| |
PADRES E HIJOS: CATARSIS EN
DOBLE VIA
Germán Rodas Chaves
grodas@uasb.edu.ec
Hoy es un día importante toda vez que conmemoramos el
día del padre, festejo que debemos aislarlo de superficialidades,
de ritos y de cansinas monotonías.... Si, más bien
es un tiempo para mirarnos hacia dentro y, asimismo, para verter
nuestras emociones...
Sentado frente a mi computadora he intentado escribir, con oportunidad
de esta fecha, estas líneas no obstante que, taladrado
íntimamente por la ausencia definitiva de mi viejo, eltecleado
de este texto ha sido pausado y ha tenido el compás de
los recuerdos y, al final, el vacío de no tenerlo a mi
lado. Empero, al pensar en mi padre, también he
pensado en mis hijos en una especie de doble vía que nos
da la vida y a propósito de un recuerdo imborrable que
me deparó una circunstancia particular vivida hace algún
tiempo la cual, queridos lectores, me han de permitir que la
comparta:
En efecto, en el año de 1992 con oportunidad de una importante
reunión producida en la ciudad de Lima pude, en compañía
de un dilecto amigo y dirigente político ecuatoriano,
concertar una visita con el político peruano Alfonso Barrantes
quien, en la década de los años ochenta del siglo
anterior, se constituyó en el eje vertebrador de la unidad
de la izquierda peruana a partir de su colosal trabajo como Alcalde
de la ciudad de Lima, y gracias a cuya gestión, -de lado
de los más pobres-, fue promocionado para la candidatura
Presidencial de la República del Perú, habiendo
alcanzado un importante respaldo popular que lo situó
próximo al triunfo electoral.
'Frijolito' Barrantes, como cariñosamente se lo conocía,
en aquella reunión del mes de octubre de hace 13 años
nos comentó algunas interioridades de su participación
electoral y, también, cuando todos ya nos habíamos
distendido lo suficiente en tan recordada y amena conversación,
habló de algunas facetas de su vida personal que se volvían
de inquietud para quienes seguíamos de cerca su trayectoria
política.
Entre las tantas preguntas que le habíamos lanzado, una
de ellas formulada por un contertulio que ciertamente desconocía
algunos temas de la vida personal de Barrantes , averiguó
sobre el número de hijos que el líder peruano pudiese
tener. Su respuesta fue parca: ninguno..... Seguramente
el interesado en escuchar el dato debió haberse quedado
perplejo tanto que Barrantes añadió inmediatamente,
más o menos, "prefiero no tener hijos para evitar
el dolor de que uno de ellos piense ideológicamente distinto
a mí, tal cual le sucedió a un importante pensador
latinoamericano y dirigente de la izquierda peruana".
Con su facilidad de palabra, Barrantes nos dio a conocer algunos
pasajes históricos que demostraban vivamente las distancias
e incomprensiones entre dicho preclaro pensador e ideólogo
peruano y su hijo, a quien había aludido para justificar,
-si así se puede llamar tal circunstancia-,
el hecho de no tener hijos.
Este pasaje anecdótico lo he guardado en mi conciencia
con verdadera intensidad, porque seguramente en lo más
recóndito de mi ser, -como debe ocurrir a todos los padres
en un momento dado-, hubiera anhelado, desde la perspectiva de
la subjetividad, que mis hijos transiten en su devenir por las
mismas inquietudes sociales, políticas, culturales que
me acompañan y que debido a ello se proyecten en
una especie de continuidad de los anhelos personales, invalidando,
-casi inconcientemente- la existencia de un mundo distinto, entre
generación y generación, y escamoteando, al mismo
tiempo, el auténtico sentido que brinda la riqueza de
lo diverso en el género humano y que, aún en lo
familiar, traduce la auténtica valía de los individuos
y la constante capacidad de cambio a la que estamos convocados
como miembros de la especie, como elementos de la sociedad y
como arquetipos del mundo.
Cuan inoportuna puede ser, entonces, la perspectiva de moldear
a los hijos en cánones que solo reciben la impronta de
la imposición de las ideas y de las conductas o, lo que
es lo mismo, de mirar al entorno por ventanas que poseen el vaho
de la inmovilidad intelectual.
Padre e hijos, somos distintos. Estamos atrapados por mundos
cambiantes, Estamos delimitados por circunstancias históricas
diversas y por experiencias disímiles. Precisamente
por ello, padres e hijos, somos complementarios unos a otros
y tenemos correspondencia mutua en una relación que se
afianza a propósito de ser diferentes. La relación,
entonces, prevalece al calor de la discusión, de la confrontación
de ideas, de la comprensión sobre los ajustes que impone
el nuevo tiempo, -y que por supuesto reconoce el pasado-, de
la amistad que depara el descubrimiento compartido de la vida
y, aún, de las soledades que impone el tráfago
de las intimidades no expresadas, pero absolutamente comprendidas
en el silencio de las catarsis que nos inundan.
En un mundo tan cambiante como el actual, los deberes de los
padres se entrecruzan con los derechos de los hijos, pero sobretodo
se yuxtaponen si la perspectiva se irradia a buscar un mejor
momento para los congéneres, a luchar con pulcritud por
una mejor situación colectiva e individual, a respetar
la policromía del mundo social, a crecer en el aprendizaje
constante del otro yo.
Para comprender esta realidad es menester, entonces, no solamente
ser padre o ser hijo, sino sentirse padre y, desde luego,
sentirse hijo.
|
|