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MIERCOLES 25 DE SEPTIEMBRE DEL 2002
 
 

Jorge Carrera Andrade: un hombre, un poeta

No nos extrañe encontrárnoslo una tarde de llovizna en cualquier lugar del mundo, en su querida "Quito, capital de las nubes"..

María Gabriela Borja

J orge Carrera Andrade nace en Quito, el 14 de septiembre de 1902, aunque algunos afirman que fue en 1903, sin embargo, contribuyendo al halo poético que envuelve su figura, podríamos considerar esta imprecisión para proponer, como el año del centenario de su nacimiento, los doce meses que transcurren entre septiembre del presente y el próximo; aquello nos permitiría propiciar un reconocimiento masivo de su vida y obra en este tiempo, con la colaboración de todas las instituciones culturales del país.

CONNOTACIONES

Hablar de Jorge Carrera Andrade implica una serie de connotaciones que van, desde su esbelta escultura hasta la maravilla de su obra. El poeta es un americano ensamblado con lecturas y palabras, cuyo genio nació en las entrañas de los Andes y se extendió al planeta, al infinito. Jorge Carrera Andrade es el poeta tierno, la voz de todas las voces, la representación impertérrita de lo que somos y lo que podemos llegar a ser.

Ya desde sus primeros versos podía advertirse la frescura de su palabra y una tendencia natural a la universalización. Jorge Carrera Andrade, que en realidad debería llamarse Jorge Carrera Baca, al ser hijo de Abelardo Carrera Andrade y Carmen Amelia Baca, enriqueció su creación, que indudablemente partió de la inspiración producida por su entorno natal, con las lecturas del mundo, que tuvo la oportunidad de realizar en sus múltiples viajes. Y es que este "hombre planetario", primero como exiliado voluntario y luego como diplomático, recorrió varios de países de Europa, Asia y América. Es decir, fue un caminante infatigable que quiso redescubrir espacios y, en esa búsqueda, redescubrirse a sí mismo en diversas miradas, paisajes y libros.

ACERCAMIENTO

Mi primer acercamiento al poeta fue el día de mi cumpleaños número trece. Me hallaba en casa de un amigo muy cercano, que decidió regalarme la lectura de un poema de Carrera Andrade que titula Abril, por hallarnos precisamente en un día de ese mes, y que dice: "Tiempo en el que el corazón quiere saltar descalzo/y en que al árbol le salen senos como a una niña./Nos asalta el deseo de escribir nuestras cosas/con pluma de golondrina./Los charcos en el campo son copas de agua clara/que arruga un aletazo o un canuto de hierba/y es el aire de vidrio una marea azul/donde el lento barquito del insecto navega./Chapotean a gusto las sandalias del agua./Los mosquitos parece que ciernen el silencio/y los gorriones cogen en el pico la perla/del buen tiempo".

Después de aquel día me dediqué a perseguir la palabra de ese hombre que tanto entendía lo que significaba para mí el mes de abril. Luego supe que no solo me identificaba con Él por eso, sino también por su melancolía, por su forma de concebir el amor y por el deseo de embeberse las inagotables fuentes del mundo.

Poco a poco su imagen, que para aquel entonces no solo representaba al hacedor de la palabra, sino que por sí sola era un objeto de admiración, fue adquiriendo singular presencia en mis lecturas. llegué a conocer su obra, no en su totalidad, pero si una parcela que me permitió considerarlo el gran poeta americano, que releo incansablemente cada vez que el mundo amenaza con sumergirme en el abismo material y susceptible que Jorge Carrera Andrade repudiaba. Porque para Él, lo realmente vital era la esencia, aquello que trasciende y nos lleva a universos disímiles, tanto interiores como exteriores.

¡ÉL VIVE!

Cuando inicié esta empresa, quise enfocar aspectos teóricos sobre su obra y algunos datos biográficos, sin embargo, me vi seducida por la posibilidad de mencionar esa relación extemporánea que mantengo con el poeta. Puedo manifestar, como tantos otros amigos y estudiosos de su genio, que lo entiendo. Lo entiendo cuando dijo que "Todos los seres viajan/de distinta manera a su Dios:/la raíz baja a pie por peldaños de agua./Las hojas con suspiros aparejan la nube./Los pájaros se sirven de sus alas/para alcanzar la zona de las eternas luces./El lento mineral con invisibles pasos/recorre las etapas de un círculo infinito/que en el polvo comienza y termina en el astro/y al polvo otra vez vuelve/recordando al pasar, más bien soñando/sus vidas sucesivas y sus muertes./El pez habla a su Dios en la burbuja/que es trino en el agua,/grito del Ángel caído, privado de sus plumas./El hombre solo tiene la palabra/para buscar la luz/o viajar al país sin ecos de la nada".

Gracias a él, a nuestro poeta, por la maravilla de su creación y gracias a quienes la conocen y me dieron la oportunidad de aproximarme a ella. Jorge Carrera Andrade no ha muerto, renace una y otra vez, para seguir buscando, reencontrando, dibujando al mundo con frases y versos.

 
 
 
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La Hora 2002
- Quito - Ecuador