.
No habría sido difícil que un impulso dictatorial
se hiciese presente, empujando a la naciente democracia a un
porvenir de guerras civiles, facciones y totalitarismos como
los que han hecho presa de tantas otras naciones. Las enseñanzas
del Mahatma, la presencia de Nehru y de otros patriotas evitarían
esa tragedia. El temple de sus fundadores determinaría
la consolidación de un sistema democrático que
perdura en nuestros días.
UNA DÉCADA ATRÁS
Diez años antes de la
ceremonia de independencia, Jawaharlal Nehru redactaría
un texto de contenido extraordinario, que todo político
debería estar obligado a estudiar y a comprender. Un profundo
conocedor de la naturaleza humana, Nehru comprendía que
en todo ser humano existe el potencial para la bondad y la malevolencia,
para la lealtad y para la perfidia. El poder que un día
le sería dado podía corromperlo, impulsarlo a intentar
imponerse como autócrata. Aceptando en sí mismo
la existencia de esas ambiciones se propuso entonces escribir
un ensayo poniendo en guardia al movimiento independentista sobre
tal posibilidad. El texto se publicó en la Revista Moderna,
bajo el pseudónimo Chanakya.
LEALTAD, NOBLEZA Y VALOR
¿Qué figura pública
en nuestros días se arriesgaría a exponer sus imperfecciones,
y a enfatizarlas públicamente para mejor evitar caer en
una tentación despótica? La respuesta da la medida
de lo extraordinario del paso dado por Nehru. No es coincidental
que, tal como al Mahatma se le conoce como Bapu, a él
se le designe con un apelativo igualmente simple: Pandit, maestro.
Un ser humano imperfecto como todos, pero capaz de enfrentar
y superar esas imperfecciones, de olvidar su ego y actuar en
política en función del bien de sus conciudadanos.
Un bien que requiere la luz de esas "verdades vivas y eternas
que nos recuerdan el camino de lo justo, nos apartan del error,
y llevan a las naciones hacia la libertad", como el mismo
Nehru expresaría en 1948 en su alocución con motivo
del asesinato de Gandhi.
Esa luz parece particularmente presente en la casa ancestral
de Nehru, en Allahabad, reflejándose en multitudes de
lugares a lo largo y ancho de la nación que ayudó
a cimentar. Mientras, la historia de la humanidad continúa
a manifestar el potencial del bien y del mal, aparentemente lejana
de la confluencia de los ríos del Sangam y, sin embargo,
inmersa en su caudal inmemorial.
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