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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002

MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 

Nehru en Allahabad

María Helena Barrera-Agarwal
kagarwala@earthlink.com

El mundo conoce a Mohandas Gandhi con el apelativo que reitera su estatura espiritual: Mahatma, gran alma. En India, sin embargo, ese título es utilizado usualmente en contextos oficiales o formales. Cuando se nombra al liberador de la nación en el ámbito familiar, se dice simplemente Bapu, papá. Con esa sencillez se invoca así al padre de la nación aún más elocuentemente que con monumentos, discursos o desfiles. El afecto revelado de tal modo es tan intenso hoy como hace cincuenta años.

CONFLUENCIAS

Cuando en 1997 la última urna conteniendo las cenizas del Mahatma fue abierta para esparcirlas, el sitio escogido no pudo ser más simbólico: la confluencia fluvial conocida como Sangam, en la ciudad de Allahabad. Esta urbe, centro y eje de la nación, es el escenario donde tres ríos confluyen. Dos de ellos son visibles, el oscuro Ganges y el pálido Yamuna, cuyas aguas corren juntas sin mezclarse por un trecho considerable. El tercero se denomina Saraswati y es invisible. En la tradición, su fuerza subterránea se junta con aquellas de los otros, para crear un espacio de particular poder místico.
Lejana está Delhi, la capital del país, marcada por la división entre la histórica Delhi Antigua y la modernísima Nueva Delhi. Allí es donde se encuentran embajadas y palacios, la administración nacional, la legislatura, las cortes de última instancia, los centros intelectuales. Allahabad carece de esas muestras de poder actual, marcada sin embargo por una superba universidad y una corte superior con más de cien juzgados. Más allá de la distancia geográfica con la capital, es el carácter de su ambiente el que la separa. El aire henchido de centurias que apenas se percibe apenas en ciertos trechos de Delhi es una constante en Allahabad.

LA CASA DE NEHRU

A pesar de ese contraste, las dos urbes están misteriosamente ligadas: Ocho Primeros Ministros indios han sido originarios de Allahabad, igual que una multitud de magistrados, políticos, artistas y escritores que luego marcarían de modo indeleble el devenir de Delhi. Uno de esos personajes fue Jawaharlal Nehru, discípulo del Mahatma y primer gobernante de la nación luego de la independencia en 1947. En uno de los barrios de Allahabad la residencia ancestral de su familia aún se levanta. Dedicada a servir como museo nacional en 1970 por Indira Gandhi, es posible visitar el lugar y abstraerse en su acervo histórico.
Visitar esa morada, conocida bajo el nombre de Anand Bhavan, es una experiencia de particular trascendencia. La familia Nehru vivió en ella desde principios del siglo veinte. Una vez que el patriarca, Motilal Nehru, se comprometió con la idea de la independencia para su país, sirvió de base para incontables reuniones y actividades patrióticas. Una de las habitaciones más plena de significados es aquella en la que el Mahatma Gandhi, quien empezó a visitar el lugar desde 1919, se alojaba en sus visitas a Allahabad: Su total simplicidad, casi monástica, obliga a meditar en la figura cuya ausencia colma el precario espacio.
En otro aposento se encuentra el escritorio de Jawaharlal Nehru. La envergadura de sus escritos viene a la mente. Ocupan los mismos volúmenes, dedicados a múltiples aspectos tanto políticos como éticos y jurídicos. De esta oficina, de este edificio de dos pisos salieron los pasos que un día resonarían en Delhi. Fueron estos los muros que harían eco de la voz que un día declararía el fin del colonialismo británico. Tan elocuente como el discurso de Lincoln en Gettisburg, las palabras de Nehru el día de la independencia india no se han difundido con igual amplitud a pesar de su importancia:

PALABRAS DE LUZ

"Hace muchos años hicimos un pacto con el destino, y hoy la ocasión ha llegado de cumplir nuestra promesa, no total o completamente, sino muy substancialmente. Cuando la medianoche resuene, mientras el mundo duerme, la India despertará a la vida y a la libertad. Un momento llega, uno de esos que raramente se presenta en la historia, en el que salimos del ámbito de lo pretérito y entramos en lo nuevo, cuando una época termina y el alma de la nación, por mucho tiempo reprimida, encuentra su expresión. Es apropiado que en este solemne momento prometamos dedicarnos al servicio de la India y de su pueblo, y a la causa grandiosa de la humanidad."
En el momento en que esas palabras eran pronunciadas, la India era una incógnita. Desgarrada por odios religiosos, su territorio reducido para dar paso a la creación de Pakistán y luego de Bangladesh, el futuro no era en modo alguno claro. No habría sido difícil que un impulso dictatorial se hiciese presente, empujando a la naciente democracia a un porvenir de guerras civiles, facciones y totalitarismos como los que han hecho presa de tantas otras naciones. Las enseñanzas del Mahatma, la presencia de Nehru y de otros patriotas evitarían esa tragedia. El temple de sus fundadores determinaría la consolidación de un sistema democrático que perdura en nuestros días.

UNA DÉCADA ATRÁS

Diez años antes de la ceremonia de independencia, Jawaharlal Nehru redactaría un texto de contenido extraordinario, que todo político debería estar obligado a estudiar y a comprender. Un profundo conocedor de la naturaleza humana, Nehru comprendía que en todo ser humano existe el potencial para la bondad y la malevolencia, para la lealtad y para la perfidia. El poder que un día le sería dado podía corromperlo, impulsarlo a intentar imponerse como autócrata. Aceptando en sí mismo la existencia de esas ambiciones se propuso entonces escribir un ensayo poniendo en guardia al movimiento independentista sobre tal posibilidad. El texto se publicó en la Revista Moderna, bajo el pseudónimo Chanakya.

LEALTAD, NOBLEZA Y VALOR

¿Qué figura pública en nuestros días se arriesgaría a exponer sus imperfecciones, y a enfatizarlas públicamente para mejor evitar caer en una tentación despótica? La respuesta da la medida de lo extraordinario del paso dado por Nehru. No es coincidental que, tal como al Mahatma se le conoce como Bapu, a él se le designe con un apelativo igualmente simple: Pandit, maestro. Un ser humano imperfecto como todos, pero capaz de enfrentar y superar esas imperfecciones, de olvidar su ego y actuar en política en función del bien de sus conciudadanos. Un bien que requiere la luz de esas "verdades vivas y eternas que nos recuerdan el camino de lo justo, nos apartan del error, y llevan a las naciones hacia la libertad", como el mismo Nehru expresaría en 1948 en su alocución con motivo del asesinato de Gandhi.
Esa luz parece particularmente presente en la casa ancestral de Nehru, en Allahabad, reflejándose en multitudes de lugares a lo largo y ancho de la nación que ayudó a cimentar. Mientras, la historia de la humanidad continúa a manifestar el potencial del bien y del mal, aparentemente lejana de la confluencia de los ríos del Sangam y, sin embargo, inmersa en su caudal inmemorial.

 
 
 
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