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Jorge
Carrera Andrade: un hombre, un poeta
No nos extrañe encontrárnoslo
una tarde de llovizna en cualquier lugar del mundo, en su querida
"Quito, capital de las nubes"..
María Gabriela
Borja
J orge Carrera Andrade nace
en Quito, el 14 de septiembre de 1902, aunque algunos afirman
que fue en 1903, sin embargo, contribuyendo al halo poético
que envuelve su figura, podríamos considerar esta imprecisión
para proponer, como el año del centenario de su nacimiento,
los doce meses que transcurren entre septiembre del presente
y el próximo; aquello nos permitiría propiciar
un reconocimiento masivo de su vida y obra en este tiempo, con
la colaboración de todas las instituciones culturales
del país.
CONNOTACIONES
Hablar de Jorge Carrera Andrade
implica una serie de connotaciones que van, desde su esbelta
escultura hasta la maravilla de su obra. El poeta es un americano
ensamblado con lecturas y palabras, cuyo genio nació en
las entrañas de los Andes y se extendió al planeta,
al infinito. Jorge Carrera Andrade es el poeta tierno, la voz
de todas las voces, la representación impertérrita
de lo que somos y lo que podemos llegar a ser.
Ya desde sus primeros versos
podía advertirse la frescura de su palabra y una tendencia
natural a la universalización. Jorge Carrera Andrade,
que en realidad debería llamarse Jorge Carrera Baca, al
ser hijo de Abelardo Carrera Andrade y Carmen Amelia Baca, enriqueció
su creación, que indudablemente partió de la inspiración
producida por su entorno natal, con las lecturas del mundo, que
tuvo la oportunidad de realizar en sus múltiples viajes.
Y es que este "hombre planetario", primero como exiliado
voluntario y luego como diplomático, recorrió varios
de países de Europa, Asia y América. Es decir,
fue un caminante infatigable que quiso redescubrir espacios y,
en esa búsqueda, redescubrirse a sí mismo en diversas
miradas, paisajes y libros.
ACERCAMIENTO
Mi primer acercamiento al poeta
fue el día de mi cumpleaños número trece.
Me hallaba en casa de un amigo muy cercano, que decidió
regalarme la lectura de un poema de Carrera Andrade que titula
Abril, por hallarnos precisamente en un día de ese mes,
y que dice: "Tiempo en el que el corazón quiere saltar
descalzo/y en que al árbol le salen senos como a una niña./Nos
asalta el deseo de escribir nuestras cosas/con pluma de golondrina./Los
charcos en el campo son copas de agua clara/que arruga un aletazo
o un canuto de hierba/y es el aire de vidrio una marea azul/donde
el lento barquito del insecto navega./Chapotean a gusto las sandalias
del agua./Los mosquitos parece que ciernen el silencio/y los
gorriones cogen en el pico la perla/del buen tiempo".
Después de aquel día
me dediqué a perseguir la palabra de ese hombre que tanto
entendía lo que significaba para mí el mes de abril.
Luego supe que no solo me identificaba con Él por eso,
sino también por su melancolía, por su forma de
concebir el amor y por el deseo de embeberse las inagotables
fuentes del mundo.
Poco a poco su imagen, que
para aquel entonces no solo representaba al hacedor de la palabra,
sino que por sí sola era un objeto de admiración,
fue adquiriendo singular presencia en mis lecturas. llegué
a conocer su obra, no en su totalidad, pero si una parcela que
me permitió considerarlo el gran poeta americano, que
releo incansablemente cada vez que el mundo amenaza con sumergirme
en el abismo material y susceptible que Jorge Carrera Andrade
repudiaba. Porque para Él, lo realmente vital era la esencia,
aquello que trasciende y nos lleva a universos disímiles,
tanto interiores como exteriores.
¡ÉL VIVE!
Cuando inicié esta empresa,
quise enfocar aspectos teóricos sobre su obra y algunos
datos biográficos, sin embargo, me vi seducida por la
posibilidad de mencionar esa relación extemporánea
que mantengo con el poeta. Puedo manifestar, como tantos otros
amigos y estudiosos de su genio, que lo entiendo. Lo entiendo
cuando dijo que "Todos los seres viajan/de distinta manera
a su Dios:/la raíz baja a pie por peldaños de agua./Las
hojas con suspiros aparejan la nube./Los pájaros se sirven
de sus alas/para alcanzar la zona de las eternas luces./El lento
mineral con invisibles pasos/recorre las etapas de un círculo
infinito/que en el polvo comienza y termina en el astro/y al
polvo otra vez vuelve/recordando al pasar, más bien soñando/sus
vidas sucesivas y sus muertes./El pez habla a su Dios en la burbuja/que
es trino en el agua,/grito del Ángel caído, privado
de sus plumas./El hombre solo tiene la palabra/para buscar la
luz/o viajar al país sin ecos de la nada".
Gracias a él, a nuestro
poeta, por la maravilla de su creación y gracias a quienes
la conocen y me dieron la oportunidad de aproximarme a ella.
Jorge Carrera Andrade no ha muerto, renace una y otra vez, para
seguir buscando, reencontrando, dibujando al mundo con frases
y versos.
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